miércoles, 7 de abril de 2010

Torta de Tamal

-¿Torta de tamal otra vez?- Reclaman el par de niños tapados hasta las orejas. Los furiosos ojitos negros reprenden sin éxito al padre, quien contiene la risa que le provoca el adivinar las caritas de enojo que se encuentran por debajo de cada bufanda. -¡Se la comen, dije!- Les ordena con fuerza, mientras recuerda que a él tampoco le gustaban las tortas de tamal.

Fue en el amanecer de otro invierno cuando Miguel llegó al paradero del metro La Raza, tras sortear una multitud de coches mientamadres que en Insurgentes Norte casi acaban con su esquelética humanidad. La gente se multiplicaba, lo que le dio la impresión de que todos los habitantes de la ciudad se dirigían al mismo lugar que él.

Había llovido la noche anterior por lo que el frío intensificaba la nostalgia por su adorado y jarocho calor. Estaba a punto de entrar al metro cuando un olor a atole de guayaba llegó hasta su nariz. Pensó que no era mala idea saciar su estómago y calentar su cuerpo, así que se acercó al puesto de tamales.

La tamalera no parecía tener frío; con los brazos descubiertos y gritos en la boca, atendía a 3, 4 y hasta 5 chilangos hambrientos a la vez. “¡Rojo pa´ la güerita! ¿En torta seño? ¡Dos de dulce y un champurrado pa´l joven! Ya te atiendo reinita…” Miguel se acercó abrumado ante tanta presteza al despachar.

¿De qué quiere joven?- preguntó la tamalera. Pero Miguel no escuchaba; tampoco oía el claxon de los automóviles, los apurados pasos de aquellos que iban tarde o los gritos de otros puestos. No sentía frío, ni olía la fritanga. Todos sus sentidos sólo se dedicaron a ver.

Parada junto a una de las ollas rebosante de tamales, estaba ella: alta, maciza y con unos enormes ojos negros. Una gorra color violeta contenía parte del pelo largo y dejaba el resto a merced del viento matutino. Los blancos dientes mordían la torta con bocados grandes y atragantados. Bebía champurrado y su boca exhalaba al tragar, dejando su respiración dibujada en el aire transparente. Pidió una torta más. Alicia comía con ganas, pero sin prisa ni modales. No pensaba en carbohidratos o en Miguel, quien hipnotizado, sólo asintió a la pregunta de la tamalera, con lo que recibió una torta de tamal. Con timidez, Miguel, mordió la torta. La mezcla de masa con pan se apelmazó en su boca provocándole una nueva y extraña sensación. Haciendo un esfuerzo por tragar y para ayudar a su garganta, bebió un trago de atole de guayaba sin darse cuenta que estaba hirviendo. La lengua quemada lo sacó de su estupor visual, escupió el mazacote que había formado en su boca y comenzó a maldecir. Una enérgica carcajada salió de la boca de Alicia abriendo las nubes que ocultaban al sol y cortando el viento que aporreaba los puestos del paradero. Miguel recuperó poco a poco su lengua, su vista, su olfato y su entereza. Acomodándose la gorra, ella le ofreció una servilleta y una sonrisa.

Varias tortas de tamal después, también le ofreció una ciudad vigilada por montañas, donde parece que no cabe una vida más, pero quiensabecómo se acomodan. Un lugar que retó sus miedos, que lo hizo crecer y enamorarse. Una enormidad de luces que envidian las estrellas y que ambos miran desde ese departamento muy cerca del Periférico.



Publicado en la revista Donde-Ir, marzo 2010

4 comentarios:

Furtiva dijo...

El amor nos espera siempre en la esquina menos pensada...

Rox dijo...

Y cuando menos se te esperas... :D

Armando dijo...

Llegué al post atraído por el título (obvio) pero me voy con la certeza de que el "entanglement" de ideas es más poderoso que el de partículas. Justo llevo un rato pensando en DF como eso: "el lugar del mundo que mejor entiende que donde caben dos, caben tres".

No entiendo como alguien como usted puede querer/entender mi ciudad y no atreverse a comérsela.

Le mando un abrazo grande

Rox dijo...

Gracias Míster. Ya sabe que algunos chilangos me caen bien y usted, mucho mejor :)