domingo, 12 de diciembre de 2010

Sofía lleva un cuento escrito en la espalda

Para Ricardo,
el autor intelectual de este cuento


El que se llamaran Ricardo y Sofía es irrelevante. Tampoco importan las horas que llevaban encerrados en una habitación pintada de atardecer. Lo que realmente importa, es que desde ese día, Sofía lleva un cuento escrito en la espalda.

Desnudo, Ricardo se detuvo a la entrada de la habitación rosa bengala y vio el tiempo detenido: la cama revuelta, los libros sobre el buró, la ropa tirada en el piso. Se sintió un poco ridículo por ir cargando una mesa de madera con dos tortas de conejo. Vestida con su piel de vainilla, Sofía llegó atrás de él. Le embarró las cervezas en las nalgas y el pito de Ricardo brincó.

La tripas que exigían y un “¿qué horas serán?” los había levantado de la cama. Pero ya estaban de vuelta y con una gran dotación de cervezas en la hielera, como para no salir nunca más. Sofía movió sus brazos con rapidez, arrinconando sábanas y almohadas en la cabecera de maple. Corrió a los pies de la cama y con ambas manos, la empujó contra la pared. La mentada de madre que gritó el muro apachurrado les hizo reír. ¡Shhhh! ¡Se enoja!, dijo Sofía, llevándose un dedo a la boca.

Ricardo puso la mesa sobre la cama y miró a la ventana. Las persianas se movían con el aire, entonando una canción de plástico. ¿Le cierro? preguntó Sofía, al ver los vellos ligeramente levantados sobre la piel sabor de anís. Si me hace usted favor, dijo Ricardo haciendo una reverencia con las manos. Sofía aventó la ventana y el aluminio calló la melodía.

¡A comer! gritó Sofía levantando ambas manos. Y dejándose caer, aterrizó en la cama boca abajo. La mesa bailó suspendida en el aire, junto a los platos y las latas de cerveza. Sofía se incorporó y tomó una torta de conejo. Ricardo sintió que ese olor lo tranquilizaba: era un olor a pan caliente con mantequilla que lo hacía recordar las tardes de su infancia en el comedor de su abuela. Sofía masacraba su torta con grandes mordidas; las migajas caían sobre sus pechos y panza. Ricardo la miró hasta que el crujido de pan lo sacó de su letargo. Si no empezaba a comer, probablemente se quedaría con el estómago vacío. Quedaron buenas, ¿verdad?, dijo Ricardo al sentir el conejo con aguacate en su lengua. La torta que tenía pegada Sofía a la boca se movió de arriba-abajo.

Barriendo la cama con la palma de su mano, Sofía tiró al suelo las migajas que habían caído de las tortas de conejo. Ricardo se recostó en la enorme almohada que había formado esa suave revoltura de sábanas y cobijas contra la cabecera. Lo mismo hizo Sofía, aunque su almohada estaba llena de huesos y en su interior había un corazón. Con su mano derecha, Ricardo le acariciaba el cuerpo; tenía los dedos lacios y los ojos cerrados. Ella se dejó hacer, abierta, feliz.

Sofía tomó un pesado libro del buró y comenzó a leer en voz alta. El libro amarillo comenzó a quejarse con gritos atragantados. Y es que los ojos roba-párrafos de Sofía le amputaban, una a una las palabras que leía. Asustadas, las letras descendieron por el tobogán de su voz, cayendo en la cama y en la piel de vainilla. Revueltas, algunas letras comenzaron a llorar. Se buscaban para formar sílabas, con la esperanza de hacer una palabra coherente; misión casi imposible porque las vocales débiles flotaron más tiempo en la respiración y cayeron hasta el piso. Las letras más egoístas, como la Be, la Eme o la Ene, reían a carcajadas al ver la desesperanza sobre la cama.

La mano izquierda de Ricardo despertó y quiso ponerse a escribir. Enojado, el codo aventó los dedos al aire, exigiéndole tranquilidad con violencia. Pero los dedos eran necios y el codo perdió la batalla cuando la mano se desprendió y fue a dar al piso. Con cuidado, los dedos recogieron las letras que lloraban entre las migajas de pan. De un brinco subió a la cama e hizo un montoncito de letras a un lado del cuerpo de Sofía, que descansaba boca abajo.

Con movimientos de araña, la mano izquierda comenzó a acomodar las letras sobre la espalda de vainilla. Tranquilas y expectantes, las letras susurraban cada sílaba y daban pequeños brincos, orgullosas de formar parte de una palabra. Celosas al ver la fiesta que se vivía en la espalda, las pocas Doble-u y Kas comenzaron a clavarse en la cintura de Sofía, intentando subir. Ella no pudo evitar las cosquillas, las tomó en su puño y las aventó al piso. Las letras que ya estaban acomodadas se horrorizaron, no querían terminar igual. Tampoco querían volver a ese papel blanco y ser aplastadas entre las pastas duras y amarillas. Por eso se tatuaron a la espalda de Sofía quien, desde entonces, carga con este cuento.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Margo Glantz y sus zapatos

“Me siento como la Julia Roberts de la literatura” dijo Margo Glantz al recibir el premio FIL del año pasado. Tan curiosa fue la ocurrencia de la escritora octogenaria, que se repitió en todos los periódicos y sitios de internet que relataron los pormenores de la afamada feria de libros. En las fotografías, la autora se veía feliz, gozando su momento; como Julia Roberts cuando ganó el Oscar.

¿Quién es esa señora que se compara con una artistita hollywoodense? ¿Por qué, cuando tanto escritor toma una pose de intelectual incomprendido, esta viejita sale con banalidades del espectáculo?

En Colofón encontré “Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador” y comencé a leerlo. Media hora después, ¿la autobiografía? ¿el ensayo sobre los zapatos? ¿el conjunto de viajes, quejas y enfermedades de una señora bien? me tenía atrapada.

Por supuesto, compré el libro. En “Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador” encontré, antes que nada, libertad. Libertad de género literario que comprueba que lo que está hermosamente escrito no necesita la etiqueta de ensayo, novela o crónica. Libertad de una mujer que relata, cómo transcurrió su infancia entre zapatos de segunda, cómo nació su amor-rechazo por los zapatos de Salvatore Ferragamo y por qué es importante que ella, Nora García, se siente a escribir utilizando zapatos de diseñador. Libertad de narrar: lo mismo nos cuenta de sus perros muertos, de sus viajes y residencia en Londres, que de sus amores fallidos, de tener sexo mientras amamanta a su hijo (y masturbarse cuando se acuerda) y de la angustia que le provoca una mamografía. Margo Glantz utiliza lo mismo un chingado, que palabrería en francés e inglés. Revuelve palabras, las desbarata, las analiza, las reconstruye.

Además de la libertad, celebro la inteligencia y el sentido del humor de la autora. Los zapatos de diseñador, es un tema frívolo, apto para revistas como Vanidades o Cosmopolitan. Pero para la autora son el pretexto ideal para contar la historia de una mujer, el dolor de caminar, los lugares por donde anda, la salud de quien los porta. Margo Glantz no tiene empacho en utilizar referencias poperas como sex & the city, o burlarse de la baba que le escurre a la protagonista, Nora García, por culpa de una prótesis dental. Y es que como dice la autora en el punto 7 del primer capítulo del libro. “Es hora de confesar que esta historia es autobiográfica, y por tanto profundamente sincera.”

Buscando sobre la Glantz en internet, me encuentro que ella define su escritura como nómada. Que comenzó a escribir a los treinta y tantos y que sus textos tienen una alta dosis autobiográfica.



Desde ya soy fan de La Glantz y me maldigo por no haberla leído antes.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Clementino

Había una vez una niña que de tanto observar a su perro, aprendió a leerle el pensamiento. El perro, un peludo anaranjado, llevaba por nombre Clementino. Aunque la niña era muy joven y necesitaba de los adultos para muchas cosas, no necesitaba ayuda para cuidarlo a Clementino. Ese perro era suyo y de nadie más. La niña alimentaba a Clementino. Lo sacaba con los borregos. Le limpiaba los pies del lodo de los sembradíos y cuidaba que siempre tuviera agua en el plato. No necesitaba de mucho más ese perro llamado Clementino. Es más, ni siquiera exigía que el colchón, donde dormía en el cuarto de la niña, estuviera limpio.

Eso pensaba Clementino: “No necesito nada más”. Lo pensó, al menos, hasta aquel día que comenzó a oler a la muerte.

Clementino despertó después del sol. Puso las 4 patas en el piso y deslizó hacia adelante el par de enfrente, sacó las uñas de los dedos y rasguñó el piso. Con la cabeza echada hacia atrás y el lomo estirado, la cola se torció en espiral. La niña, que también despertaba, lo escuchó bostezar y se incorporó estirando ambos brazos al techo. Clementino se enderezó y extendió, una por una, la patas de atrás. Los ojos cafés del perro se encontraron con los azules de la niña. Tienes hambre y estás ansioso, Clementino dijo ella después de leerle el pensamiento.

La niña brincó de la cama y corrió con el perro hacia la cocina. Jaló una de las sillas del desayunador de madera y alcanzó la bolsa de croquetas que estaba en la mesa. Clementino bailó a dos patas al escuchar el granizo de comida contra el plato de metal. Cuando la niña bajó el plato al suelo, Clementino clavó el hocico en las croquetas. Ni un instante dejó de mover la cola.

Clementino era un perro supersticioso. Los perros tienen maneras y motivos diferentes a los humanos para serlo. Para Clementino, los gatos negros eran igual de odiosos que los gatos blancos. Le gustaba dormir bajo las escaleras y nunca pedía que le pasaran la sal. Sin embargo, Clementino no se comía las croquetas que estaban del lado derecho del plato. Clementino pensaba, que si lo hacía, algo muy malo podría ocurrir. Tal vez y el estanque donde remojaba sus patas se secaría. O quizá, agarraría las pulgas de los puercos. “Los puercos no tienen pulgas Clementino” solía decirle la niña, acariciándole por detrás de las orejas. Y es que Clementino odiaba tener pulgas.

Aquella mañana y sin darse cuenta, el plato se quedó sin croquetas. Clementino se asustó al pensar en las pulgas. Incluso pidió a la niña que lo bañara. Una era petición extraña para un perro, pues les gusta estar sucios para tener un olor único y poderoso. El olor corporal en los perros es un asunto serio. Con tal de que el perro estuviera tranquilo, la niña aceptó. Caminaron hacia la caballeriza, cargó a Clementino y lo sumergió en el agua fría donde beben las yeguas. Clementino abrió muy grandes los ojos al sentir la piel mojada. Los músculos tensos lo detenían contra las paredes de la tina, mientras sentía las pequeñas manos restregándole el pelo con jabón.

Girando el cuerpo, Clementino sacudió el agua que lo había envuelto. Las gotas volaron junto a los pelos color naranja. La niña vio los rayos de sol que atravesaron las gotas, formar un arcoíris. El perro comenzó a correr en círculos por el campo. El aire que empujaba el cuerpo de Clementino formó un canal anaranjado brillante.

Clementino corrió muchas vueltas más. Con cada vuelta, el túnel se hacía más brillante. La niña se sentó junto a su árbol favorito, ése que tenía la corteza más plana y las ramas más largas. Miró el túnel naranja hasta que el brillo le molestó a los ojos. Entonces, se quedó dormida. Por eso, la niña no vio que Clementino hizo hoyos, correteó gallinas y robó el alimento a los puercos. Cansado de hacer tantas cosas de perro, Clementino volvió a un lado de la niña. Se dejó caer en el piso de un tirón, recargó el hocico sobre las piernas y cerró los ojos.

Un olor penetrante y a carne podrida despertó a Clementino. El olor venía del abdomen de la niña. Era un olor que su nariz ya había detectado antes, pero no podía recordar dónde. Los perros no tienen tan buena memoria como los humanos. Clementino clavó la nariz en el cuerpo de la niña para detectar mejor el olor. Tal vez y así, podría recordar. La niña despertó al sentir el hocico presionándola. ¿Qué pasa Clementino? El perro no respondió, estaba concentrado en oler. La niña sintió cosquillas y levantó la blusa. Sintió la nariz húmeda del perro en la piel. La respiración caliente de Clementino le dejó algunos mocos transparentes en la panza.

Siéntate Clementino, ordenó la niña. El perro obedeció. Bajó la cabeza junto con las orejas y subió la mirada. El cuerpo del perro estaba tenso. La niña supo que aquello era serio porque la cola, inmóvil, cayó contra el piso. Clementino había recordado el olor. Por su mente pasó Jenny, la yegua que fue sacrificada algunos meses atrás. La niña, que sabía leer el pensamiento de Clementino entendió el dolor que el perro sentía. Entendió también, que no era por la yegua.

Y es que los perros no saben ocultar lo que sienten.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Carl Sagan y su Cosmos

Corrían los ochentas y un señor vestido con cuello de tortuga y traje café hablaba en la televisión sobre los planetas y las estrellas; de la gente que ha habitado este mundo que se llama Tierra, las características de ésta y de cómo habían contribuido al conocimiento universal del que ahora él hablaba emocionado. Desde su sillón, ese hombre recorría el universo utilizando animaciones que a ojos de este siglo, parecen maquetas colgadas de hilitos. Su nombre era Carl Sagan y la serie se llamaba Cosmos.

Tiempo después, las computadoras y los hombres comenzaron a llamar mi atención, por lo que dejé de alimentar mi vena científica.

En el 2003 volví a encontrar a Sagan, pero ahora el formato era de papel y con títulos como El mundo y sus demonios y El cerebro de Broca. Pero fue hasta el 2005 cuando devoré Cosmos en pocos días, ya que el librote llegó a mis manos en préstamo de una biblioteca. Al terminarlo, tenía un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos. También me dieron ganas de robármelo, pero al final lo regresé.

Cuando la instrucción escolar nos vomita nombres por separado y en diferentes “materias” como Filosofía, Matemáticas, Astronomía, Biología, Historia, etcétera, en Cosmos, Carl Sagan hace un todo y relaciona a Pitágoras con Platón con Hipatía, Kepler, Newton, Da Vinci, Colón, Darwin, Huygens, Einstein. Su lectura me acercó a ellos como hombres (no sólo como teorías), a sus errores, problemas y a las fallas históricas que hemos tenido como raza. El conocerlos por separado me había quitado el placer de entender la relación entre sus teorías y propuestas; tampoco me di cuenta del común denominador que existe entre ellos e incluso, conmigo.

Sagan me llevó de la mano por la historia del hombre como un ser pensante e inteligente. Entendí que el conocimiento, antes que otra cosa, significa libertad. Libertad de elegir a través de la razón, libertad para no subyugarte ante las ideas de otros, libertad para atreverte a soñar en más.

Si me preguntan la distancia al Sol, la gravedad de Júpiter o la elasticidad del tiempo por la aceleración de las partículas a velocidad de la luz, tal vez no les pueda contestar o les diga una tontería. Pero ahora entiendo que la ciencia es mucho más que números, datos, fechas y nombres. La ciencia es lo que nos da esencia como humanos, sus logros y adelantos unen, mientras que las guerras destruyen. La ciencia ilumina, mientras que la charlatanería oculta y miente.

Sabía que sólo era cuestión de tiempo, ahorro y decisión para adquirirlo. Así que desde la semana pasada, Cosmos está en mi librero y es parte de mi evangelio.


jueves, 18 de noviembre de 2010

Ricardo Piglia y sus teorías

Descubrir un escritor que te vuela la mente es tan emocionante como enamorarse.

Eso me paso con Ricardo Piglia, en Cuentos con Dos Rostros. Tengo que confesar que leer el libro me costó un poco de trabajo. Sobre todo porque leí el prólogo de Villoro y los últimos cuentos porque eran los más cortos. Pero al leer el primer cuento titulado “En otro país”, las piezas comenzaron a caer en mi cabezota. El cuento es semiautobiográfico y está lleno de personajes singulares. Pero por sobre todo, las historias ejecutan la tesis que tiene Piglia sobre el cuento:
Con los cuentos es preciso, a diferencia de lo que la gente cree, tener antes dos anécdotas y no una sola. Cuanto más breve es la forma se necesita más de una historia- ¿Por qué? Porque en tanto se entretiene al lector con una historia, se prepara la que verdaderamente interesa contar.
Rescato algunos extractos que, inmersos dentro de los cuentos, me encontré sobre la literatura, narrar y escribir.
En esos días, en medio de la desbandada, en una de las habitaciones desmanteladas empecé a escribir un Diario. ¿Qué buscaba? Negar la realidad, rechazar lo que venía. La literatura es una forma privada de la utopía.

Mi padre, dijo Ratliff, fue un narrador excepcional. Vendía máquinas de coser por el campo. Andaba de un lado a otro, con un camioncito entoldado y paraba en las chacras y se sentaba a la sombra de los tilos a conversar con las mujeres que le ofrecían limonada. Era capaz de vender una máquina inservible usando el arte hipnótico de la narración. Narrar, decía mi padre, es como jugar al póker, todo el secreto consiste en parecer mentiroso cuando se está diciendo la verdad.

Nunca sé si recuerdo las escenas o si las he vivido. Tal es el grado de nitidez con la que están presentes en mi memoria. Y quizá eso es narrar. Incorporar a la vida de un desconocido una experiencia inexistente que tiene una realidad mayor que cualquier cosa vivida. Un narrador debe ser capaz de crear un héroe cuya experiencia supere la de todos sus lectores, decía Steve. Ningún novelista que yo sepa, en este siglo o en algún otro, ha asesinado a nadie en la vida real. Cuando lo dijo estaba demasiado borracho y yo no entendí el sentido de lo que estaba diciendo.
Por fortuna (y a veces desgracia) he aprendido a identificar ciertas partes de los cuentos, para después, escribir y masacrarlas. Este ejercicio de prueba y error en mis cuentitos a veces sale, a veces me rebasa. Por eso es que encontrar nuevas tesis sobre la estructura de algo tan complejo como es un cuento, es como sentir los copos de nieve en la nariz.

Piglia es un imperdible, créanme.



Desagravio, un cuentito que me encontré por ahí.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Fantasmas

DIA CERO. En mis sueños aún escucho el ruido de la ciudad que yo amaba. El viento contra los edificios y lonas, el claxon chingando al de adelante, los perros encadenados que ladraban al llegar a los parques. Cuando cierro los ojos, escucho a los jazzeros callejeros entonar sus melancólicas canciones en la estación del metro y las risas de los niños en los jardines.

Ahora, la ciudad ha callado, ha muerto. Hoy extraño el ruido.

Cuando todo esto comenzó lo único que anhelaba era un poco de silencio. En un instante, a los chillidos de las patrullas se unieron a la alharaca de las ambulancias y el estruendo de los helicópteros. Cuando las alarmas sísmicas se encendieron, su escándalo sólo fue callado por la pérdida de la electricidad general.

Por fin, la muerte llegó escoltada de lluvia y truenos que parecían interminables. Desconozco cuanto tiempo duró, ya que gran parte del tiempo estuve dormida gracias a esa enfermedad que mató a tantos. Cuando por fin desperté, todo había cambiado.

Ese día cero no sólo desperté yo. Despertó una ciudad herida desde sus entrañas. Una ciudad callada donde el silencio era roto esporádicamente por gemidos, gritos de dolor y muerte, voces de súplica y desesperación.

DIA SIETE: Y el sol salió. Los primeros rayos aceleraron la podredumbre de los cuerpos y comida. El hedor era insoportable para una sociedad acostumbrada a las bondades sanitarias del siglo XXI. Debido a las cañerías tapadas y la escasísima agua, moscas, ratas y perros sin dueño se apropiaron de las calles.

Llegué a Nueva York hace pocos meses. La elegí porque sin duda, es -o era- la capital de este mundo. La nueva Roma en este siglo globalizado, sobrecalentado y ahora enfermo. Vine desde México para aprender la mayor de las lecciones: que puedo ser yo, entera y sola. Que no necesito fantasmas hablándome al oído. Que gracias a esta droga, puedo integrarme a la sociedad. Allá se quedaron mis padres, quienes también confiaron en estas nuevas pastillas que evitan mis frecuentes alucinaciones.

Antes de que todo esto sucediera, la ciudad fue mi guía y consuelo. Nueva York me reconoció como una de sus hijas y sentía que me alimentaba con la misma electricidad que recorría sus venas. Ahora, sin ese brillo artificial con el que desafiaba a las estrellas, Nueva York languidece. Y así lo haré yo, de no encontrar pronto esas pastillas que evitan a mis fantasmas regresar.

DIA QUINCE. Los neoyorkinos han desalojado su isla. Abandonaron sus departamentos, su ropa de diseñador, sus mascotas y sus muertos. Sólo quedan algunos indigentes y locos. Aquellos que desde siempre han conocido las entrañas de esta ciudad, quienes ya vivían en una Nueva York sin Broadway ni museos. Esos, los rotos y malvivientes que nunca necesitaron de grandes comidas y camas limpias.

Sigo aquí porque mi dotación de pastillas se terminó y no me queda más que buscarlas irrumpiendo farmacias. No sé en cuánto tiempo regresarán las alucinaciones y vivo con la paranoia si no han vuelto ya.

Eso me pasó cuando Marduk, vestido a capa y espada, me ahuyentó de la Estación Central, donde intenté dormir. Lo enfrenté con una varita, como si fuera a encantarlo. El espadachín se rindió ante mi magia y me dejó pasar con una sonrisa que ensañaba todos sus dientes percudidos. Me llevó a donde tenía guardado su cofre de tesoros y con una seña sobre sus labios me hizo jurar silencio. Por supuesto, le di una moneda. Pagaba por una cordura real, aunque estrafalaria.

Aquella noche conseguí un lugar para dormir. Tengo un taburete de tela roída, unas cobijas polvorientas y algunos locos con quienes compartir mis días, como Queen Wednesday. Queen es negra y habla muy poco inglés. Le gusta vestirse de rosa y grita como urraca cuando se le pierde su corona de piedras falsas. Con ella salgo “de compras” casi a diario. Buscamos latas de comida en departamentos deshabitados y cuando nos hartamos de comer, cambiamos nuestro ajuar. Mi corona tiene que ser más pequeña, pero quedamos en que este bolígrafo de grandes plumas era para mí, para nadie más.

Aquel día que “compramos” tu-tus de ballet, vi por primera vez a los tigres y osos polares tomando el sol en Central Park. Le pregunté que si los veía y me contestó: Big Cat and Teddy Bear con un ademán de niña acurrucando su muñeco de peluche.

Estos locos son ahora mi familia, mi única comprobación de lo real.

DIA VEINTE. El frío aumenta, por lo que busco cobijas en los departamentos cercanos. Me he convertido en una experta allanando casas. Aún tengo comida, pero la raciono. Los espejos rotos del baño regresan mi rostro más delgado de lo que recuerdo.

Tomo mucho vino, a falta de agua limpia. Hablo con cualquiera que se me acerca y les invito de mi trago. Todos aceptan y la botella se vacía un poco más. Aún son reales, ¿cierto? De lo contrario tendría más licor. Alcoholizados y sucios hemos de ser un espectáculo decadente. Pero… ¿Quién esta buscando la belleza hoy? Nueva York apesta, ¿Por qué nosotros no?

DIA VEINTICUATRO. Hoy vi una ballena en el lago. Me subí al castillo de Belvedere y encontré a la manada completa. Hablan y les entiendo. Díganme por favor, díganme. Dónde vivo, qué es esto. Por qué les he perdido, si aún me falta el despertar de un mal sueño. Díganme que sigue a este atardecer turquesa, qué queda de esa enormidad de estrellas.

DIA VEINTISEÍS. Aún veo a las ballenas, dan varias vueltas en el lago. Como poseídos, como intentando escapar. Y brincan dejando un arco iris de segundos que muere ante un ruidoso ¡splash!

Me encontré a ese hombre de pelo blanco. Se acercó contándome historias de luces en el concreto, de máquinas que cargan gente y que corren más que un caballo. Me dijo que había llegado volando desde México, que tenía que encontrarme. ¡Volar!, eso es de pájaros. Asegura que pronto comenzaría el frío, que me debo bañar antes del que el lago se congele. ¿Al lago? ¿Con las ballenas? Nunca.

DIA TREINTA. Él ha llenado el castillo de latas, sella las ventanas con telas gruesas y saca fuego de otra lata. ¿Quién eres? a veces siento que te conozco. A tu lado me siento tranquila y protegida.

En esas interminables tardes me cuenta historias que nunca había escuchado, pero cuyo final adivino. Entonces reímos hasta que duele la panza y le digo:
-Tú eres el rey del castillo
-Lo sé, princesa. Desde chiquita eres mi princesa, ¿lo sabes? -Yo asiento mientras me acurruco a su regazo.




domingo, 18 de julio de 2010

Jaime Gamboa y su orquesta

¿Qué tan cerca está la música de la narrativa? Si leyeran a Jaime Gamboa, dirían lo mismo que yo: demasiado.

Jaime es de Costa Rica y su libro/CD “La Orquesta Imposible” es un deleite para los sentidos. Acompañado de vino tinto o de un roncito , la tarde está garantizada. El libro, de la editorial Ojalá (que buen nombre para una editorial) consta de siete cuentos divididos en, por supuesto, Lado A y Lado B: Una diva del tango muy lejos de su país; un anciano sin memoria al que confunden con Director de Orquesta; Pedro -Peter- Nolasco, enamorado del rock y de su mujer; un cabo redactor de comisaría que le da por escribir canciones y cartas de amor; un maestro de violín que carga con más de una tragedia; un romance imposible de un pianista en la Habana que incluye a Castro, Somosa y a Kennedy; un nicaragüense refugiado en Costa Rica, que encuentra a un acordeonista que dice haber pertenecido a Los Osados, un grupo de golpistas de Somoza.
Aunque la música es el hilo conductor entre todos los cuentos/canción del libro, lo que en verdad les une es que son historias de vida. Historias sinceras y transparentes de narración impecable. Historias coherentes, sin vueltas de tuerca dramáticas.
No sé quien fui. Me desperté hace seis años, en la cama que ahora ocupa la Meche. Cuando abrí los ojos no sentí nada, como si no tuviera cuerpo. Solo unos quince minutos después me comenzó a doler acá, detrás de la cabeza y empecé a oír unas trompetas y unos cornos. Entonces traté de moverme pero no pude. Logré girar un poco los ojos y vi a la Meche aquí sentada a la par de la cama, en esta misma silla, viéndome como si viera a un muerto en vida. La cara de la Meche en ese instante no se me olvida, porque lo primero que pensé fue: “Está muy vieja para ser un ángel”. Pero seguía oyendo aquella sección de metales que se parecía mucho a lo que yo pensaba que serían las trompetas del Apocalipsis. Lo segundo que pensé fue: “Esta muy bonita para ser un demonio”. No sé cuánto rato estuve mirándola así, con los ojos torcidos porque me dolía mover la cabeza, pero recuerdo que me dio tiempo de pensar un montón de cosas. Las recuerdo todas. Pensé que, si estaba en el cielo, me habían estafado: ¿Qué hacía esa señora en bata, temblando a la par de mi cama? Si estaba en el infierno, no parecía tan malo, aunque hacía mucho frío y la verdad, no me parecía haber sido tan malo para merecer el castigo eterno. Entonces traté de recordar algo malo que hubiera hecho y no pude. Ahí comencé a llorar. Lo recuerdo porque la Meche por primera vez, se acercó, arqueó las cejas y caminó despacio, dejando abrir una sonrisilla que ahora le conozco muy bien; dio gracias a Dios porque me había despertado y me secó una lágrima con la punta temblorosa de su bata.
ORFEO, extracto. La orquesta imposible.
Jaime Gamboa.
La pura vida, como dicen en aquella latitud. Tengo que confesar que le tengo mucha envidia a la forma de escribir de Jaime Gamboa. No sólo porque cada cuento tiene una estructura diferente, si no porque habla de sentimientos puros, blancos. Y la razón de mi envidia es, que precisamente eso es lo que me cuesta mucho trabajo al escribir ficción. “Profundidad” me dicen.

Tengo una idea bastante clara de qué escribir y cómo escribirlo para que el lector se ría o me miente la madre. He experimentado con el asco, el dolor y la violencia, pero siento que aún estoy verde en eso.

Una escribe lo que sabe, de lo que ha vivido. Al menos, en un inicio, cuando la experiencia es poca. Entonces ¿No soy más que una marimacha payasa y cochina?

No. Yo digo que soy algo más. Pero no estoy muy acostumbrada a sacarla. Y es que en éste H. Blog, éste mi cuaderno de ensayo, siempre le he huido al tema sentimental. No hay cosa que me cague más que un blog cursi y quejoso, lleno de corazoncitos, rosa y dedicado a la felicidad o tristeza que desencadena el ser amado. Esos blogs me mataron por dentro, snif.

Pero Jaime Gamboa me ha enseñado que no tiene nada de malo hablar de sentimientos blancos como el amor o amistad, siempre y cuando, tu narrativa tenga los elementos necesarios para sonar a Pearl Jam y no a Lady Gaga.