jueves, 27 de marzo de 2014

De las cosas que me pasaron con la Emperatriz de Lavapiés

Para los secuaces de Horizontal  _0_

Antes

Tomé La Emperatriz de Lavapiés del librero y su portada me hizo sonreír.  Como cuando veo esas fotografías con mis amigas de la prepa, en las que abrazadas de los hombros sonreímos al camarógrafo.  Todas con los labios rojísimos y la falda del uniforme sobre las rodillas.  Sonrío porque me acuerdo de los minutos previos a esa foto, cuando al terminar el día de escuela corríamos al baño y frente al espejo nos rolábamos el lipstick, intensificábamos el maquillaje de los ojos y compartíamos miradas de complicidad al doblar la falda por la cintura para enseñar esos centímetros de muslos que las monjas nos prohibían.  En esos días, solíamos compartir lipstick, los novios y hasta la rubiola.

En la portada del libro un clavel, igual de rojo que mis labios de preparatoriana, está sobre la barda de uno de los balcones del Palacio de Cibeles de Madrid.  Hacia abajo, la famosa calle de Alcalá. Todo es gris, excepto el clavel.  En mi memoria, la foto es gris, excepto nuestros labios.

«Hay hombres que se acercan al mostrador de una aerolínea con la secreta convicción de que van a morir.  Quizá porque viajar es morirse un poco.  Uno viaja con lo que pueda llevar en la memoria y lo demás se queda suspendido en los recuerdos como un exceso de equipaje.»

Esas primeras líneas me amarraron al libro y me senté en el piso de la Gandhi a seguir leyendo.  Pocas semanas atrás yo también había estado en el mostrador de Aeroméxico, pero al contrario de Pedro Torres Hinojosa, yo estaba en Barajas, muriendo un poco y dejando para siempre a mi Madrid. 

En esos días usaba el pelo rojo y vestidos de verano.  Mi acento madrileño parecía molestar a los demás, en especial el vale.  ¿Vale qué chingados? Me decían, habla como pinche mexicana.  Así que me tenía que joder de todo lo que echaba de menos y aguantar mi reflejo madrileño en el espejo sin tener a esos adorables viejitos que lo chulearan. Tienes que superar Madrid, ya estás de vuelta, me repetía como un mantra.

Conforme leía la historia del hombre de 70 años que vuelve al Madrid que dejó hace 60, y que busca al amor que perdió hace 40, las fotografías que mis ojos habían tomado unos meses antes, comenzaron a revelarse: ángeles, diosas, caballos, búhos, alpargatas, faldas, pelucas, tortilla de patatas, tapas y ensaladas. Las calles mojadas, el cielo sin nubes. Todo fresco, todo a colores.

A las pocas páginas que leí me di cuenta que comprar La Emperatriz de Lavapiés sería no superarlo.  Así que tomé Instrucciones para vivir en México, cerré mi álbum mental y salí de ahí.

Espero que si Jorge F. Hernández alguna vez lee estas líneas, me perdone que lo haya cambiado por Ibargüengoitia.

Durante

Hay libros que no deben comprarse porque es mejor que lleguen cuando ellos así lo deciden.  Son esos ejemplares que alguien más leyó, que te regalan, que encuentras liberados en una banca o te los robas de una biblioteca.  Son libros que saben que no pueden darse el lujo de ser de esos que compras y se quedan empolvándose en un estante o soportando a otros libros dentro de una caja.  Porque hay libros que son sabios y saben que no es su tiempo.

La Emperatriz de Lavapiés llegó a mí directo de las manos de su creador: Jorge F. Hernández. Durante 5 días, el grupo de mueganitos de Horizontal, mi grupo de escrituras, habíamos compartido conferencias, talleres y cantinas en el Festival de Escritores de San Miguel. El libro compartía una bolsa de Farmacias del Ahorro con sus hermanos y Jorge, como quien alimenta a las palomas con paciencia, uno a uno los regaló. Y como palomas de iglesia, estábamos ansiosos y emocionados.  Extendí la mano cuando Jorge repartía Milonga para una intrusa, pero fue entregado a mi marido. 

Ocho años después, me reencontré con La Emperatriz.  Comencé a leerlo durante la última conferencia. 
 
Volví a mi Madrid en cada esquina que doblaba Don Pedro.  Recordaba lo cansado que es subir por Alcalá y cuando me perdí en Lavapiés y terminé en una tabernita donde cada botella de vino tenía pegado un dicho.  Mientras lo leía, saboreaba las tapas de jamón en la cava baja y salivaba con el rojísimo vino.  Por alguna extraña razón, Don Pedro no repara en los azulejos cuenta historias que tienen el nombre de la calle en cada esquina del centro.  Mi preferido es el de la calle Ave María, en el que se recuerda que ahí descubrieron ataúdes y esqueletos enterrados de un supuesto burdel. Otros azulejos son una alegoría del nombre de la calle, como Carretas, con una carreta y sus vacas o Bailén con dos parejas a punto de bailar.

Sabía que volverían aquellas fotos que sentada en el piso de la Gandhi corté: un ángel con shorts, tirantes y boina sentado sobre una pelota enorme y saltarina. Las alpargatas rojísimas que usé en la fiesta mexicana, cuando en la barra libre agandallé diez cubas de presidente añejo y terminé disertando sobre el sincretismo de mi tortilla de patatas con chile.  El búho junto a la Cibeles que tomaba por la noche para volver a mi piso. La falda azul que se levantaba con el aire en las escaleras del metro. Las nocheviejas en Sol con peluca morada y pantalones entallados. Los besos con desconocidos en las calles mojadas de esas madrugadas de marcha. Las cañas con los amigos al salir de la escuela y las cenas con ensalada y aceite de oliva que preparaba con mi mejor amiga.  Han pasado nueve años y  ahora sé que Madrid no se supera. 

La Emperatriz no tiene búhos, ni pelucas, ni ángeles, pero las fotografías regresaron con todos sus colores. Durante algunos instantes, también regresó mi acento: leía en voz baja los diálogos de Don Cayetano y Vicenta y reía.


Después

Por supuesto que ansiaba encontrar a mi Madrid en la Emperatriz de Lavapiés.  Lo que no esperaba era encontrar a Norberto.

«Nada nos es desconocido en tanto que lo reinventamos con la memoria. »

Quisiera recordar si sus zapatos eran tipo Oxford o si solía andar con un paraguas al igual que Don Pedro. Lo que sí recuerdo es que utilizaba trajes obscuros y sombrero.  Pero más allá de las coincidencias físicas, Don Pedro y Norberto eran a veces fugitivos, a veces presa y a veces mártires de su memoria y de sus recuerdos.

Norberto me pedía que pegara los brazos al cuerpo y doblara los codos.  Se agachaba un poco y con las palmas me tomaba de los codos y me levantaba hasta su altura para darme un beso en la frente.  Yo tenía cinco años y él casi dos metros de estatura que, a sus sesenta y tantos, no habían disminuido ni un solo centímetro.

Recuerdo también que nos contaba historias de Pancho Villa: cuando tomó Zacatecas, cuando invadió a los gringos.  Desde que mi abuelo era un escuincle que vivía en Parral y  fue a verlo en aquel Ford en el que murió acribillado, Pancho Villa pasó de ser un semihéroe de la Revolución Mexicana a un Tío cercano.

«Los recuerdos o son algo recuperado por la memoria o son algo perdidos con la amnesia

Viví en casa de mis abuelos de Tlanepantla cuando estudiaba primero de secundaria.  Una tarde estaba haciendo la tarea en el comedor cuando Norberto entró temblando.  Me acaban de asaltar unos rufianes, nos dijo a mi mamá y a mí.  Me pusieron la navaja en la espalda y se robaron mi reloj. Mamá corrió por un vaso de agua y un bolillo para que se le pasara el susto.  La palabra “rufianes” rebotó en mi cabeza lo que quedó del día.  Mi abuelo solía usar palabras así de raras.

Aquel reloj era de oro y tenía una cadena que amarraba a su saco.  Norberto volvía del Municipio, donde gestionaba una estatua de Pancho Villa.  Su legado debe ser conocido por la juventud, decía.  Cuando mi abuela se enteró del asalto, se armó la trifulca. Que si no debe andar haciendo de  payasadas, que con estatua o sin estatua nadie se acuerda o acordará.

«La memoria no es más que tiempo y eso ha de tener tanta profundidad como las aguas de un océano desconocido

No sé qué pasó con las gestiones para la estatua, pero supongo que los ayuntamientos no son muy dados a apoyar las ideas quijotescas de un anciano.  Al poco tiempo nos fuimos a vivir a Guadalajara y un par de años después, Norberto también se mudó para allá.  El cambio de residencia se debió a la demencia senil que había comenzado a presentarse.

Conforme avanzaban los años, los ojos de mi abuelo se fueron haciendo más pequeños y se cubrieron de una delgada película blancuzca. Nunca estuvo ciego; sin embargo, pareciera que esa película también fue cubriendo su mente y encerrándolo en un mundo donde él era joven y conocía a los demás.

La última vez que vi a mi abuelo Norberto le dije que me iba a España.  Él abrió la boca con sorpresa y sonrió diciendo ¡Oh, España!

            Nunca sabré si sabía quién era yo o dónde quedaba España.

2 comentarios:

tazy dijo...

Yo lo compré para recordar aquel barrio que fue mío por 7 meses :)

Rox dijo...

¿Viviste en Lavapiés? Que envidia...