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lunes, 17 de diciembre de 2012

Vendo coche nuevo

El mundo se terminaba a diez metros. Diez metros y de subida que no es poca cosa cuando te detienes en un boulevard a horas pico. Rojo supuso, que después de la cima había nada, que caería y ¡cataplum!, la muerte; tiene que ser eso, porque no entiendo por qué tuvo que portarse así.

Rojo es mi nuevo auto. Es nalgoncito, tiene bluetooth y el amortiguador de atrás más alto. Fue amor a primera vista, el único "pero" era su palanca de velocidades y un nuevo pedal a la izquierda. Pues aprendo dirección manual pensé y pagué el anticipo con el poder de mi firma.

Como Ricardo tampoco sabía manejar estándar, le pedimos a un amigo que fuera con nosotros a recogerlo y a darnos unas clases rápidas: Clutch, primera, saca freno, acelera y mete clutch poquito en cuanto Rojo comience a acalambrarse, metes el clutch, las demás velocidades, frenas. 

Rojo y Ricardo formaron un hermoso mecha a la semana de conocerse. A mí en cambio, Rojo me gritaba con voz carrasposa lo que Ricardo me decía con voz suave: cambia a tercera.

Llevaba pocos días manejando con Ricardo de copiloto-chofer de ida y vuelta al trabajo. Aquel día, tenía razones por las cuales sentirme mucho más confiada; los gritos carrasposos de Rojo se habían reducido y ya no tenía el temor de que el coche saliera disparado en turbo si le metía quinta. Veníamos de regreso a la salida del trabajo. Ricardo y yo planeábamos qué hacer el resto de la noche y discutíamos el salir a cenar. El pensar en comida me distrajo y en vez de irme por el centro (donde está plano), tomé el boulevard (con enormes pasos a desnivel). Apenas dimos vuelta y vi filas de luces rojas y amarillas estacionadas. Los autos apenas y avanzaban. Que no me toque detenerme en subida, pensé. Así que cuando tuve que detenerme en esa cuesta maldita, sentí que mis órganos internos caían a mis pies. El estómago me ayudó a frenar. Los intestinos a meter el clutch. Con cada auto que se estacionaba detrás, el retrovisor se empañaba. Luces difuminadas y bordes negros. El corazón se me trepó a la cabeza e intentaba salirse por los oídos. El coche de adelante comenzó a avanzar. Respiré hondo con la esperanza que el oxígeno regresara mis órganos a su lugar. Quité freno de mano, respiré. Saqué un poco el clutch. Respiré. Metí primera y el acelerador. Rojo se apagó. Dejé de respirar. Giré la mano temblorosa en el switch. Los otros comenzaron a ladrar. Rojo se asustó y se apagó. Neutral, encender, primera. Los perros comenzaron a rebasarme con saña. Sus pilotos me miraban con el rostro descuadrado y sacando los brazos de las ventanas. Switch, acelerador, clutch, clutch, luces, acelerador, agua en el parabrisas, swich, clutch, clutch, clutch.

Rojo se negaba a subir la cuesta. Eso, o mis engranes estaban desajustados porque el dolor de mi pierna izquierda iba desde el muslo hasta el dedo chiquito del pie. Temblaba con tal intensidad que comencé a sentir un calambre recorrer mi pantorrilla. No puedo le dije a Ricardo, quien me había tratado de dar valor diciéndome: Calma, tú puedes. 

El dolor era tan fuerte que no podía concentrarme. Ricardo accedió al intercambio piloto-copiloto. Visto desde afuera, podía haber parecido una especie de apareamiento. Lo cual, de haber sido cierto, sería una tremenda historia. No sólo por el congestionamiento vial, sino porque la pinche palanca estorbaba, sus piernas no son tan elásticas y mis caderas están algo rellenas. Terminé con un rasguño en la oreja y una muñeca torcida; creo que a él le saqué el aire y lo dejé sordo. 

Con Ricardo al volante, Rojo avanzó y no se acabó el mundo. Ya en casa, no quise cenar ni ver televisión. Estaba tan deprimida que comencé a redactar anuncios de compraventa:

Vendo coche nuevo (2,500 kilómetros), rojo y con ligera tendencia al drama.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Sofía lleva un cuento escrito en la espalda

Para Ricardo,
el autor intelectual de este cuento


El que se llamaran Ricardo y Sofía es irrelevante. Tampoco importan las horas que llevaban encerrados en una habitación pintada de atardecer. Lo que realmente importa, es que desde ese día, Sofía lleva un cuento escrito en la espalda.

Desnudo, Ricardo se detuvo a la entrada de la habitación rosa bengala y vio el tiempo detenido: la cama revuelta, los libros sobre el buró, la ropa tirada en el piso. Se sintió un poco ridículo por ir cargando una mesa de madera con dos tortas de conejo. Vestida con su piel de vainilla, Sofía llegó atrás de él. Le embarró las cervezas en las nalgas y el pito de Ricardo brincó.

La tripas que exigían y un “¿qué horas serán?” los había levantado de la cama. Pero ya estaban de vuelta y con una gran dotación de cervezas en la hielera, como para no salir nunca más. Sofía movió sus brazos con rapidez, arrinconando sábanas y almohadas en la cabecera de maple. Corrió a los pies de la cama y con ambas manos, la empujó contra la pared. La mentada de madre que gritó el muro apachurrado les hizo reír. ¡Shhhh! ¡Se enoja!, dijo Sofía, llevándose un dedo a la boca.

Ricardo puso la mesa sobre la cama y miró a la ventana. Las persianas se movían con el aire, entonando una canción de plástico. ¿Le cierro? preguntó Sofía, al ver los vellos ligeramente levantados sobre la piel sabor de anís. Si me hace usted favor, dijo Ricardo haciendo una reverencia con las manos. Sofía aventó la ventana y el aluminio calló la melodía.

¡A comer! gritó Sofía levantando ambas manos. Y dejándose caer, aterrizó en la cama boca abajo. La mesa bailó suspendida en el aire, junto a los platos y las latas de cerveza. Sofía se incorporó y tomó una torta de conejo. Ricardo sintió que ese olor lo tranquilizaba: era un olor a pan caliente con mantequilla que lo hacía recordar las tardes de su infancia en el comedor de su abuela. Sofía masacraba su torta con grandes mordidas; las migajas caían sobre sus pechos y panza. Ricardo la miró hasta que el crujido de pan lo sacó de su letargo. Si no empezaba a comer, probablemente se quedaría con el estómago vacío. Quedaron buenas, ¿verdad?, dijo Ricardo al sentir el conejo con aguacate en su lengua. La torta que tenía pegada Sofía a la boca se movió de arriba-abajo.

Barriendo la cama con la palma de su mano, Sofía tiró al suelo las migajas que habían caído de las tortas de conejo. Ricardo se recostó en la enorme almohada que había formado esa suave revoltura de sábanas y cobijas contra la cabecera. Lo mismo hizo Sofía, aunque su almohada estaba llena de huesos y en su interior había un corazón. Con su mano derecha, Ricardo le acariciaba el cuerpo; tenía los dedos lacios y los ojos cerrados. Ella se dejó hacer, abierta, feliz.

Sofía tomó un pesado libro del buró y comenzó a leer en voz alta. El libro amarillo comenzó a quejarse con gritos atragantados. Y es que los ojos roba-párrafos de Sofía le amputaban, una a una las palabras que leía. Asustadas, las letras descendieron por el tobogán de su voz, cayendo en la cama y en la piel de vainilla. Revueltas, algunas letras comenzaron a llorar. Se buscaban para formar sílabas, con la esperanza de hacer una palabra coherente; misión casi imposible porque las vocales débiles flotaron más tiempo en la respiración y cayeron hasta el piso. Las letras más egoístas, como la Be, la Eme o la Ene, reían a carcajadas al ver la desesperanza sobre la cama.

La mano izquierda de Ricardo despertó y quiso ponerse a escribir. Enojado, el codo aventó los dedos al aire, exigiéndole tranquilidad con violencia. Pero los dedos eran necios y el codo perdió la batalla cuando la mano se desprendió y fue a dar al piso. Con cuidado, los dedos recogieron las letras que lloraban entre las migajas de pan. De un brinco subió a la cama e hizo un montoncito de letras a un lado del cuerpo de Sofía, que descansaba boca abajo.

Con movimientos de araña, la mano izquierda comenzó a acomodar las letras sobre la espalda de vainilla. Tranquilas y expectantes, las letras susurraban cada sílaba y daban pequeños brincos, orgullosas de formar parte de una palabra. Celosas al ver la fiesta que se vivía en la espalda, las pocas Doble-u y Kas comenzaron a clavarse en la cintura de Sofía, intentando subir. Ella no pudo evitar las cosquillas, las tomó en su puño y las aventó al piso. Las letras que ya estaban acomodadas se horrorizaron, no querían terminar igual. Tampoco querían volver a ese papel blanco y ser aplastadas entre las pastas duras y amarillas. Por eso se tatuaron a la espalda de Sofía quien, desde entonces, carga con este cuento.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Fantasmas

DIA CERO. En mis sueños aún escucho el ruido de la ciudad que yo amaba. El viento contra los edificios y lonas, el claxon chingando al de adelante, los perros encadenados que ladraban al llegar a los parques. Cuando cierro los ojos, escucho a los jazzeros callejeros entonar sus melancólicas canciones en la estación del metro y las risas de los niños en los jardines.

Ahora, la ciudad ha callado, ha muerto. Hoy extraño el ruido.

Cuando todo esto comenzó lo único que anhelaba era un poco de silencio. En un instante, a los chillidos de las patrullas se unieron a la alharaca de las ambulancias y el estruendo de los helicópteros. Cuando las alarmas sísmicas se encendieron, su escándalo sólo fue callado por la pérdida de la electricidad general.

Por fin, la muerte llegó escoltada de lluvia y truenos que parecían interminables. Desconozco cuanto tiempo duró, ya que gran parte del tiempo estuve dormida gracias a esa enfermedad que mató a tantos. Cuando por fin desperté, todo había cambiado.

Ese día cero no sólo desperté yo. Despertó una ciudad herida desde sus entrañas. Una ciudad callada donde el silencio era roto esporádicamente por gemidos, gritos de dolor y muerte, voces de súplica y desesperación.

DIA SIETE: Y el sol salió. Los primeros rayos aceleraron la podredumbre de los cuerpos y comida. El hedor era insoportable para una sociedad acostumbrada a las bondades sanitarias del siglo XXI. Debido a las cañerías tapadas y la escasísima agua, moscas, ratas y perros sin dueño se apropiaron de las calles.

Llegué a Nueva York hace pocos meses. La elegí porque sin duda, es -o era- la capital de este mundo. La nueva Roma en este siglo globalizado, sobrecalentado y ahora enfermo. Vine desde México para aprender la mayor de las lecciones: que puedo ser yo, entera y sola. Que no necesito fantasmas hablándome al oído. Que gracias a esta droga, puedo integrarme a la sociedad. Allá se quedaron mis padres, quienes también confiaron en estas nuevas pastillas que evitan mis frecuentes alucinaciones.

Antes de que todo esto sucediera, la ciudad fue mi guía y consuelo. Nueva York me reconoció como una de sus hijas y sentía que me alimentaba con la misma electricidad que recorría sus venas. Ahora, sin ese brillo artificial con el que desafiaba a las estrellas, Nueva York languidece. Y así lo haré yo, de no encontrar pronto esas pastillas que evitan a mis fantasmas regresar.

DIA QUINCE. Los neoyorkinos han desalojado su isla. Abandonaron sus departamentos, su ropa de diseñador, sus mascotas y sus muertos. Sólo quedan algunos indigentes y locos. Aquellos que desde siempre han conocido las entrañas de esta ciudad, quienes ya vivían en una Nueva York sin Broadway ni museos. Esos, los rotos y malvivientes que nunca necesitaron de grandes comidas y camas limpias.

Sigo aquí porque mi dotación de pastillas se terminó y no me queda más que buscarlas irrumpiendo farmacias. No sé en cuánto tiempo regresarán las alucinaciones y vivo con la paranoia si no han vuelto ya.

Eso me pasó cuando Marduk, vestido a capa y espada, me ahuyentó de la Estación Central, donde intenté dormir. Lo enfrenté con una varita, como si fuera a encantarlo. El espadachín se rindió ante mi magia y me dejó pasar con una sonrisa que ensañaba todos sus dientes percudidos. Me llevó a donde tenía guardado su cofre de tesoros y con una seña sobre sus labios me hizo jurar silencio. Por supuesto, le di una moneda. Pagaba por una cordura real, aunque estrafalaria.

Aquella noche conseguí un lugar para dormir. Tengo un taburete de tela roída, unas cobijas polvorientas y algunos locos con quienes compartir mis días, como Queen Wednesday. Queen es negra y habla muy poco inglés. Le gusta vestirse de rosa y grita como urraca cuando se le pierde su corona de piedras falsas. Con ella salgo “de compras” casi a diario. Buscamos latas de comida en departamentos deshabitados y cuando nos hartamos de comer, cambiamos nuestro ajuar. Mi corona tiene que ser más pequeña, pero quedamos en que este bolígrafo de grandes plumas era para mí, para nadie más.

Aquel día que “compramos” tu-tus de ballet, vi por primera vez a los tigres y osos polares tomando el sol en Central Park. Le pregunté que si los veía y me contestó: Big Cat and Teddy Bear con un ademán de niña acurrucando su muñeco de peluche.

Estos locos son ahora mi familia, mi única comprobación de lo real.

DIA VEINTE. El frío aumenta, por lo que busco cobijas en los departamentos cercanos. Me he convertido en una experta allanando casas. Aún tengo comida, pero la raciono. Los espejos rotos del baño regresan mi rostro más delgado de lo que recuerdo.

Tomo mucho vino, a falta de agua limpia. Hablo con cualquiera que se me acerca y les invito de mi trago. Todos aceptan y la botella se vacía un poco más. Aún son reales, ¿cierto? De lo contrario tendría más licor. Alcoholizados y sucios hemos de ser un espectáculo decadente. Pero… ¿Quién esta buscando la belleza hoy? Nueva York apesta, ¿Por qué nosotros no?

DIA VEINTICUATRO. Hoy vi una ballena en el lago. Me subí al castillo de Belvedere y encontré a la manada completa. Hablan y les entiendo. Díganme por favor, díganme. Dónde vivo, qué es esto. Por qué les he perdido, si aún me falta el despertar de un mal sueño. Díganme que sigue a este atardecer turquesa, qué queda de esa enormidad de estrellas.

DIA VEINTISEÍS. Aún veo a las ballenas, dan varias vueltas en el lago. Como poseídos, como intentando escapar. Y brincan dejando un arco iris de segundos que muere ante un ruidoso ¡splash!

Me encontré a ese hombre de pelo blanco. Se acercó contándome historias de luces en el concreto, de máquinas que cargan gente y que corren más que un caballo. Me dijo que había llegado volando desde México, que tenía que encontrarme. ¡Volar!, eso es de pájaros. Asegura que pronto comenzaría el frío, que me debo bañar antes del que el lago se congele. ¿Al lago? ¿Con las ballenas? Nunca.

DIA TREINTA. Él ha llenado el castillo de latas, sella las ventanas con telas gruesas y saca fuego de otra lata. ¿Quién eres? a veces siento que te conozco. A tu lado me siento tranquila y protegida.

En esas interminables tardes me cuenta historias que nunca había escuchado, pero cuyo final adivino. Entonces reímos hasta que duele la panza y le digo:
-Tú eres el rey del castillo
-Lo sé, princesa. Desde chiquita eres mi princesa, ¿lo sabes? -Yo asiento mientras me acurruco a su regazo.




viernes, 2 de julio de 2010

Oro

La gordura desparramada de ese hombre sentado en la mesa del centro pasa desapercibida, a pesar del cuerpo de marrana embarazada que carga su columna. Y es que todo en aquel lugar es exagerado: sobre cada mesa cuelgan enormes candiles de largos cristales que son sostenidos al techo por gárgolas doradas. La bóveda está pintada con frescos amontonados, del que se distinguen ángeles, demonios y otras criaturas mitológicas. Las sillas son de terciopelo azul y sobre el mantel de seda blanca hay cristalería fina y cubiertos de oro.

Pareciera que al utilizar éste color exclusivo del sol -o de los dioses- el restaurante vendiera un pedazo de cielo a sus clientes. Hay oro en la tapicería de la pared, en las barras, en la marquesina, en el dosel, en las cortinas, en los marcos de los cuadros y espejos; en los picaportes, candelabros, llaves del agua, alfombras, muebles, orillas de la cristalería, floreros…

Empingüinados meseros rinden pleitesía con palabras francesas a los comensales, especialmente a la marrana embarazada que viste frac y corbata de moño. Su inmensidad gelatinosa se desborda de algo que simula ser un pantalón. Una enorme papada le cubre el cuello, llegando casi al pecho. Los guangos cachetes cuelgan tanto que jalan los párpados que descubren unos ojos negros. Su alrededor huele a cebolla y ajo; los litros de perfume vertidos no logran disimular el olor que emana de su cuerpo.

Las mesas de alrededor ya tienen clientes sentados: son un montón de pavorreales que se ensalzan entre ellos, y que al darse la espalda, gluglutean envidiosas palabras contra el recién saludado. Llevan trajes negros, vestidos enormes y todas las joyas que sus muñecas, cuello y orejas pueden cargar. Ni un cabello se mueve de esos peinados perfectos, nadie levanta la voz o expresa alguna emoción con el rostro. Ver a uno es verlos a todos. Cada uno con una versión un poco más joven, más colorida o más guapa que la anterior.

Como si el ser una marrana embarazada de 18 puerquitos no fuera suficiente, el individuo es un holgazán. Con oznidos aprueba -o no- la cantidad exorbitante de comida que el mesero propone: Foie gras, langostinos flameados, solmillo de cerdo, magret de pato, carpaccio, ensalada de cabra y piñones, ravioles de espinaca, combinado de mariscos, steak tartare, tortellini au roquefort, salmón di parma, bistró, papillote al pesto, fondant du chocolate, ensalada de frutas, fromage blanc, créme brulé, crépes, merlot, bordeaux, champagne, chardonnay, coteaux…

Tres meseros traen la primera ronda de comida, colocándola muy cerca de la orilla de la mesa. La marrana embarazada come sin manos y con urgencia. No le importa llenarse los cachetes de salsa, grasa y el pecho de vino; solo le importa alimentar a su hambrienta prole.

Para que la segunda ronda de comida sea digerible, la marrana embarazada solicita ayuda al pingüino para vomitar. Complaciente y con un oui oui mesie, el mesero coloca un guante sobre su alita y la introduce en la boca de la marrana, que abre completamente el hocico. De pronto, el pingüino siente miedo de ser devorado y duda, pero los ojos de la marrana le indican que siga. Toca tres, cuatro, cinco veces la campanilla hasta que por fin provoca el vómito liberador.

Una viscosa masa de carne a medio masticar, vino y verduras sale a chorros de la boca y en dirección a un cubo dorado. Lo hace con arcadas sin dolor, como si el vomitar fuera una función más de su cuerpo, igual que respirar.

Sin siquiera limpiarse, el gordo continúa comiendo. Mientras liberaba su estómago, hábiles meseros dejaron servida la siguiente ronda de alimentos. La escena comer-vomitar se repite, pero ahora el vómito se ha desbordado de la cubeta, de la que sale un fétido tufo a oropel.

Un distraído mesero choca contra la cubeta y resbala, vaciando su contenido sobre el piso de mármol. Además, bloquea el paso de una pareja de distraídos comensales que tropiezan y terminan en el piso y embarrados. El gordo no se inmuta y sigue vomitando sobre los tres infelices que están en el piso, y que sin éxito se intentan levantar.

Cuando la marrana embarazada retoma su cena, el mesero caído logra levantarse y se disculpa con la embadurnada pareja, quienes, a pesar de estar sucios y apestosos le hacen reverencia al gordo.

-Señor Presidente, con su permiso Señor Presidente, buen provecho Señor Presidente- y se alejan sin darle la espalda y agachados.

La pareja sale del restaurante hablando del clima, de la cena o de la bolsa de valores. Del incidente que los dejó embadurnados ni se comenta. Su chofer ya está en la entrada y con enfado sortean a un montón de pavos, gallinas y pollos emperifollados que esperan, ahora sí, entrar al lugar.

-Mira a esos estúpidos, creen que van a entrar- dice el hombre con desprecio.
-Jajá- ríe la mujer- Que ilusos, no entienden hay cosas que son de cuna, que ellos no pueden ni aspirar a tener.

Negra de Piedra

Aun era temprano para la cita con esa morra, Yvon. Estaba decidido: si esta noche no me las daba, no tendría otra oportunidad. Y es que dos cines y tres comidas eran mi cuota máxima. Pinches regias, se hacen mucho del rogar… aunque las nalgas de ésta valían el aplastarme dos horas en una butaca viendo una película romántica, de las que sólo les gustan a las viejas. Sólo dos horas más.

El sol de mayo pegaba con madre y tenía la sed aperrada en mi garganta. Por eso, mientras manejaba por Garza Sada, no lo pensé dos veces; entré al Chilis para perder el tiempo chingándome una cerveza y viendo repeticiones de partidos de futbol. El primer trago me regresó a la vida; servida directamente del grifo, la cerveza estaba bien muerta y su sabor amargo se quedó en mi lengua. Sentí al eructo salir desde mi garganta y abrí mi boca para dejarlo salir como uno de esos pedos que te revientan el culo. Siempre lo hago así, a pesar de las miradas castigadoras de las doñitas come-brownies. Me empiné lo demás en unos cuantos tragos, lo que aumentó mis deseos de mandar a la chingada a Yvoncita y quedarme con esta Rubia Superior.

Pero a veces manda más la verga que la garganta, por lo que pagué y salí del lugar. En el estacionamiento, el sol de las 5 de la tarde chingaba reflejándose en los vidrios de una camioneta. El sol no me molesta tanto como la cantidad de mamones que hay en esta ciudad. Mientras esperaba que el ballet trajera mi coche, escuché un estruendo que me hizo voltear a mi derecha; ¡trae un arma! gritó una vieja y se tiró al piso, aventando a un lado su bastón. Ya valió madres, pensé mientras me aventaba pecho tierra y me cubría la maceta con mis manos; como si mis pinches deditos fueran una gran protección contra los balazos. Mi corazón estaba acelerado y sentí un ardor en la parte baja del cuerpo. Del panzazo hasta la respiración se me fue. No sé cuánto tiempo duró la balacera, pero a mí me parecieron horas. Respiraba como perro correteado cuando los balazos terminaron. Muévete cabrón, capaz de que regresan me ordené pero mi pierna izquierda no respondió. Volteé a ver qué pasaba y una mancha de sangre salía del muslo y manchaba mis levis. De menos no me dio en los huevos, dije antes de desmayarme.

Aguante, va a estar bien repetía a gritos alguien que me jalaba hacia una camilla. Cuidado con mi pierna, susurré o pensé, ya ni sé, porque del dolor me volví a desmayar. De pronto, mi nariz recibió una fuerte dosis de olor a medicina y alcohol. Abrí los ojos y vi como ventanas, puertas, enfermeras, paredes verdes y accesorios de hospital pasaban rápidamente a mi lado. Comprendí que iba acostado en una camilla, que me habían dado un balazo y que no estaba soñando. El dolor en el muslo izquierdo era demasiado real. Las llantas de la camilla se detuvieron y pude ver las vendas que contenían la sangre de mi muslo. Además llevaba una bata maricona con las nalgas de fuera que estaba empapada de sudor. ¡Agua, agua! comencé a rogar. Mi voz apenas y salía; sentía mis sesos apachurrarse contra los ojos, como queriendo desorbitarlos.

Tiene calentura, me dijo alguien y puso algo en mi suero que me hizo volver a dormir.

El sol calienta mi espalda pero no siento ninguna incomodidad . Estoy tirada, sí, tirada de panza sobre la arena sintiendo como cada grano se clava en mi piel. Miro mis manos: negras, negrísimas y pequeñas. No necesité voltear a mi entrepierna para comprobarlo; soy una mujer, soy niña, soy una negra. Lo que no sé es que vivo con hambre y sed, entre la suciedad y la podredumbre. Eso me di cuenta como espectador, que entre alucine y alucine alcanzaba a oler la comida podrida, la caca almacenada, el agua encharcada. Sin preocuparme por las infecciones, me revuelco en el agua verdosa para refrescarme; me tiro de panza a la arena gruesa y ruedo hasta lograr que las diminutas piedras se peguen a todo mi cuerpo hasta parecer un monstruo de piedra. Una figura de la que sobresalen sólo los grandes ojos negros y el pelo sucio y enmarañado. Escucho a mi voz infantil decir palabras inentendibles y sonidos guturales que imitan a un tigre o quizá a un león. Un hombre blanco con el rostro cubierto de pelos ríe agarrándose del estómago cada vez que paso corriendo junto a él. Llama mi atención llamándome Negra de Piedra mientras me muestra un gran vaso de agua limpia. Froto mis palmas una contra la otra para quitarme la arena de las manos y con timidez tomo el vaso de agua. Limpio mis labios con mi mano y comienzo a beber; mi estómago se infla apenas trago. Eructo, devuelvo el vaso y corro gruñendo en sentido contrario, escuchando cada vez más lejos las carcajadas del viejo barbón.

Casi no la cuentas güey, reía Mauricio sentado junto a la cama. Tenía que ser Mauricio, el más estúpido de mis amigos, el que cuidara mi convalecencia. Podía soportarlo borracho, pero un balazo en mi muslo me había hecho perder el sentido del humor. Vete a la verga cabrón, le respondí enojado y queriendo soltarle un putazo. Con esto, sólo logré zafar la aguja que tenía clavada en la muñeca y que el suero, las sales o la chingadera que me estaban metiendo por las venas me quemara la piel. Mauricio accionó una alarma y una enfermera vino a reacomodarla, amarrando mi muñeca con una pulsera de plástico apretada.

Sí. Los grilletes están apretados. Unidos por una cadena, tengo un par en las manos y otro en las piernas. Estoy de pie en una fila de negras mucho más grandes que yo mientras el barbudo que me da agua habla al frente con otros hombres blancos. El viento es fuerte y las nubes grises casi negras están a punto de llover. El olor a sal y a pescado podrido entra por mi nariz. Unos hombres semidesnudos salen de las casas de madera cargando costales sobre sus hombros; también van en fila y también están encadenados. Me paro de puntitas y trato de ver hacia donde van, tal vez y hacia allá voy yo. El mar comienza a azotarse contra la arena con más frecuencia y fuerza, por lo que los blancos se acercan con prisa, dan una rápida revisión a los dientes. A los elegidos les colocan un grillete en el cuello. A mí me parece que lo del cuello es muy elegante y sonrío para que me elijan. Pero no, el blanco elige a la mujer de a un lado y ni siquiera me mira; entonces el barbón le dice algo y aquel levanta las manos, lo que hace que me gane mi ansiado collar.

Desperté tosiendo, aún sentía los grilletes en mi cuello. Ya estoy hasta la madre de dormir enfermera; tengo un chingo de alucinaciones culeras, le dije a la chica que llegó a auxiliarme con la tos mientras me llevaba las manos al cuello. El sudor y el ardor en la muñeca continuaban; del balazo ni me acordaba. Ella dijo algo de una infección, de sacar el bicho por el sudor, de mi muslo en recuperación y del hambre que me tengo que aguantar porque hasta que suena una campanada puedo levantarme de esta enorme caja de madera en la que estamos todas acostadas hombro con hombro, con las manos extendidas sobre la cabeza y los grilletes de todas encadenados entre sí. Siento al mar moverse en la madera de mi espalda y hay otra tabla arriba, a escasos cuerpos de distancia sobre nosotras. Puedo escucharlos. Escucho sus quejidos y huelo su sudor almizclado. Estamos como zanahorias en caja. Es momento de la limpieza: cierro los ojos y contengo la respiración. El agua que nos lanzan podría ser refrescante si no fuera porque a nuestro lado pasa la mierda que cagan nuestros cuerpos mal alimentados. Lo bueno es que del baño sigue la comida, esa papilla llena de grumos de harina me sabe deliciosa; es caldito de pollo mijito, me dice mi madre. Lloro al ver sus ojos preocupados; vino desde Guadalajara la pobre mujer. El calor de la sopa me reconforta, así como los trapos húmedos que me pone sobre la frente para contener la calentura que provoca la pinche infección. Uso las fuerzas que me quedan para levantar mis párpados, mi madre se da cuenta y me dice que descanse, que vuelva a dormir. Me toca los ojos con sus manos y me besa en la frente. Yo no quiero volver a esa caja hedionda que se mueve sobre el mar. Pero me seducen sus caricias y siento sobre mí todo el peso del cuerpo frío de la negra que antes estaba a mi lado. Su peso me asfixia y me cuesta mucho trabajo respirar. No puedo respirar mamá. Intento moverme, pero los grilletes hacen su trabajo y me mantienen en el mismo lugar. Grito pero nadie escucha. Grito y grita mi madre, ¡llamen al doctor! Estoy desesperada y siento el miedo en la panza, como aquella vez que perdí a mi madre en el súper. De pronto mi cuerpo se relaja; estoy tranquilo, estoy en paz, escucho el sonido constante en el monitor y siento mi cuerpo flácido sobre la madera.

viernes, 7 de mayo de 2010

Reloj

Para mí, comprar es una necesidad fisiológica. No sólo porque comprando me hago de artículos básicos como alimentos o ropa, si no porque el tener algo nuevo me hace feliz. Sobre todo cuando minutos antes a adquirir una mercancía, no sabía que la necesitaba. Estoy en constante creación de nuevas necesidades que, entre todas ellas, cubren la mayor: el tener.

“Puras Baratijas” aseguran aquellos socialistas que reniegan de mis compras. Aunque mi rostro no lo refleje, mi corazón ríe de sus comentarios. Y es que amparados bajo una supuesta austeridad, disfrazan su tacañería y su falta de ilusión. Yo no les creo eso de “no necesitar”. ¿Cómo no estar feliz si después de una extensa búsqueda y a cambio de pocos pesos nos encontramos algún tesoro?

Mi lugar favorito para ir de compras es Waldo’s. En este almacén de productos chinos tienen una gran variedad de las llamadas baratijas. Y es que aunque la calidad de los productos no sea la mejor, su precio si lo es. A diferencia de un gran almacén con nombre magnánimo, los productos en Waldo’s están amontonados y en desorden. Los estantes llegan apenas al metro y medio y, aunque tienen una base de productos, es posible encontrar algo nuevo y diferente con cada visita.

Además de satisfacer mi compritis aguda, en Waldo’s mi instinto recolector se despierta; encontrar alguna baratija, como una azucarera de vidrio entre vasos medio rotos, copas ralladas, platos de plástico, saleros sin pimenteros de juego, muñecos sucios de peluche, loncheras y envases de plástico sin tapa es como hallar un arbusto de fresas maduras en un campo de sorgo y elote.

Por eso es que prefiero ir a Waldo’s que a Wallmart, ya que con poco dinero compré de dos a tres artículos que en Wallmart me hubieran costado el triple. Pero no es sólo el ahorro, es gritarle al mundo que me compré un estuche para cargar plumas con una jirafa verde que muy probablemente se rompa en 3 semanas y qué. Porque es mi dinero y hago lo que quiera con él.

En mi última visita adquirí un reloj de pared. Lo encontré en un estante acompañado de otros fabricados también de plástico y supe que lo necesitaba. No sólo por la utilidad de tener quien me indique la hora del día, si no porque el reloj tiene mucha personalidad, a diferencia de su infantil vecino con carátula de Mickey Mouse. Éste tiene colores vivos y números en letra de molde. La orilla es negro brillante, por lo que le hace juego a mi computadora de escritorio.

Lo primero que hice al llegar a casa fue quitarle esa envoltura de celofán y robarle una pila al control remoto de la televisión para que funcionara. Puse un clavo junto a la puerta del estudio, ajusté la hora con la perilla y le coloqué un corazón que le diera vida y lo hiciera latir.

Tac-Tac-Tac-Tac lo escuché y sonreí. Con cada segundo, una aguja comenzó a recorrer los colores verde, amarillo y morado de la carátula. No era el clásico Tic-Tac Tic-Tac; sabía que éste reloj tenía personalidad y su sonido era la evidencia.

Me senté en el viejo reclinable donde suelo leer y eché mi cuerpo hacia atrás. Cerré los ojos para escuchar su latir. Tac-Tac-Tac-Tac. Mientras tuviera pilas, nunca más iba a estar sola. Reloj me acompañaría durante esas compras en ebay, en la lectura semanal del TVNotas y opacaría a Fernanda Familiar. Reloj sería mi guía, mi gurú, mi capataz.

Tac-Tac-Tac-Tac, me habló Reloj para indicarme que ya era hora de comer; que dejara a un lado esa revista y la vida de Belinda porque tenía que atender otros asuntos más importantes.

Tac-Tac-Tac-Tac, me habló Reloj por la tarde cuando la hora de sacar a mis perros a mear se acercaba. Si me tardaba de más, corría el riesgo de encontrar charcos amarillos en mi sala, me advirtió.

Tac-Tac-Tac-Tac me habló Reloj por la noche cuando chismeaba por las fotografías de mis amigos en facebook y me advirtió sobre los peligros de intimidad y cómo el internet se me está haciendo un vicio feo.

Me levanté de mi asiento y puse mi rostro frente al del Reloj. Mi comprita salió bastante mandona; casi como un militar que en base a gritos y madrazos quiere demostrar su superioridad. O como un esposo que interroga en que inviertes cada segundo de tu tiempo, o peor aún, como mi consciencia que me persigue y me reprende en cada actividad.

Le hablé claro y directo. Tú sólo estás aquí para indicarme la hora. La decisión de lo que hago o dejo de hacer es mía y nada más. Tac-Tac-Tac-Tac me contestó insolente. Decidí ignorarlo, cerré la puerta del estudio y me fui a descansar. Mi habitación está un pasillo después y mientras veía la novela no escuché a Reloj ordenándome qué hacer. Por fin entendió cual es su lugar en mi vida, pensé; aún así, decidí dormir con la puerta cerrada.

A media noche Reloj me despertó con sus Tac-Tac-Tac-Tac y comenzó a hostigarme. Tac. Un segundo menos. Tac. Ya se fue otro más. Tac. ¿Qué estás haciendo con tu vida?. Tac no puedes contra mí. Tac soy mejor que tu. Tac. Un segundo menos para morir.

Me levanté de la cama tirando las cobijas al piso. Me calcé en las pantuflas y pisé con fuerza el piso, para contrarrestar los gritos de Reloj. Antes de abrir la puerta del estudio me tranquilicé y respiré profundo; tal vez sólo era un sueño, tal vez Reloj se sentía solo. Con mi mano tomé la perilla y giré empujando hacia afuera. Los Tac-Tac-Tac-Tac de Reloj me pegaron de frente.

Entendí que el diálogo comenzó roto. Tomé a Reloj de la pared y le quité la pila. Tú te lo buscaste, le dije aún sabiendo que ya no me escuchaba. Bajé las escaleras y abrí la puerta del clóset que se encuentra debajo de ellas. Vi a Reloj por última vez y lo arrojé en ese espacio obscuro. Escuché como sus curvas chocaron un par de veces contra más plástico. Quizá lo hizo contra ese radio AM en forma de gato que captaba más interferencia que señales, contra el foco que no embona en ningún socket, contra el aceitero/vinagrero que terminó revolviendo ambos líquidos o contra la torre de CDs con las canaletas destruidas.


sábado, 24 de abril de 2010

El color de la vocación

Para Osvaldo,
quien hace sacrificios por la amistad


El irme de cantinazo con Rodrigo se ha vuelto una tradición mensual que espero con más emoción que la regla. Todo comenzó un día que le conté que me había ido sola al “Chava Invita” y que el dueño del legendario tugurio había intentado emborracharme con tequila para quien sabe qué fines poco honestos. Rodrigo me conoce desde hace muchas borracheras y sabe lo que la jalisquilla bebida me provoca, por lo que se ofreció a acompañarme en mis tours cantineros como noble escudero de lo que me queda de decencia.

El jueves pasado le tocó el turno al bar “El Luchador”. Nos decidimos por el lugar ya que de sus puertas de madera corroída colgaban tres avisos en cartulinas de color chinga-pupila:
  • JUEVES de Arrachera
  • 130 pesos la CUBETA de 6 cervezas
  • Se solicita mesera BUENA
La cantina está ubicada en el inicio de la zona de mala muerte de la ciudad, por lo que es común toparse borrachines meados en el piso que advierten los peligros del exceso del alcohol. Pasadas las puertas retráctiles, encontramos que sólo había dos mesas disponibles por escoger. Un ChicoTec de escasos 20 años tomaba cerveza recargando su puesto flácido sobre la mesa; tenía los ojos cristalizados y el rostro descompuesto. No había que ser brujo para deducir que intentaba calmar con alcohol un mal de amores. En la orilla pegada a la cocina, un viejo raboverde ojifeliz se almorzaba las piernas de la mesera. Un par de vendedoras de caricias platicaban con entusiasmo en una de las mesas de entrada.

Rodrigo me guió a una de las mesas cercanas a la barra, dándole la espalda a las señoras. Estas si son cantinas, me dijo mi acompañante mientras señalaba los cuadros que colgaban en la pared: fotografías deslavadas por el sol que enaltecían las hazañas heroicas del pancracio mexicano y chicas con poca ropa y muchas curvas. Ir a las cantinas fresas es como ir a Disneylandia, le dije dándole la razón. Supongo que por eso Rodrigo y yo somos amigos, preferimos la realidad a la fantasía, aunque ésta tenga baños apestosos.

En lo que llegaban las cervezas, me dediqué a leer en voz alta los letreros que colgaban de las bebidas de la cantina en las que se exalta el honor etílico y el florido léxico mexicano. Cuando nuestra mesera puso la cubeta metálica llena de Victorias sobre la mesa de plástico blanco, procedimos a brindar.

Consumimos las seis cervezas acompañadas de un picoso caldo de camarón, canciones de José José patrocinadas por el abandonado ChicoTec, arrachera con tortilla y salsa, el flashazo de los calzones de la VendeCaricias en medias de red, tostadas de médula y camarón, un borrachín que no recibió más que agua debido a que tenía antecedentes deudores y una muy agradable plática.

A pesar de que Rodrigo es gran conocedor de estos tugurios de mala muerte, es muy correcto y decente, por lo que evitaba ver las piernas de la mesera o las lonjas de las VendeCaricias. En la barra encendieron un anuncio chinga-pupila de “Corona”, por lo que el llamado estaba más que hecho y pedimos una cubeta más. Con la quinta cerveza los ojos de mi amigo se comenzaron a desviar a las piernotas de la mesera, por lo que traje a la conversación el letrero que habíamos visto en la entrada; discutíamos si la palabra BUENA del anuncio de empleo lo hacía en solicitud de la habilidad para atender mesas y borrachos o al físico de la portadora.

-¿Vas a dejar este trabajo amiga?- Le preguntó Rodrigo en un ataque de valentía a la mesera en minifalda.
-Si pues -contestó- Lo que pasa es que comienzo la escuela y necesitan un reemplazo.
-Ah que bien. ¿Tú crees que mi amiga aquí sentada sirva para eso de atender amablemente a los borrachos?

La mesera sonrió y yo escupí el trago de mi sexta cerveza reprendiendo la desfachatez de mi amigo quien reía a carcajadas nerviosas. Rodrigo empezó a alabar mi capacidad para caminar derecho y esas noches heroicas en las que hábilmente me he quitado a varios borrachos de encima. La mesera me ofreció su falda en préstamo y desde su mesa el par de VendeCaricias me animaban con sus aplausos.

Buscando convencerme, Rodrigo me pidió un tequila y desde su guarida, el cantinero aseguró que era cortesía de la casa. Tomé el caballito a dos tragos y accedí a cambiarme de ropa con la mesera, ante el aplauso eufórico de los borrachos del lugar.

Salí del baño en minifalda, con libreta en mano y sujetando mi pelo con una pluma Bic. La falda me quedaba un poco grande, ya que haciendo honor a la figura de nuestra mesera, sus nalgas eran más frondosas que las que mi madre me dio.

-¿Qué desea ordenar joven?- Le dije a mi amigo, quien ya tenía una grave risa alcohólica.
-Diles papito si quieres propina grande- me asesoró la experta que ahora usaba pants.
Entonces me dirigí al ChicoTec.
-¿Quieres otra papito?- Le dije al joven de corazón partido sonriéndole muy cerca de sus húmedos ojos. El chillonsito sonrió y asintió con la cabeza.
-¡Cantinero otra pacífico!- solicité con voz enfática.

Segura de poder controlar mis erráticos pasos, caminé hasta la barra donde me esperaba la cerveza y el cantinero, quien me señaló una charola donde la tenía que colocar. Con precisión matemática, centré la botella y con soltura la llevé en alto hasta mi primer cliente. Bajé la charola sobre la mesa y el adolorido ChicoTec me agradeció con una sonrisa.

Acto seguido, solicité una tostada a la cocina para Rodrigo, llevé la cuenta a las sonrientes VendeCaricias –recibiendo a cambio una gran propina- y esquivé con maestría la mano del borracho de la esquina que iba directo a mis nalgas. Ya comenzaba a caer la tarde por lo que las luces chinga-pupila del lugar se encendieron; ayudé al ChicoTec a elegir canciones de adolorido en la rockola, destapé cervezas y limpié el resto de comida y alcohol que tenían las mesas desocupadas.

Me sentía feliz de haber nacido con esa habilidad innata de meserar y de haber encontrado mi verdadera vocación. Mis clientes y colegas estaban de acuerdo, por lo que ovacionaron mi trabajo entre vivas y aplausos. Agradecí con una reverencia. Sin embargo, al agacharme y doblar las rodillas, la falda decidió resbalarse hasta mis pies, dejando en evidencia mi gusto por los colores chinga-pupila en la ropa interior.

martes, 20 de abril de 2010

El ángel escritor

-¡Joder!, tanto gilipolla cargando regalos que creen que la navidad es un espíritu, cuando en realidad es una puta estrategia mercadológica de Dios- decía Ángel en voz alta mientras caminaba. Su voz era triste pero enfática.

-¿Cómo?- le pregunté.

-Dios siempre elige el argumento de todas las historias de Noche Buena y Dios es un cursi- aseguró.

Ángel vestía una gabardina gris, camisa amarilla, sombrero de copa y shorts. Pensé que era un loco más de esos que hablan solos y caminan por la Gran Vía durante las fiestas decembrinas, sobre todo porque el aire frío no estaba como para andar usando shorts.

La gente me empujaba hacia adelante evitando así que escuchara lo que Ángel me intentaba decir. Caminé a contra corriente, siguiendo el sombrero que sobresalía entre el gentío. Entonces le propuse que me contara más, pero en un lugar menos congestionado. Con una sonrisa tímida pero sincera, me siguió hasta San Ginés. Ya con chocolate y churros servidos, Ángel me comenzó a contar.

En el cielo, existe una corte de ángeles que se dedican a escribir historias e iluminarlas en la gente. Al parecer, es una enorme corporación en la que existen editores, traductores, recopiladores, actualizadores, inspiradores y por supuesto, escritores. Todos ellos están divididos en ramas que dependen del tipo de religión y formato de los textos. Ángel me dijo que él estaba en la rama cristiana y para su mala suerte, en los cuentos de Navidad. Y es que éstos eran directamente supervisados por Dios; “y Dios es un cursi” volvió a decir.

Ángel comenzó a sonreír cuando recordó que en sus tiempos de novato, él escribía mitología escandinava.

-Todo se valía- me aseguró sonriendo mientras sopeaba su churro en la taza del espeso chocolate- Inventé bestias, elfos y gigantes, lenguajes. Revolví deidades, creé semidioses, decidí destinos. Pero ahora, con el auge monoteísta todo acabó-

Para mi sorpresa, Ángel se empinó toda la taza de chocolate de un par de tragos. Me preocupó que se pudiera causar un choque diabético, pero él lo hizo como si se tratara de cerveza y continuó:

-Cuando me cambiaron al área de cuentos de Navidad intenté innovar, proponer. Todas las historias hechas hasta el momento eran cursis y poco inteligentes. Enfocadas mayormente a los niños y a la mercadotecnia; los ridículos cuentos tratan al lector como retrasado, como si una historia bonita pudiera ocultar la maldad en el mundo- dijo con rencor mientras se tomaba la tasa completa de chocolate.

-Pero así son todas las historias que yo conozco, ¿entonces qué escribiste?- Le pregunté.

-¿Conoces Canción de Navidad? ¿El Cascanueces? ¿La niña de los fósforos? ¿El soldadito de plomo?- me preguntó alzando la voz. Yo asentí a cada pregunta. Ángel se detuvo un instante, como si escogiera las palabras por decir. Volvió a tomar chocolate de su taza, lo que me sorprendió; no me había dado cuenta que pidiera más. Sin embargo, no quise poner atención en eso y dejarlo continuar.

-En la historia original de Canción de Navidad, el niño chantajeaba sentimentalmente a Scrooge por ser discapacitado y lo torturaba por las noches. Al soldadito de plomo lo funden en balas con el que asesinan al niño que lo separó de su amada bailarina. La gran batalla en el Cascanueces fue provocada porque la niña drogó con opio- dijo arrastrando las “r” y las “a” –Yo escribí todas ellas, pero por órdenes de Dios, el editor cambió todas mis historias y las hizo una mierda cursi.

La interminable taza de chocolate seguía inyectándole energía para contarme historias: Santa Claus era un ladrón al que una vez sorprendieron entrando por la chimenea, los árboles empezaron como un negocio canadiense, etcétera. Su comportamiento era de un borracho altanero y malacopa, por lo que cuando comenzó a insultar a Dios y a escupir al cielo, pagué la cuenta y lo saqué de ahí. Como apenas y podía caminar, lo sostuve pasando su brazo por mi cuello.

Pedí un taxi y lo llevé a mi departamento. No tenía corazón para dejarlo tirado en la calle y Ángel seguía asegurando que venía del cielo y que era escritor. Mientras caminaba en zigzag por la sala, noté que tenía el rostro rojo y arrastraba aún más las palabras al hablar. Había leído sobre mentirosos compulsivos e hipocondriacos, por lo que supuse que mi ebrio acompañante tenía una combinación de esos dos problemas, ya que físicamente es imposible emborracharse con chocolate.

Fuera fingido o no, decidí que debía bajarle la borrachera a Ángel y lo metí a la ducha. Lo llevé al baño y cerré la puerta tras él y se recargó contra la pared. Abrí la llave caliente y mientras escuchaba como caía el agua en el piso, comencé a desnudarlo. Desabroché su camisa y tomándola junto con la gabardina, tiré de ambas prendas hacia abajo. Fue necesario que diera dos tirones más para dejar su torso desnudo. Ángel era alto, por lo que la actividad de desnudarlo requería un esfuerzo mayor. Suspiré al arrodillarme a la bragueta del short; desabroché el botón de la cintura, bajé el zipper y la prenda resbaló sin complicaciones, por lo que tomé el calzón de las caderas y lo bajé.

Cuando su pubis quedó al descubierto, lo que vi me conmocionó. En realidad, lo más impactante fue lo que no vi, ya que Ángel carecía de vellos, de pene y de testículos. No podía creerlo, por lo que comencé a tocarlo para confirmar lo que decían mis ojos. La piel era suave y tersa, sin duda mis dedos disfrutaban el recorrido. Estiré el dedo índice y me dispuse a recorrer la parte donde se juntan sus muslos. Apenas comenzaba mi exploración, cuando escuché una risa débil seguida de un aleteo que aventó un chiflón de aire. Volteé hacia arriba y vi como un par de alas de plumas blancas se expandían por su espalda.

Aún dudo que sea escritor.

martes, 30 de marzo de 2010

Los budistas son los peores

Hace algunos años, cuando era más joven y menos sabia, vivía en Madrid. “La calor" -como dicen en aquellas latitudes- aún se negaba a mostrarse por completo, no así mi calentura. Habían pasado 4 meses desde mi cambio de continente y la misma cantidad tiempo sin que nadie me hiciera un "favorcito" (aunque fuera malo) y como que ya tenía cosquillas.

Estábamos en una borrachera cuando conocí a Malik, un francés tan bonito que me hizo preguntar si no era yo medio lesbiana: ricitos rubios, ojos claros, nariz aguileña, pestañotas… ya saben, una niña sin tetas. Los ebrios del lugar eran en su mayoría eran latinos, por lo que la conversación sudaca / competitiva había alcanzado un punto álgido: colombianos y venezolanos estaban a punto de volverse a declarar la guerra por el control de la frontera.

Con el fin de no participar en divisiones políticas que atentaran contra los ideales de Bolívar y San Martín, busqué al güerito franchute. Comenzamos a platicar de temas internacionales de gran relevancia, como el impacto de la guerra franco-prusiana como disparador económico del sorgo alemán. Malik comenzó a hablar muy entusiasta, casi como un orador de las naciones unidas. En mi semiebriedad me di cuenta de su nulaebriedad. Le pregunté la causa de su abstinencia y mirándome directamente a los ojos me dijo: “Soy budista y no necesito el alcohol para divertirme”.

(tó-ma-la, pin-che bo-rra-cha)

Como sea, al budista no pareció importarle mi semiebriedad y continuamos platicando de el futuro de los bailes neohúngaros en tiempos del reggetón. Coqueteamos un rato más, intercambiamos teléfonos y todo lo que la ley exige para tener opción a sexo futuro.

No tardó muchos días en llamarme y salimos. Caminamos por el centro y casi al atardecer, nos fuimos a un parquezote, donde había un Jardín Zen. Cuando vi la blanca y fina arena, pensé que por más caliente que estuviera, el sexo ahí es altamente riesgoso. Sin embargo, estaba dispuesta a una manoseada tras los arbustitos.

Nos sentamos en unas piedras que magullaban con persistencia nuestras nalgas. Malik me dijo que me relajara y cerrara los ojos. Supuse que lo siguiente era un beso, pero el franchute me puso a meditar. Sacó una estampita de una señora budista que estaba haciendo cosas budistas y que, según él, emanaba gran cantidad de energía. Además me aventó un rollo enorme y soporífero de cómo meditando ha encontrado el mayor de los placeres. Placeres que ni el alcohol o el sexo dan.

Obviamente, volví a mi departamento con una sensación de haber sido estafada: en vez de sexo obtuve un intento de conversión. Por supuesto, no volví a salir con él. No le perdoné que me haya intentado alinear al budismo después de coquetearme tan abiertamente.

Desde entonces le huyo a los budistas y grafiteo los Jardines Zen.

jueves, 18 de marzo de 2010

No seas puerca mejicana

-No seas puerca mejicana -me dijo María muy cerca de mi oído y con los brazos cruzados sobre el pecho.
La razón: haberme ido a la escuela sin secar los platos. Se me había hecho fácil dejarlos sobre el escurridor a que se secaran solos. Por la noche y a mi regreso de clases, los guardaría en su lugar.
-¡Joder! Te dijimos claramente que en esta casa las reglas de limpieza se respetan -añadió Karles- María se la pasa todo el día limpiando como para que no cooperes.

Yo estaba frente al fregadero de la cocina, con los trastes que utilicé en la tarja, viendo hacia abajo y aguantándome las ganas de llorar. En mi garganta había una mezcla de impotencia, miedo y coraje. Me repugnaba su pulcritud y el olor a lavanda me comenzó a picar la nariz.

Había conocido a María y a Karles tres semanas antes, cuando buscaba piso en Madrid. Desde el momento que entré, el departamento parecía sacado de un comercial de productos de limpieza: pisos, vidrios y muebles rechinaban de limpio. Además, en cada habitación había desodorantes de ambiente, por lo que el departamento tenía un constante olor a lavanda que ahora me produce el vómito. Como plus, el condominio contaba con cancha de básquet y alberca. Pero lo que a mí me convenció fue la computadora con internet que estaba en el cuarto que les renté.

Así que decidí tomar la habitación y cumplirles sus estúpidas reglas de limpieza que incluían secar las paredes de la regadera cuando terminara de ducharme, siempre utilizar posavasos y no tocar con mis dedos los vidrios de la sala. Ellos me valían madre, yo tenía mi adorado internet.

Durante los primeros días, mi relación con esos roomies españoles fue bastante buena:
-Llámame María -me había pedido con una sonrisa que enseñaba sus dientes podridos. Y es que, según ella, su nombre en rumano era impronunciable en español. Era alta, rubia y con ojos grises. Así descrita sonaría una belleza rusa, pero en realidad era bastante fea y un tanto masculina. Movía sin gracia sus anchos hombros y de los largos brazos colgaban sus enormes manos de basquetbolista.
-¿Ves telenovelas?- Me dijo una mañana María con entusiasmo.
-No- le conteste ofendida.
-Ah… es que yo aprendí castellano en Rumanía viendo telenovelas mexicanas.
"Vaya, de algo sirve tanta cochinada de televisa", pensé.

Karles era vasco y pareja de María. Parecía un Gi & Joe gachupín: su quijada era ancha, como la de un rottweiler y sus pequeños ojos azules. Apenas hablaba y nunca sonreía. Su voz de pito se contraponía al porte de macho que todo el tiempo trataba de sostener.

Desde mis ojos mexicanos, su relación era muy fría. No había cenas, abrazos, sonrisas o apodos cursis que yo acostumbro tener con mis parejas. De vez en cuando Karles besaba la mejilla de María y ya. Sin embargo, compartían la pasión por el físico-culturismo y asistían religiosamente al gimnasio por la mañana habiendo desayunado su licuado de anabólicos. La obsesión por la limpieza era también compartida, aunque María era mucho más azotada. En su delantal cargaba con un trapito, para limpiar polvo o las huellas de los dedos.

A veces pensaba que una cantidad de productos de limpieza post-sexo tenían guardados en su mesa de noche. ¿Se echarían lavanda en sus partecitas? La respuesta me tenía sin cuidado, yo pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en mi habitación.

Una noche los escuché discutiendo agitadamente mientras intentaba dormir. Los gritos pasaban a pesar de mis audífonos y el llanto de ella estaba impregnado de gran dramatismo. "De tanta ver telenovelas", supuse. Mezclando español con rumano, le recriminaba algo de una infidelidad. Karles gritaba y golpeaba algo que sonaba a madera.

Las noticias decían que la violencia domestica era un grave problema en España. "Pinches gachupines exagerados, es lo que pasa cuando no tienen narcos" pensaba al verlo. Sin embargo, esa noche me sentí parte de la estadística y ya me veía atestiguando ante Antena 3 y en la comandancia de policía la golpiza que estos dos fanáticos de la limpieza se habían propinado.

Por fin se callaron y el acontecimiento no pasó a mayores. Sin embargo, comencé a tenerles miedo, ¿qué tal si un día me gritonean a mí? Dicen que los malos pensamientos invocan al chamuco y unas semanas después materializaron.

Esa tarde, cuando volví de la escuela Karles y María me estaban esperando en la cocina. El tenía el ceño fruncido y María estaba parada tras de él con las manos en la cintura. Ni siquiera dejé mi mochila en mi cuarto cuando escuché la voz de pito de Karles llamándome a la cocina.

-No secaste ni guardaste tus “cacharros”- Me dijo Karles sin siquiera saludar, señalando mis platos.
-No tuve tiempo, lo siento -asentí con la cola entre las patas- Mi tren estaba a punto de partir.
-Todos tenemos que lavar, secar y guardar los platos, de lo contrario esto se volverá un cagadero- me dijo María entregándome un trapo para secar.

Comencé a imaginarme los titulares de periódicos y telediarios: Mexicana golpeada por un vasco y una rumana. La embajada mexicana no responde. La seguridad social no la respalda por no tener sus papeles en regla. La embajada española en México detiene las visas de estudiante por tiempo indeterminado.

Los cacharros ya estaban secos, por lo que levanté mi brazo para abrir esa alacena destinada a su resguardo, cuando Karles me detuvo la mano y la bajó. Supongo que no lo hizo con fuerza, pero yo sentí como si me azotara el brazo.

-Vuélvelos a lavar y a secar- ordenó.
-Toda la tarde estuvieron empolvándose- y acercándose a mi oído exclamó - No seas puerca mejicana.

No me quedó más que obedecer como una sirvienta rumana.

¿Quién es el que anda ahí?

Así como en invierno escuché a los queretanos quejarse del inaudito diluvio que desbordó el río, en este verano las voces escupen la misma cantaleta que asegura lo inusitado de este calor. Los más viejos aseguran que el fin del mundo está cerca mientras se refrescan con agua bendita. Tienen razón en santiguarse; en un asilo ya han comenzado a morirse algunos rucos, deshidratados como chapulines en comal.

Yo estoy tirada en el sofá de mi sala y procuro no moverme más que para lo indispensable. Chorros de sudor recorren mi cuerpo y pienso en tomar otro baño. Pero la pesadez se une a mi hueva y me dedico a cambiar de canales del televisor. Con esto, sólo muevo un dedo.

Me detengo en las noticias de Querétaro. Frente al palacio de gobierno está una señora que respira con dificultad y que habla sobre la prevención de los golpes de calor. La doñita aconseja tomar mucha agua (¿en serio?), salir a la calle con ropa clara y la cabeza cubierta con una sombrilla o cachucha (¡nunca se me había ocurrido!), no hacer deporte a medio día (¡uy! ¡Justo cuando iba a dejar mis 10 años de inactividad física!) y estar al pendiente de las diarreas (aunque no especifican si mentales o de caca). La cara roja de la “reportera” mira fijamente a la cámara y con ojos secos hace énfasis en las palabras CALOR y EX-TRE-MO. ¿A qué idiota de TVAzteca se le ocurre poner a otra idiota a hacer precisamente lo contrario de lo que aconseja?

Decido dejar de escuchar pendejadas. Recargando mis manos en el sofá, aviento mi cuerpo hacia adelante, obligando a mis piernas a levantarme de ese sillón. Apago esa caja tonta y tomo un libro del mueble. El Bar del Infierno de Dolina pesa como si fuera el Quijote de Cervantes.

Abro la ventana que da a la calle y me asomo al balcón, sin importarme mucho que alguien me vea en calzones. ¿Quién en su sano juicio sale al infierno en domingo? Cierro la ventana, no quiero que el aire caliente invada mi pequeña sala.

Dejo que mi cuerpo se azote nuevamente contra el sillón mientras descanso mi cabeza en el posa brazos. Mis ojos recorren la alfombra y encuentro a un insecto que avanza con gran dificultad. Al principio pensé que el grillo tenía tanta hueva y calor como yo, pero en realidad le falta una pata.

El animalito estaba en mi camino a la televisión, por lo que la probabilidad de que yo haya sido su verdugo es alta. Me da un poco de pena el grillo: sin caminar, está destinado a ser rostizado como los rucos del noticiario. Debería matarlo... ¿para qué prolongar su sufrimiento?
Pero eso significa volver a levantarme de mi sillón y ya estoy acomodada en la flojera. Mala suerte grillito cantor.

Gazpacho, mi perro duerme sobre el piso. Tiene la lengua de fuera y su pecho se mueve con cada jadeo que sale de su hocico. Sus ojos se entrecierran y la baba ensucia mi ya puerco piso. “Eso te pasa por ser negrito Gazpacho” le dije con empatía. Pobre, sufre más que yo en esta parrilla que tengo por departamento.

Aún estaba pensando si tendría la energía necesaria para sostener el libro con mis manos, cuando el perro demostró tener más fuerza de voluntad que yo. Incorporándose con lentitud, como si moviera sólo un músculo a la vez y acercó su nariz al grillito cantor.

El perro ladea la cabeza y olfatea alrededor del grillo. Me pregunto si huele a la muerte. La baba ya chorrea sobre el asustado grillo cuando Gazpacho lo pisa sin demasiada fuerza, como si intentara animarlo en vez de matarlo. Comencé a silbar la canción de Crí-Crí para darle solemnidad a la escena. En un instante, el grillo se retuerce y da algo así como un brinco, lo que provoca una reacción similar en Gazpacho, pero hacia atrás.

Cuando el perro se da cuenta que no corre peligro, vuelve a acercarse al grillo y lo empuja con la nariz. El grillito cantor seguía vivo e intentaba brincar con desesperación. Me parece que perdió otra extremidad en la batalla, porque ahora sus movimientos son más erráticos.

-Gazpacho, deja de estar jugando con el grillito cantor y de una vez por todas mátalo- le ordeno.
Los ojitos de mi perro me ven al escuchar su nombre. Mueve ligeramente la cola y alza las orejas cuando voltea a ver al grillo. En un ágil movimiento, Gazpacho agacha su cabeza al y da un pequeño salto; toma al grillito cantor con el hocico, triturándolo con sus dientes. Acto seguido, escupe el cadáver. Lo pisa un par de veces más y cuando se asegura que está bien muerto, vuelve a su lugar en el piso a retozar.

-Gazpacho, tráeme unas cervezas del refri- le ordeno una vez más.
Esta vez, el perro no obedeció.

sábado, 16 de enero de 2010

Gatito Chino

Estrenaba marido cuando éste me dio un gordo presupuesto para amueblar nuestra casa. -Tú que has viajado, elige cómo la quieres decorar, Cariño-. Así que la vestí de pared a pared: colgué cuadros con figuras abstractas, atiborré los libreros de roble y coloqué grandes espejos que le dan más amplitud. Cubrí el piso con alfombras en las recámaras y tapetes en las salas. No faltaron las grandes televisiones, equipos de sonido y computadoras. Hay burós, mesas, sillas y sillones de colores obscuros y solemnes, acordes a un político y su nueva familia.

Sin embargo, en un pasillo hay una vitrina de latón que desarmoniza con la elegancia de la casa. -Es mi espacio egoísta, mí pasado- le dije cuando un gesto de desaprobación se asomó en su cara. Además, por este pasillo sólo pasa la servidumbre. Él alzó los hombros y chasqueó la lengua aceptando esa pequeña derrota.

En su interior, mi vitrina tiene un mate y su hace mucho no utilizada bombilla de metal. A su lado, una lamparita con base de alambre y pantalla hecha de pedazos de vidrios verdes. Algunos están rotos y no tiene la vela para iluminar. Un poco raspado está un avioncito de madera pintado en rojo y amarillo brillante. A la muñeca de trapo le falta un ojo, la moto-estatua de bujías se ha comenzado a oxidar y sin vodka se encuentra esa botellita de Stolichnaya que tomé en un avión trasatlántico. Al fondo, un cuadrito del arcángel Miguel.

Alguna vez todas esas piezas estuvieron libres en las repisas de una casa sin sala o tapetes. En vez de cuadros, había postales del mundo regadas, intentando adornar la blanca pared. Una casa en la que mucho tiempo sólo la habité yo.

Cada pieza cuenta una historia, unas personas, un lugar. En cada una estoy yo o al menos, una versión de mí. El último elemento que se incorporó a esa colección fue el gatito chino. De color dorado, su altura no pasa diez centímetros. Su larga cola apunta hacia arriba y está en tres patas, ya que la cuarta la utiliza para saludar.

En el 2010 visité Pekín. Mi estómago aún se estaba acostumbrando a su grasosa y exótica comida, pero negaba a comer en restaurantes para turistas. La fila para entrar a aquel restaurant era inmensa y yo que era amante de las multitudes, me formé. Cuando por fin fue mi turno, me asignaron una pequeña mesa para una persona, bajo una de esas lámparas-bola de techo de color rojo y dorado. Me sirvieron un té que sabía a maderas y con señas ordené lo que me pareció menos asqueroso del menú fotográfico.

En la mesa se encontraba esperándome el gatito chino; lo sostuve a pocos centímetros de mi cara para verlo mejor, mientras mis dedos sentían sus finos ángulos. Otro comensal se acercó a mi mesa con una gran sonrisa y en un inglés apenas entendible, me dijo que la tradición es tomarlo, traerlo algunos días y volverlo a liberar en otro restaurant chino. -Estos chinos milenarios tan locos- pensé. Sin embargo, pocos días después y ya habiéndole agarrado el gusto a su comida, lo liberé en una mesa para dos de un restaurante de Shanghai.

Siete años después fui a Nueva York, acompañando a mi político esposo a una gira por la ciudad. La cita diplomática era en un restaurant chino, pero en éste, a diferencia de los que conocí cuando la década nacía, había que hacer reservaciones y su menú estaba en inglés.

Mi cabello ya no era rojo, no iba sola, ni cargaba un bulto en la espalda. Pero el gatito chino estaba ahí, esperando a ser tomado, para posteriormente obtener la libertad. Le conté la historia al grupo que me acompañaba y todos me regresaron una sonrisa condescendiente. ¿Hay cosas menos banales en este mundo por hablar, cierto?

Tomé el gatito y lo guardé en mi bolso de satín y de ahí directo a la vitrina. Si yo me encerré ¿Por qué no había de hacerlo él?

lunes, 11 de enero de 2010

Hot Cakes


Aquel domingo, Pedro quería verme para desayunar. Yo agonizaba, por lo que llamé para cancelar la cita con mi primo favorito. Apenas contestó su celular y sin siquiera saludarme, amenazó: -Ni te atrevas a plantarme otra vez porque te mato-. Qué bien me conoces primito, pensé. Y como las 9:30 es una hora muy de madrugada para morir, tomé un par de aspirinas para calmar la cruda y con lentes obscuros busqué un taxi en la avenida, indicándole la dirección de los famosos hotcakes.

Pedro ya estaba en la sala de espera cuando me vio llegar y con una sonrisa que Luis Miguel envidiaría, se burlo de mi facha: el pants rojo y la sudadera rosa combinaban ofensivamente y mi pelo recogido en una colita aún estaba revuelto. -Hola borracha, de menos hubieras invitado- me dijo al tiempo que sentía su rasposa barba en mi mejilla y escuchaba un beso al aire. Bajé un poco los lentes para verlo bien: Su pelo estaba limpio y engominado, olía a perfume caro, vestía Levi's y una playera que publicitaba a Abercrombie. Guapísimo, como hace 20 años Luis Miguel.

En la entrada estaba el Jefe de Camareros, un joven con una fingidísima mueca de servicio. Al observarlo un poco, noté su manía por acariciar los botones de su chaleco. Tenía una postura incómoda, cómo si le apretara o quemara la ropa. A nuestro lado, una familia de cochinitos chillaba por unos hot cakes. Eran el padre, la madre y el escuincle. Todos con cargaban una desparramada panza y la misma cara pedante. Aunque el padre era calvo, la madre estaba maquillada como payaso y el niño se comía los mocos. Los padres alegaban que en Estados Unidos no pasaba eso, que lo mejor sería reportarlo a la gerencia, que cómo era posible si ellos eran clientes fieles de la cadena. El cochinito mocoso comenzó a llorar por su ración matutina de harina y leche, lo que incrementó mi dolor de cabeza. El Jefe de Camareros estaba abrumado, el tic de los botones se incrementaba, y supongo que para liberarse de ellos, les asignó inmediatamente una mesa.

Cuando por fin nos asignaron una mesa, nos tocó a un lado de la Familia Cochinitos. El niño ya había sido silenciado con una dotación de Canelitas, sin embargo, aún no había comida que ocupara la boca de sus rechonchos padres, quienes seguían lanzando insultos para los trabajadores del restaurant.

A Pedro parecía no importarle y comentaba con entusiasmo el menú:
-Uy, ¡los de chocolate son bue-ní-si-mos! O mejor estos de manzana y canela. Igual unas crepas saladas, mmmm-
(oink oink como en McAllen, oink oink mejor Apple bee’s, oink oink eran en aquel mall?)
-Ajá- contestaba yo.
-A mi abuela le encantará este lugar, ¿No crees? Deberíamos de invitarla un día.
(oink oink sirven muy poco, oink oink de chocolate con nuez)
-Ajá- volvía a darle el avión.
-¿Me estás dando el avión, cabrona?
-Ajá- reí.

El soliloquio de mi primo fue interrumpido por los gritos del Papá Cochino, que tenía agarrado del brazo al jefe de meseros y le recriminaba. -¡Tenemos UNA HORA esperando! ¡UNA!- El flaquito puso cara como si lo tuvieran agarrado de los huevos y con voz quebrada respondió: -E-e-esta-mos-s- po-por sacar-r su or-den-n. Mamá Cochina se tocaba el escaso pelo rubio en señal de desesperación y cómo si le hablara a la virgen pronosticaba su muerte por inanición. El hijo ya se había terminado sus galletas y estaba a punto de llorar.

Pedro puso cara de asco y me susurró: -Qué nacos, por lo visto, el dinero no compra educación- Y como si el alboroto de la Familia Cochinitos hubiera terminado, me preguntó con tranquilidad:
-¿Ya sabes que pedir?-
-Unos huevos a la mexicana- contesté masajeando mis cejas.
-¡Cómo! ¿No vas a pedir HOT CAKES?- me reclamó en un tono excesivamente alto, lo que ocasionó que los comensales de las mesas cercanas me voltearan a ver. Incluso la Familia Cochinitos se dejó de oznar.
-Te dije que estaba cruda, ¿quieres que vomite?-.
-Está bien- y suspiró resignación -Tú ya no tienes remedio-

Nos acababan de tomar la orden cuando me disculpé con mi primo y me levanté al baño. Intenté tomar mi bolsa de la silla de junto, pero se había atorado. Jalé más fuerte y nada. Más fuerte y salió volando directo a la charola que traía la inmensa orden de hotcakes para la Familia Cochinitos, dejando a esos pedazos de harina sobrevaluada en el piso.

Pedro se dio cuenta de mi monumental estupidez, me tomó del brazo y me apuró -¡Vámonos! ¡Vámonos!-. En nuestra huída, escuché los desgarradores gritos de Mamá Cochina -noo hijitooo! nooo!- de reojo, vi cómo el niño se había lanzado al suelo y rumiaba los restos de comida. Papá Cochino se había levantado de su lugar, pidiendo a gritos al gerente. Petrificado a la puerta del lugar, el Jefe de Camareros nos miraba con angustia mientras corríamos al estacionamiento. Con enfado, mi primo le puso un billete en el ojal y se disculpó.

Ya en su coche, Pedro no me dirigía palabra. Tomé un poco de los restos de chocolate que habían quedado en mi bolsa y lo probé -Tenías razón, el chocolate está delicioso-. Los frenos de su Jetta chillaron, Pedro quitó los seguros del coche y apuntando con su dedo índice a la calle me ordenó:

-Bájate.

viernes, 1 de enero de 2010

Y usted, ¿De que se quiere morir?

Bajo la lluvia, un hombre con paraguas se acercó caminando tranquilamente. El paraguas estaba cerrado y lo sostenía con elegancia a modo de bastón. Sólo le faltaba el bombín, el frac y el monóculo, para parecer uno de esos hombres de sociedad de principios del siglo pasado. Uno muy mojado, eso sí. Pero el porte sí que lo tenía. Bajando un poco su cabeza y con un ademán a modo de pequeña reverencia, me ofreció su paraguas.

Esa noche regresaba del trabajo y esperaba el camión cuando comenzó a llover, por lo que me refugié en el toldo verde de una tienda de cigarros. Sin embargo, la lluvia comenzó a arreciar y yo temía por la seguridad de mi nueva y costosa cámara. Supongo que la preocupación se notaba en mi rostro y que por esa razón el hombre se acercó y me entregó su paraguas.

-Toma, no te preocupes que pronto dejará de llover- me dijo sin esperar una respuesta. Entró a la tienda y cinco minutos después salió con un cigarro encendido.

Tal como lo predijo, la lluvia torrencial había disminuido y el hombre mirando al cielo exclamó -Te dije que pronto dejaría de llover- Yo me limité a sonreír.

Se recargó en la desprotegida pared y siguió fumando a largas bocanadas. En sus sesentas, lo blanco en su barba comenzaba a dominar. Pronunciadas arrugas se formaban en sus ojos, ya que los entrecerraba para protegerlos del chipichipi que aún caía. Su piel era obscura -más bien quemada-, su nariz aguileña y en la frente tenía una cicatriz. No, no podía decirse que era un hombre guapo, pero la pose, el gesto, el desenfado mezclado con elegancia bajo la lluvia llamaron mi atención.

-¿Por qué no se refugia bajo el toldo?- Le dije, haciéndole un espacio.

-¿Para qué? Si de algo nos tenemos que morir. Personalmente, apuesto por enfisema pulmonar - Me dijo sonriendo con malicia y levantando el cigarro. –Y usted señorita, ¿de qué se quiere morir?-

La pregunta me sorprendió. ¿Qué clase de persona hace esas preguntas? Sin embargo, decidí seguirle el juego e inventar distintas y excéntricas “muertes”.

-¡Devorada por los leones! O en un parto de trillizos. No… ¡mejor un asesinato! que mi amante en un ataque de celos me tire desde un décimo piso. O que sea víctima de un fuego cruzado del narcotráfico y que en la investigación policiaca me confundan con una de ellos y nunca se sepa que morí. Mejor me aviento a un volcán en erupción… la lava roja me hipnotiza. ¿Son impresionantes los volcanes, no cree?

El hombre seguía fumando y mirándome a los ojos exclamó -Piénselo bien señorita, que se le puede cumplir-

-En un accidente- respondí con seguridad- rápido y en seco. Sin demasiada sangre, pero que en un instante, saz! deje de existir.

La luz artificial de un faro lo iluminaba a la perfección. La lluvia seguía, pero en pequeñas gotas que permitían que el humo que salía de su boca ascendiera formando extrañas figuras. Su pelo y barba estaban mojados y pequeñas gotas se resbalaban por su rostro. Sin embargo, eso parecía no importarle y disfrutaba cada bocanada del cigarro.

La escena era perfecta, por lo que saqué mi cámara y con un tímido “¿Puedo?” lo comencé a fotografiar. La Iluminación difusa daba un balance que nunca antes había fotografiado. Con o sin flash, la escena resplandecía. Le hice close-up, cuerpos completos. Cada foto era mejor que la anterior, lo que me tenía muy concentrada. Ya veía mis fotos en una exposición en Nueva York, en revistas de prestigio, ganando el Pulitzer…

Entonces vi esa fuerte luz y escuché un fuerte grito acompañado de un rechinar de llantas. Y así fue como llegué aquí. Y tú… ¿Cómo te convertiste en recoge-muertos?

sábado, 12 de diciembre de 2009

Gente chismosa

Las dos mujeres hablaban sin cesar; la de más edad gesticulaba mucho por lo que me llamó la atención y quise escuchar. Sin embargo, el ruido de aquella cafetería me lo impedía. Era hora del desayuno y el lugar estaba a reventar. Su mesa estaba justo frente a la mía, por lo que para enterarme mejor del chisme, me levanté con la intensión de cambiarme de equipal, pero dentro de la misma mesa.

Sin embargo, torpemente derramé el café sobre el mantel azul marino que cubría la mesa. Tres meseros vestidos de manera idéntica –negro con delantal blanco- se acercaron en mi ayuda. El alboroto que hice llamó la atención de los comensales que estaban cerca, quienes me miraron con ojos inquisidores. Todos voltearon, exceptuando estas dos mujeres, quienes seguían enfrascadas en su discusión. La mujer más joven tenía la mirada hacia abajo y el ceño fruncido. Quizá era muy blanca, pero yo notaba palidez en su rostro. Cuando apenas intentaba hablar era callada por quien supuse era su madre.

Una vez que pasó el caos, me senté más cerca de ambas mujeres, pero dándoles la espalda para escuchar mejor. Los meseros me ofrecieron otro café, pero preferí un jugo de naranja. Servido en un vaso de vidrio soplado con posta azul, entonaba perfectamente con la vajilla de cerámica.

Ordené chilaquiles verdes con pollo y volví a poner atención en las mujeres: confirmé mi teoría de que la mayor era su madre ya que hablaba con las frases clásicas de aquellas “me vas a matar de esta decepción” repetía. La hija, con voz muy baja y temerosa le aseguraba que no se iba a casar.

Tuve que voltear la cabeza cuando la enojada madre tomó el clavel de adorno y comenzó a golpear la mesa. Después lo aventó a un macetero que tenía cerca. La hija, con las lágrimas ya visibles tomó una de las servilletas de tela y se dirigió con prisa al baño.

Por supuesto, ambas mujeres se habían vuelto centro de atención del lugar por lo que muchos rostros siguieron el accidentado paso de la menor hacia el baño.

Una mujer gorda, peinado de salón y maquillaje exagerado se acercó a mí y me preguntó si sabía por qué la menor estaba llorando.

-No se quiere casar- contesté.
-Ah, si… ya se le ve la panza, ¿No crees?- Y se fue sin esperar respuesta.

Pinche gente tan chismosa, pensé.