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jueves, 27 de marzo de 2014

De las cosas que me pasaron con la Emperatriz de Lavapiés

Para los secuaces de Horizontal  _0_

Antes

Tomé La Emperatriz de Lavapiés del librero y su portada me hizo sonreír.  Como cuando veo esas fotografías con mis amigas de la prepa, en las que abrazadas de los hombros sonreímos al camarógrafo.  Todas con los labios rojísimos y la falda del uniforme sobre las rodillas.  Sonrío porque me acuerdo de los minutos previos a esa foto, cuando al terminar el día de escuela corríamos al baño y frente al espejo nos rolábamos el lipstick, intensificábamos el maquillaje de los ojos y compartíamos miradas de complicidad al doblar la falda por la cintura para enseñar esos centímetros de muslos que las monjas nos prohibían.  En esos días, solíamos compartir lipstick, los novios y hasta la rubiola.

En la portada del libro un clavel, igual de rojo que mis labios de preparatoriana, está sobre la barda de uno de los balcones del Palacio de Cibeles de Madrid.  Hacia abajo, la famosa calle de Alcalá. Todo es gris, excepto el clavel.  En mi memoria, la foto es gris, excepto nuestros labios.

«Hay hombres que se acercan al mostrador de una aerolínea con la secreta convicción de que van a morir.  Quizá porque viajar es morirse un poco.  Uno viaja con lo que pueda llevar en la memoria y lo demás se queda suspendido en los recuerdos como un exceso de equipaje.»

Esas primeras líneas me amarraron al libro y me senté en el piso de la Gandhi a seguir leyendo.  Pocas semanas atrás yo también había estado en el mostrador de Aeroméxico, pero al contrario de Pedro Torres Hinojosa, yo estaba en Barajas, muriendo un poco y dejando para siempre a mi Madrid. 

En esos días usaba el pelo rojo y vestidos de verano.  Mi acento madrileño parecía molestar a los demás, en especial el vale.  ¿Vale qué chingados? Me decían, habla como pinche mexicana.  Así que me tenía que joder de todo lo que echaba de menos y aguantar mi reflejo madrileño en el espejo sin tener a esos adorables viejitos que lo chulearan. Tienes que superar Madrid, ya estás de vuelta, me repetía como un mantra.

Conforme leía la historia del hombre de 70 años que vuelve al Madrid que dejó hace 60, y que busca al amor que perdió hace 40, las fotografías que mis ojos habían tomado unos meses antes, comenzaron a revelarse: ángeles, diosas, caballos, búhos, alpargatas, faldas, pelucas, tortilla de patatas, tapas y ensaladas. Las calles mojadas, el cielo sin nubes. Todo fresco, todo a colores.

A las pocas páginas que leí me di cuenta que comprar La Emperatriz de Lavapiés sería no superarlo.  Así que tomé Instrucciones para vivir en México, cerré mi álbum mental y salí de ahí.

Espero que si Jorge F. Hernández alguna vez lee estas líneas, me perdone que lo haya cambiado por Ibargüengoitia.

Durante

Hay libros que no deben comprarse porque es mejor que lleguen cuando ellos así lo deciden.  Son esos ejemplares que alguien más leyó, que te regalan, que encuentras liberados en una banca o te los robas de una biblioteca.  Son libros que saben que no pueden darse el lujo de ser de esos que compras y se quedan empolvándose en un estante o soportando a otros libros dentro de una caja.  Porque hay libros que son sabios y saben que no es su tiempo.

La Emperatriz de Lavapiés llegó a mí directo de las manos de su creador: Jorge F. Hernández. Durante 5 días, el grupo de mueganitos de Horizontal, mi grupo de escrituras, habíamos compartido conferencias, talleres y cantinas en el Festival de Escritores de San Miguel. El libro compartía una bolsa de Farmacias del Ahorro con sus hermanos y Jorge, como quien alimenta a las palomas con paciencia, uno a uno los regaló. Y como palomas de iglesia, estábamos ansiosos y emocionados.  Extendí la mano cuando Jorge repartía Milonga para una intrusa, pero fue entregado a mi marido. 

Ocho años después, me reencontré con La Emperatriz.  Comencé a leerlo durante la última conferencia. 
 
Volví a mi Madrid en cada esquina que doblaba Don Pedro.  Recordaba lo cansado que es subir por Alcalá y cuando me perdí en Lavapiés y terminé en una tabernita donde cada botella de vino tenía pegado un dicho.  Mientras lo leía, saboreaba las tapas de jamón en la cava baja y salivaba con el rojísimo vino.  Por alguna extraña razón, Don Pedro no repara en los azulejos cuenta historias que tienen el nombre de la calle en cada esquina del centro.  Mi preferido es el de la calle Ave María, en el que se recuerda que ahí descubrieron ataúdes y esqueletos enterrados de un supuesto burdel. Otros azulejos son una alegoría del nombre de la calle, como Carretas, con una carreta y sus vacas o Bailén con dos parejas a punto de bailar.

Sabía que volverían aquellas fotos que sentada en el piso de la Gandhi corté: un ángel con shorts, tirantes y boina sentado sobre una pelota enorme y saltarina. Las alpargatas rojísimas que usé en la fiesta mexicana, cuando en la barra libre agandallé diez cubas de presidente añejo y terminé disertando sobre el sincretismo de mi tortilla de patatas con chile.  El búho junto a la Cibeles que tomaba por la noche para volver a mi piso. La falda azul que se levantaba con el aire en las escaleras del metro. Las nocheviejas en Sol con peluca morada y pantalones entallados. Los besos con desconocidos en las calles mojadas de esas madrugadas de marcha. Las cañas con los amigos al salir de la escuela y las cenas con ensalada y aceite de oliva que preparaba con mi mejor amiga.  Han pasado nueve años y  ahora sé que Madrid no se supera. 

La Emperatriz no tiene búhos, ni pelucas, ni ángeles, pero las fotografías regresaron con todos sus colores. Durante algunos instantes, también regresó mi acento: leía en voz baja los diálogos de Don Cayetano y Vicenta y reía.


Después

Por supuesto que ansiaba encontrar a mi Madrid en la Emperatriz de Lavapiés.  Lo que no esperaba era encontrar a Norberto.

«Nada nos es desconocido en tanto que lo reinventamos con la memoria. »

Quisiera recordar si sus zapatos eran tipo Oxford o si solía andar con un paraguas al igual que Don Pedro. Lo que sí recuerdo es que utilizaba trajes obscuros y sombrero.  Pero más allá de las coincidencias físicas, Don Pedro y Norberto eran a veces fugitivos, a veces presa y a veces mártires de su memoria y de sus recuerdos.

Norberto me pedía que pegara los brazos al cuerpo y doblara los codos.  Se agachaba un poco y con las palmas me tomaba de los codos y me levantaba hasta su altura para darme un beso en la frente.  Yo tenía cinco años y él casi dos metros de estatura que, a sus sesenta y tantos, no habían disminuido ni un solo centímetro.

Recuerdo también que nos contaba historias de Pancho Villa: cuando tomó Zacatecas, cuando invadió a los gringos.  Desde que mi abuelo era un escuincle que vivía en Parral y  fue a verlo en aquel Ford en el que murió acribillado, Pancho Villa pasó de ser un semihéroe de la Revolución Mexicana a un Tío cercano.

«Los recuerdos o son algo recuperado por la memoria o son algo perdidos con la amnesia

Viví en casa de mis abuelos de Tlanepantla cuando estudiaba primero de secundaria.  Una tarde estaba haciendo la tarea en el comedor cuando Norberto entró temblando.  Me acaban de asaltar unos rufianes, nos dijo a mi mamá y a mí.  Me pusieron la navaja en la espalda y se robaron mi reloj. Mamá corrió por un vaso de agua y un bolillo para que se le pasara el susto.  La palabra “rufianes” rebotó en mi cabeza lo que quedó del día.  Mi abuelo solía usar palabras así de raras.

Aquel reloj era de oro y tenía una cadena que amarraba a su saco.  Norberto volvía del Municipio, donde gestionaba una estatua de Pancho Villa.  Su legado debe ser conocido por la juventud, decía.  Cuando mi abuela se enteró del asalto, se armó la trifulca. Que si no debe andar haciendo de  payasadas, que con estatua o sin estatua nadie se acuerda o acordará.

«La memoria no es más que tiempo y eso ha de tener tanta profundidad como las aguas de un océano desconocido

No sé qué pasó con las gestiones para la estatua, pero supongo que los ayuntamientos no son muy dados a apoyar las ideas quijotescas de un anciano.  Al poco tiempo nos fuimos a vivir a Guadalajara y un par de años después, Norberto también se mudó para allá.  El cambio de residencia se debió a la demencia senil que había comenzado a presentarse.

Conforme avanzaban los años, los ojos de mi abuelo se fueron haciendo más pequeños y se cubrieron de una delgada película blancuzca. Nunca estuvo ciego; sin embargo, pareciera que esa película también fue cubriendo su mente y encerrándolo en un mundo donde él era joven y conocía a los demás.

La última vez que vi a mi abuelo Norberto le dije que me iba a España.  Él abrió la boca con sorpresa y sonrió diciendo ¡Oh, España!

            Nunca sabré si sabía quién era yo o dónde quedaba España.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Historia de una mujer que se hace pasar por valiente cuando en realidad es infiel

1
En la primaria tenía una compañera que decía que cabello es el de la cabeza y pelo el de todo el cuerpo. La niña fue mi némesis hasta cuarto.  Sólo por molestarla, yo le decía que eran sinónimos. Sin embargo, ella tenía algo de razón: la raíz latina de cabello es capillus, de la misma raíz que caput, cabeza.

Sin embargo, las palabras que indican la falta de cabello o pelo han tenido a través del tiempo diferente significado: pelado y descabellado.  Mientras que “pelado” se denomina a aquella persona vulgar, de modales corrientes y clase baja, “descabellado” es aquel que hace cosas que van en contra del orden o la razón.  Un insensato.

2
Los judíos jasídicos lo llevan en caireles junto a las patillas por mandato bíblico.  Las monjas y las mujeres islámicas lo ocultan bajo un manto.  Ya no es obligatorio que los jueces ingleses lleven esa peluca blanca llena de rulos del siglo XVIII. Las tribus urbanas también hacen del cabello una forma de manifestar sus principios: los punks lo cortan de los lados y los peinan en picos hacia arriba. Los emos, menos enojados que los punks lo alacian hacia el frente, procurando tapar una parte de la cara, en especial los ojos. Los rastafaris llevan dreadlocks o rastas para enmarcar su mensaje espiritual y naturista. A las mexicanas nos enseñan que el pelo de mujer debe ser largo.  Largo hasta la cintura.

3
Para las mujeres, el pelo hermoso y perfecto sólo lo tiene la de enfrente.  Excepto si eres Jennifer Aniston.

4
Orange Is The New Black es una serie de televisión que se desarrolla en una cárcel para  mujeres. En la serie, cada reclusa tiene un look de acuerdo a su personalidad: Nicky tiene una actitud desafiante que comienza por los ojos negros y rabiosos y termina por el pelo largo y alborotado. Las raíces negras empujan el crespo rubio. Al verla, pareciera que en la cárcel no existen los cepillos. Pero no sólo hay cepillos, también hay un salón de belleza comandado por un travesti, Sophia. Red, la jefa y mandamás de la cocina lo tiene corto y pintado rojo sangre, para que no te olvides que puedes quedarte sin comer si ella lo decide. Piper, la protagonista rubia, usa un pelo corto y aburrido.  Una melena sin chiste comparada al pelo largo y peinado con trenzas y coletas que utilizaba cuando era narcotraficante.  El “era” es importante, ya que Piper, blanca, protestante, educada y en una relación estable, paga por un pasado ilegal al que la arrastró Alex, su examante, a la que reencuentra en la cárcel.  O al menos, eso quieren creer ella y su novio. Conforme avanzan los capítulos, nos damos cuenta que Piper sólo se cortó el pelo.

5
La estética entre semana. Los únicos hombres son gays o menores de 6 años. El chismorreo de la “revista” televisiva es un susurro comparando con lo que se habla entre tijeras, planchas y secadoras. La conversación se alterna entre chismes, modas y hombres en sus distintas denominaciones: hijos, maridos, novios y amantes. Ante la votación popular, ellos son los culpables y las que tienen químicos en el cuero cabelludo, las mártires y poseedoras de la razón. 

La estilista como una especie de cura / bar tender que escucha, reconforta y regaña. La silla frente al espejo, como un segundo (y amañado) confesionario del que cuando te levantas, no sólo tienes un nuevo look, también consigues el perdón.

6
El pelo largo que cae desordenado sobre los hombros, que mal oculta los pezones obscuros, erectos. La rendición sexual de la mujer comienza con su larga y abundante cabellera que cae desordenada en la cama. Dedos masculinos traspasan las hebras lacias y negras o jalan los rulos pelirrojos o acarician el delgado pelo rubio. 

Lo único que importa es que esté suelto y que sea largo.

7
Serle infiel a la estilista se paga caro.  A veces, hasta 10 centímetros de largo.

8
"Es hora de declarar que esta es una historia autobiográfica, y por lo tanto profundamente sincera."


Margo Glantz

Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador

9
Celebré mi cuarto cumpleaños en Chapultepec. No tengo recuerdos de ese cumpleaños, pero tengo un video en el que salgo con un vestido café que llegaba a la pantorrilla. El vestido tenía unas cuatro capas de tela; la de encima era una gasa vaporosa, con holanes en las puntas y en las mangas.  Sin embargo, lo que más me gusta de esa imagen es mi pelo peinado en dos colitas a un lado de cada oreja.  No eran colitas muy altas, pero si largas: llegaban a media espalda.  Mi pelo siempre ha sido grueso, lacio y castaño. Y pesado, muy pesado.  Si lo ataban en una sola cola, me pesaba.  Mi mamá solía estirarlo hacia atrás para atarlo, por eso rara vez andaba despeinada. Lo estiraba tanto, que mis ojos se hacían de “chinita”

10
“Qué le hiciste a mi pelo” me dijo alguna vez un ex.  Y sólo porque lo dejé en una melena sobre los hombros.  Porque a veces el pelo femenino no pertenece a las mujeres.  Pertenece a un ritual amatorio posesivo.  No es extraño ver ante una ruptura sentimental, a mujeres que cambian drásticamente el look. Ante la incapacidad de cortarle el pito, nos cortamos ese pelo que él adoraba. Si a él le gustaba el pelo negro, lo pintamos rojo.  Si le gustaba chino, lo alaciamos.  Lo importante es el mensaje: tú no mandas más, me libero de ti (aunque por las noches sigamos llorando)


11
A los 3 meses de vivir en España, me mudé con Vicky, una peluquera. (Así les dicen allá a las estilistas). Tenía veintitantos años, de piel blanquísima y pelo rubio artificial. Sensible y ruidosa, Vicky me adoptó como su amiga-mascota. Se burlaba de mi acento y me enseñaba a hablar gachupín. 

Antes que mi pelo pasara por su navaja, lo traía casi parejo y unos centímetros bajo los hombros. Cuando llegué a la escuela con su corte, mis compañeros me miraron asombrados. ¡Qué bien te ves! Vicky lo había cortado en capas y el aire de inicios de primavera acomodaba sus puntas hacia afuera sin necesidad de secadora.

Comencé a cambiar mis pinches y chingados por joder y me cago en. Mis pantalones de mezclilla por vestidos y faldas. Cuando llegó el verano y volví a casa con el pelo rojo, la principal “observación” de mis amigos y familiares fue que estaba demasiado gachupina.

12
Creo que es momento de confesar que le fui infiel a mi estilista.

13
Desde hace un año que intento tener el pelo largo.  No mucho, un poco por debajo de los hombros.  Gris, mi nueva estilista, también lo corta con navaja y dando la espalda a espejo.  Así que no soy testigo del cambio, sólo puedo ver el resultado.  Y el resultado de mi último corte fue dramático.

Corto. Muy corto. Tan corto que la parte de la coronilla quedaba con un parado “punk”. Tan corto que no podía meter mis dedos entre el pelo y sentir una melena. Tan corto que hasta los hombres de la oficina se dieron cuenta que me había cortado el pelo.


La opinión general fue positiva. “Valiente” dijeron algunas. Yo no lo quería así, replicaba a pesar de saber que me veía bien. Es como uno de esos trastornos psicológicos en las que se percibe una realidad distorsionada. Hay algo en mis neuronas que rechazan lo que me regresa el espejo.  Porque me veo y veo a las monjas del colegio y a las señoras cincuentonas que se resignaron a vivir sin menstruación y sin cabello. 


domingo, 20 de octubre de 2013

Diablo con vestido azul


¿Te enojas si bailo con la de vestido azul?, me dijo mi marido. Sentí cómo se tambaleaba mientras rodeaba mis hombros con su brazo. ¿Verdá que no te enojas, beibi? 

En un capítulo de Cómo me hice monja, de César Aira, hay un conjunto de minihistorias extraordinarias. La protagonista -una niña de 6 años-, ingresa 3 meses tarde a clase y se encuentra que todos sus compañeritos ya saben leer. La maestra decide ignorarla, por lo que la niña se dedica todo el día a imaginar que sus compañeros tienen algún problema emocional y que ella es su maestra. Uno de los chicos tiene un problema peculiar: Su mamá no sabe que en realidad es su papá, ya que es quien trabaja, se enoja y bebe. Y por supuesto, su papá tampoco sabe que en realidad es su mamá, ya que es quien cocina y lo cuida. No recuerdo cómo imaginariamente lo ayudó. 

Gisela nos explica las diferencias entre orientación sexual y género. Eso explica por qué a algunas vestidas les gustan las mujeres. Tal vez a todos los hombres les sigue gustando vestirse de mujer. A la primera oportunidad (despedidas de soltero, novatadas, fiestas de disfraces) agarran prestado un vestido de la madre o hermana y se lo ponen. Supongo que hace un par de siglos no tenían ese problema. Eran ellos quienes se maquillaban, usaban pelucas y camisas con mucho vuelo. Pero la clase media y las feministas les vinieron a joder todo. 

Sólo íbamos a cenar, el plan de ir a Maximiliano (el antro gay de la ciudad) salió al calor de los mezcales. Además de mi marido me acompañaban tres compañeros del trabajo. Debo haber sido la más fachosa aquella noche: ningún maricón, vieja o vestida desafiaba mi look de pants rosa, tenis blancos y blusa negra con el mapa del metro de NY entre las tetas. Un look bastante cutre para la corte de Maximiliano, quien cuelga de un cuadro de marco dorado, con su imponente capa roja y su larga e inmejorable barba. Pero era el Maximiliano, donde quien eres o cómo te vistes no te cierra la puerta en las narices. 

En cierta ocasión a mi ex se le pasaron las copas. No era difícil pues era bastante joto para tomar. Entonces comenzó a contarme de su exnovia bisexual. Siempre que hablaba de sus ex era para chillar de lo mal que lo han tratado las mujeres. Pero hasta esa noche, nunca había escuchado de su novia bisexual. Me contó de la fiesta de disfraces, en la que ella se vistió de hombre y él, de mujer. Sus ojos le brillaron, sonreía y los cachetes estaban rojos. Sólo lo volví a ver así la vez que besó a uno de Soda Estéreo que la hacía de DJ. 

En el trabajo, cuando alguien comente el error de dejar la máquina desbloqueada, otros aprovechan para mandar correos que dicen "Soy bien putote" "Fulanito, ven y truéname el huacal" y cosas así. 

La de vestido azul era prieta y con los cachetes cacarizos. Su pelo largo y negro era una peluca o un cabello muy maltratado. Flaca, flaquísima. El vestido azul turquesa estaba entallado al cuerpo y le tapaba muy apenas las nalguitas. Usaba zapatos (tacones) de plataforma. Como si su altura natural no fuera suficiente. Bailaba cumbias con una chaparrita cuerpo de uva, como decía mi mamá. La falta de grasa en los pechos, nalgas y caderas era sólo uno de los indicadores de que entre las piernas tenía un pedazo de carne apachurrado. 

Los suricatas macho, cuando son cachorros, parecen hembras. Así engañan a los machos dominantes, sus futuros contrincantes en el amor sexo. En cambio, hay serpientes macho que cuando tienen frío se hacen pasar por hembras, para que otros machos se les restrieguen y les den calor. 

En Cómo me hice monja, resultó que se la niña se llama César Aira. 

10 
La del vestido azul acaparó la atención de mis compañeros de borrachera. Me sacaron del círculo del desmadre para discutir quién la invitaba a bailar: Sácala a bailar o qué, ¿vas a dejar de ser hombrecito?. No güey, a ver, sácala tú. Por eso me puse a bailar sola. Cumbias. El reflejo de la puerta de emergencia me regresaba mi imagen moviendo las caderas. Los genes paternos fueron generosos conmigo y con mi trasero. Nadie me miraba, excepto la del vestido azul.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Vendo coche nuevo

El mundo se terminaba a diez metros. Diez metros y de subida que no es poca cosa cuando te detienes en un boulevard a horas pico. Rojo supuso, que después de la cima había nada, que caería y ¡cataplum!, la muerte; tiene que ser eso, porque no entiendo por qué tuvo que portarse así.

Rojo es mi nuevo auto. Es nalgoncito, tiene bluetooth y el amortiguador de atrás más alto. Fue amor a primera vista, el único "pero" era su palanca de velocidades y un nuevo pedal a la izquierda. Pues aprendo dirección manual pensé y pagué el anticipo con el poder de mi firma.

Como Ricardo tampoco sabía manejar estándar, le pedimos a un amigo que fuera con nosotros a recogerlo y a darnos unas clases rápidas: Clutch, primera, saca freno, acelera y mete clutch poquito en cuanto Rojo comience a acalambrarse, metes el clutch, las demás velocidades, frenas. 

Rojo y Ricardo formaron un hermoso mecha a la semana de conocerse. A mí en cambio, Rojo me gritaba con voz carrasposa lo que Ricardo me decía con voz suave: cambia a tercera.

Llevaba pocos días manejando con Ricardo de copiloto-chofer de ida y vuelta al trabajo. Aquel día, tenía razones por las cuales sentirme mucho más confiada; los gritos carrasposos de Rojo se habían reducido y ya no tenía el temor de que el coche saliera disparado en turbo si le metía quinta. Veníamos de regreso a la salida del trabajo. Ricardo y yo planeábamos qué hacer el resto de la noche y discutíamos el salir a cenar. El pensar en comida me distrajo y en vez de irme por el centro (donde está plano), tomé el boulevard (con enormes pasos a desnivel). Apenas dimos vuelta y vi filas de luces rojas y amarillas estacionadas. Los autos apenas y avanzaban. Que no me toque detenerme en subida, pensé. Así que cuando tuve que detenerme en esa cuesta maldita, sentí que mis órganos internos caían a mis pies. El estómago me ayudó a frenar. Los intestinos a meter el clutch. Con cada auto que se estacionaba detrás, el retrovisor se empañaba. Luces difuminadas y bordes negros. El corazón se me trepó a la cabeza e intentaba salirse por los oídos. El coche de adelante comenzó a avanzar. Respiré hondo con la esperanza que el oxígeno regresara mis órganos a su lugar. Quité freno de mano, respiré. Saqué un poco el clutch. Respiré. Metí primera y el acelerador. Rojo se apagó. Dejé de respirar. Giré la mano temblorosa en el switch. Los otros comenzaron a ladrar. Rojo se asustó y se apagó. Neutral, encender, primera. Los perros comenzaron a rebasarme con saña. Sus pilotos me miraban con el rostro descuadrado y sacando los brazos de las ventanas. Switch, acelerador, clutch, clutch, luces, acelerador, agua en el parabrisas, swich, clutch, clutch, clutch.

Rojo se negaba a subir la cuesta. Eso, o mis engranes estaban desajustados porque el dolor de mi pierna izquierda iba desde el muslo hasta el dedo chiquito del pie. Temblaba con tal intensidad que comencé a sentir un calambre recorrer mi pantorrilla. No puedo le dije a Ricardo, quien me había tratado de dar valor diciéndome: Calma, tú puedes. 

El dolor era tan fuerte que no podía concentrarme. Ricardo accedió al intercambio piloto-copiloto. Visto desde afuera, podía haber parecido una especie de apareamiento. Lo cual, de haber sido cierto, sería una tremenda historia. No sólo por el congestionamiento vial, sino porque la pinche palanca estorbaba, sus piernas no son tan elásticas y mis caderas están algo rellenas. Terminé con un rasguño en la oreja y una muñeca torcida; creo que a él le saqué el aire y lo dejé sordo. 

Con Ricardo al volante, Rojo avanzó y no se acabó el mundo. Ya en casa, no quise cenar ni ver televisión. Estaba tan deprimida que comencé a redactar anuncios de compraventa:

Vendo coche nuevo (2,500 kilómetros), rojo y con ligera tendencia al drama.

viernes, 7 de mayo de 2010

Reloj

Para mí, comprar es una necesidad fisiológica. No sólo porque comprando me hago de artículos básicos como alimentos o ropa, si no porque el tener algo nuevo me hace feliz. Sobre todo cuando minutos antes a adquirir una mercancía, no sabía que la necesitaba. Estoy en constante creación de nuevas necesidades que, entre todas ellas, cubren la mayor: el tener.

“Puras Baratijas” aseguran aquellos socialistas que reniegan de mis compras. Aunque mi rostro no lo refleje, mi corazón ríe de sus comentarios. Y es que amparados bajo una supuesta austeridad, disfrazan su tacañería y su falta de ilusión. Yo no les creo eso de “no necesitar”. ¿Cómo no estar feliz si después de una extensa búsqueda y a cambio de pocos pesos nos encontramos algún tesoro?

Mi lugar favorito para ir de compras es Waldo’s. En este almacén de productos chinos tienen una gran variedad de las llamadas baratijas. Y es que aunque la calidad de los productos no sea la mejor, su precio si lo es. A diferencia de un gran almacén con nombre magnánimo, los productos en Waldo’s están amontonados y en desorden. Los estantes llegan apenas al metro y medio y, aunque tienen una base de productos, es posible encontrar algo nuevo y diferente con cada visita.

Además de satisfacer mi compritis aguda, en Waldo’s mi instinto recolector se despierta; encontrar alguna baratija, como una azucarera de vidrio entre vasos medio rotos, copas ralladas, platos de plástico, saleros sin pimenteros de juego, muñecos sucios de peluche, loncheras y envases de plástico sin tapa es como hallar un arbusto de fresas maduras en un campo de sorgo y elote.

Por eso es que prefiero ir a Waldo’s que a Wallmart, ya que con poco dinero compré de dos a tres artículos que en Wallmart me hubieran costado el triple. Pero no es sólo el ahorro, es gritarle al mundo que me compré un estuche para cargar plumas con una jirafa verde que muy probablemente se rompa en 3 semanas y qué. Porque es mi dinero y hago lo que quiera con él.

En mi última visita adquirí un reloj de pared. Lo encontré en un estante acompañado de otros fabricados también de plástico y supe que lo necesitaba. No sólo por la utilidad de tener quien me indique la hora del día, si no porque el reloj tiene mucha personalidad, a diferencia de su infantil vecino con carátula de Mickey Mouse. Éste tiene colores vivos y números en letra de molde. La orilla es negro brillante, por lo que le hace juego a mi computadora de escritorio.

Lo primero que hice al llegar a casa fue quitarle esa envoltura de celofán y robarle una pila al control remoto de la televisión para que funcionara. Puse un clavo junto a la puerta del estudio, ajusté la hora con la perilla y le coloqué un corazón que le diera vida y lo hiciera latir.

Tac-Tac-Tac-Tac lo escuché y sonreí. Con cada segundo, una aguja comenzó a recorrer los colores verde, amarillo y morado de la carátula. No era el clásico Tic-Tac Tic-Tac; sabía que éste reloj tenía personalidad y su sonido era la evidencia.

Me senté en el viejo reclinable donde suelo leer y eché mi cuerpo hacia atrás. Cerré los ojos para escuchar su latir. Tac-Tac-Tac-Tac. Mientras tuviera pilas, nunca más iba a estar sola. Reloj me acompañaría durante esas compras en ebay, en la lectura semanal del TVNotas y opacaría a Fernanda Familiar. Reloj sería mi guía, mi gurú, mi capataz.

Tac-Tac-Tac-Tac, me habló Reloj para indicarme que ya era hora de comer; que dejara a un lado esa revista y la vida de Belinda porque tenía que atender otros asuntos más importantes.

Tac-Tac-Tac-Tac, me habló Reloj por la tarde cuando la hora de sacar a mis perros a mear se acercaba. Si me tardaba de más, corría el riesgo de encontrar charcos amarillos en mi sala, me advirtió.

Tac-Tac-Tac-Tac me habló Reloj por la noche cuando chismeaba por las fotografías de mis amigos en facebook y me advirtió sobre los peligros de intimidad y cómo el internet se me está haciendo un vicio feo.

Me levanté de mi asiento y puse mi rostro frente al del Reloj. Mi comprita salió bastante mandona; casi como un militar que en base a gritos y madrazos quiere demostrar su superioridad. O como un esposo que interroga en que inviertes cada segundo de tu tiempo, o peor aún, como mi consciencia que me persigue y me reprende en cada actividad.

Le hablé claro y directo. Tú sólo estás aquí para indicarme la hora. La decisión de lo que hago o dejo de hacer es mía y nada más. Tac-Tac-Tac-Tac me contestó insolente. Decidí ignorarlo, cerré la puerta del estudio y me fui a descansar. Mi habitación está un pasillo después y mientras veía la novela no escuché a Reloj ordenándome qué hacer. Por fin entendió cual es su lugar en mi vida, pensé; aún así, decidí dormir con la puerta cerrada.

A media noche Reloj me despertó con sus Tac-Tac-Tac-Tac y comenzó a hostigarme. Tac. Un segundo menos. Tac. Ya se fue otro más. Tac. ¿Qué estás haciendo con tu vida?. Tac no puedes contra mí. Tac soy mejor que tu. Tac. Un segundo menos para morir.

Me levanté de la cama tirando las cobijas al piso. Me calcé en las pantuflas y pisé con fuerza el piso, para contrarrestar los gritos de Reloj. Antes de abrir la puerta del estudio me tranquilicé y respiré profundo; tal vez sólo era un sueño, tal vez Reloj se sentía solo. Con mi mano tomé la perilla y giré empujando hacia afuera. Los Tac-Tac-Tac-Tac de Reloj me pegaron de frente.

Entendí que el diálogo comenzó roto. Tomé a Reloj de la pared y le quité la pila. Tú te lo buscaste, le dije aún sabiendo que ya no me escuchaba. Bajé las escaleras y abrí la puerta del clóset que se encuentra debajo de ellas. Vi a Reloj por última vez y lo arrojé en ese espacio obscuro. Escuché como sus curvas chocaron un par de veces contra más plástico. Quizá lo hizo contra ese radio AM en forma de gato que captaba más interferencia que señales, contra el foco que no embona en ningún socket, contra el aceitero/vinagrero que terminó revolviendo ambos líquidos o contra la torre de CDs con las canaletas destruidas.


sábado, 24 de abril de 2010

El color de la vocación

Para Osvaldo,
quien hace sacrificios por la amistad


El irme de cantinazo con Rodrigo se ha vuelto una tradición mensual que espero con más emoción que la regla. Todo comenzó un día que le conté que me había ido sola al “Chava Invita” y que el dueño del legendario tugurio había intentado emborracharme con tequila para quien sabe qué fines poco honestos. Rodrigo me conoce desde hace muchas borracheras y sabe lo que la jalisquilla bebida me provoca, por lo que se ofreció a acompañarme en mis tours cantineros como noble escudero de lo que me queda de decencia.

El jueves pasado le tocó el turno al bar “El Luchador”. Nos decidimos por el lugar ya que de sus puertas de madera corroída colgaban tres avisos en cartulinas de color chinga-pupila:
  • JUEVES de Arrachera
  • 130 pesos la CUBETA de 6 cervezas
  • Se solicita mesera BUENA
La cantina está ubicada en el inicio de la zona de mala muerte de la ciudad, por lo que es común toparse borrachines meados en el piso que advierten los peligros del exceso del alcohol. Pasadas las puertas retráctiles, encontramos que sólo había dos mesas disponibles por escoger. Un ChicoTec de escasos 20 años tomaba cerveza recargando su puesto flácido sobre la mesa; tenía los ojos cristalizados y el rostro descompuesto. No había que ser brujo para deducir que intentaba calmar con alcohol un mal de amores. En la orilla pegada a la cocina, un viejo raboverde ojifeliz se almorzaba las piernas de la mesera. Un par de vendedoras de caricias platicaban con entusiasmo en una de las mesas de entrada.

Rodrigo me guió a una de las mesas cercanas a la barra, dándole la espalda a las señoras. Estas si son cantinas, me dijo mi acompañante mientras señalaba los cuadros que colgaban en la pared: fotografías deslavadas por el sol que enaltecían las hazañas heroicas del pancracio mexicano y chicas con poca ropa y muchas curvas. Ir a las cantinas fresas es como ir a Disneylandia, le dije dándole la razón. Supongo que por eso Rodrigo y yo somos amigos, preferimos la realidad a la fantasía, aunque ésta tenga baños apestosos.

En lo que llegaban las cervezas, me dediqué a leer en voz alta los letreros que colgaban de las bebidas de la cantina en las que se exalta el honor etílico y el florido léxico mexicano. Cuando nuestra mesera puso la cubeta metálica llena de Victorias sobre la mesa de plástico blanco, procedimos a brindar.

Consumimos las seis cervezas acompañadas de un picoso caldo de camarón, canciones de José José patrocinadas por el abandonado ChicoTec, arrachera con tortilla y salsa, el flashazo de los calzones de la VendeCaricias en medias de red, tostadas de médula y camarón, un borrachín que no recibió más que agua debido a que tenía antecedentes deudores y una muy agradable plática.

A pesar de que Rodrigo es gran conocedor de estos tugurios de mala muerte, es muy correcto y decente, por lo que evitaba ver las piernas de la mesera o las lonjas de las VendeCaricias. En la barra encendieron un anuncio chinga-pupila de “Corona”, por lo que el llamado estaba más que hecho y pedimos una cubeta más. Con la quinta cerveza los ojos de mi amigo se comenzaron a desviar a las piernotas de la mesera, por lo que traje a la conversación el letrero que habíamos visto en la entrada; discutíamos si la palabra BUENA del anuncio de empleo lo hacía en solicitud de la habilidad para atender mesas y borrachos o al físico de la portadora.

-¿Vas a dejar este trabajo amiga?- Le preguntó Rodrigo en un ataque de valentía a la mesera en minifalda.
-Si pues -contestó- Lo que pasa es que comienzo la escuela y necesitan un reemplazo.
-Ah que bien. ¿Tú crees que mi amiga aquí sentada sirva para eso de atender amablemente a los borrachos?

La mesera sonrió y yo escupí el trago de mi sexta cerveza reprendiendo la desfachatez de mi amigo quien reía a carcajadas nerviosas. Rodrigo empezó a alabar mi capacidad para caminar derecho y esas noches heroicas en las que hábilmente me he quitado a varios borrachos de encima. La mesera me ofreció su falda en préstamo y desde su mesa el par de VendeCaricias me animaban con sus aplausos.

Buscando convencerme, Rodrigo me pidió un tequila y desde su guarida, el cantinero aseguró que era cortesía de la casa. Tomé el caballito a dos tragos y accedí a cambiarme de ropa con la mesera, ante el aplauso eufórico de los borrachos del lugar.

Salí del baño en minifalda, con libreta en mano y sujetando mi pelo con una pluma Bic. La falda me quedaba un poco grande, ya que haciendo honor a la figura de nuestra mesera, sus nalgas eran más frondosas que las que mi madre me dio.

-¿Qué desea ordenar joven?- Le dije a mi amigo, quien ya tenía una grave risa alcohólica.
-Diles papito si quieres propina grande- me asesoró la experta que ahora usaba pants.
Entonces me dirigí al ChicoTec.
-¿Quieres otra papito?- Le dije al joven de corazón partido sonriéndole muy cerca de sus húmedos ojos. El chillonsito sonrió y asintió con la cabeza.
-¡Cantinero otra pacífico!- solicité con voz enfática.

Segura de poder controlar mis erráticos pasos, caminé hasta la barra donde me esperaba la cerveza y el cantinero, quien me señaló una charola donde la tenía que colocar. Con precisión matemática, centré la botella y con soltura la llevé en alto hasta mi primer cliente. Bajé la charola sobre la mesa y el adolorido ChicoTec me agradeció con una sonrisa.

Acto seguido, solicité una tostada a la cocina para Rodrigo, llevé la cuenta a las sonrientes VendeCaricias –recibiendo a cambio una gran propina- y esquivé con maestría la mano del borracho de la esquina que iba directo a mis nalgas. Ya comenzaba a caer la tarde por lo que las luces chinga-pupila del lugar se encendieron; ayudé al ChicoTec a elegir canciones de adolorido en la rockola, destapé cervezas y limpié el resto de comida y alcohol que tenían las mesas desocupadas.

Me sentía feliz de haber nacido con esa habilidad innata de meserar y de haber encontrado mi verdadera vocación. Mis clientes y colegas estaban de acuerdo, por lo que ovacionaron mi trabajo entre vivas y aplausos. Agradecí con una reverencia. Sin embargo, al agacharme y doblar las rodillas, la falda decidió resbalarse hasta mis pies, dejando en evidencia mi gusto por los colores chinga-pupila en la ropa interior.

lunes, 12 de abril de 2010

Tres pedazos de Norberto

Para los Muñoz
I.
Trabajar como Ingeniero Civil era ventajoso para Norberto. No sólo le proporcionaba la libertad de recorrer el norte del país manejando con un cigarro en mano, sino que también le daba la oportunidad de visitar y vigilar a todas sus viejas e hijos. Y es que a mediados del siglo pasado, el tener un harem bien administrado no era motivo de escándalo. Con tener a todos bien vestidos, alimentados y estudiados era suficiente.

El título de egresado del Politécnico que aún cuelga en la sala regresa a un hombre moreno, de orejas largas y pequeños e inquisidores ojos. Cuca admite que no era guapo y se sonroja un poco cuando le preguntan que le vio a Norberto. Esas cosas no se dicen contesta ella, pero es bastante obvio que Norberto eligió a Cuca como madre de su segunda familia por las amplias caderas, los enormes ojos negros y la boca carnosa. Esa prole se quedó en 5 hijos y durante mucho tiempo, estuvo fincada en Chihuahua.

Una noche de otoño una patrulla llegó a su casa. Cuando el ruido de la sirena que acompañaba a esas luces azul y rojo calló, un niño de grandes orejas y la mirada en el piso bajó del auto. Un policía le explicó a Norberto que su hijo había estado apedreando la estatua que honra la memoria de Pancho Villa.

El vándalo conocía la idolatría del padre por el héroe / bandido y lloraba por anticipado por los cinturonazos que estaba a punto de recibir. Hubiera preferido compartir una celda llena de miados y delincuentes que enfrentar con las nalgas el castigo del padre.

Ya dentro de la casa, madre e hijos aguardaban con espanto el castigo. Por delante entró el pequeño infractor y ahora su llanto estaba acompañado de gritos de arrepentimiento. El ceño fruncido y los ojos parpadeando de Norberto hacían esperar lo peor. “¡Ah que hueco tan exagerado!” Dijo Norberto burlándose del llorón y a coscorrones lo mandó a su habitación.

II.
Es verano en el Distrito Federal y la casa está llena de niños. Sus padres los abandonaron ahí sin una razón aparente, para que jueguen, nomás. El pelo entrecano que le queda está peinado hacia atrás y muestra una gran frente morena. Un bigote fino sobre la boca le sigue dando a Norberto ese aire de sofisticación que alguna vez le consiguió muchas viejas.

Norberto acomoda sus largas piernas en la mecedora, mientras toma un caballito de tequila. Una bandada de chiquillos salen corriendo de los cuartos de la casa al grito de “¡Huercos! ¡Vengan para acá!”. Se sientan en el piso, alrededor de la mecedora del abuelo para escucharlo contar historias de Pancho Villa y de los días en que vivió en Parral.

Las caritas atentas escuchan como si fuera la primera vez, la historia del día en el que Norberto fue a ver el coche que aún tenía el cuerpo tibio del centauro del norte, cuando corrió a verlo después del ruidajero que armaron los balazos que acabaron con su vida. “¡pum, pum, pum!” mataba el abuelo a sus nietos con las manos que simulan una pistola. Entre risas, los niños caen al piso sólo para levantarse de un brinco y corretearse alrededor de la mesa.

Desde la cocina, la regia voz de Cuca reprende al marido: “¡Norberto, no aloques a los niños!”. Pero ni los niños o el abuelo hacen caso y cruzan una mirada de complicidad. El abuelo se sirve más tequila y permite que los niños metan un dedo al caballito. Al probar la bebida de adultos, los niños vuelven a correr y dan vueltas en círculos hasta marearse y asegurar que están borrachos.
Por la tarde, los padres recuerdan que habían abandonado a sus hijos y vuelven a la guardería familiar. A regañadientes, los niños se despiden. Con los brazos pegados al cuerpo, doblan los codos ante el ¡Póngase fuerte! del Norberto, quien los toma de los codos y los levanta sus casi 1.80 metros para darles un beso en la frente.

III.
El frío invierno del bajío no se siente en aquella casa atiborrada de gente. Los hombres se emborrachan, los niños se esconden de sus madres y los adolescentes se besuquean en las esquinas. La fila para los tacos de guisos sea comenzado a alargar y casi llega a la esquina en donde está sentado Norberto, quien tararea algún corrido mientras mueve la cabeza y el pie.

Norberto no sabe porqué está ahí, de quien es la casa o porqué hay tanta gente. Una fina capa blanca se extiende sobre sus ojos y se extiende hasta su mente. Pero como todos están contentos, él también lo está. “¡Pst, huerco! ¿Pa’ qué es la fila?” Pregunta a un comensal y como respuesta recibe unos tacos. Come aunque dice que no quiere. Vuelve a preguntar y recibe una dotación más. Vuelve a decir que no, pero se los termina.

Un joven vestido de mezclilla se le acerca con un vaso rojo. Toma abuelo, le dice sonriendo. A lo lejos, la voz de Cuca se escucha amenazante “Beto, deja de estar emborrachando a tu abuelo” “Es coca-cola abuelita” contesta el nieto. Norberto da un trago generoso seguido de una sonrisa de satisfacción.

“Pst huerco” grita Norberto sacudiendo el vaso rojo desde su esquina. El nieto obedece, rellena el vaso con cerveza, lo acompaña con un cigarro y se sienta a su lado en silencio mientras ven a las mujeres que bailan cumbias. Norberto le pega con el codo y, alzando las cejas, señala el enorme trasero de una de las bailarinas.

martes, 30 de marzo de 2010

Los budistas son los peores

Hace algunos años, cuando era más joven y menos sabia, vivía en Madrid. “La calor" -como dicen en aquellas latitudes- aún se negaba a mostrarse por completo, no así mi calentura. Habían pasado 4 meses desde mi cambio de continente y la misma cantidad tiempo sin que nadie me hiciera un "favorcito" (aunque fuera malo) y como que ya tenía cosquillas.

Estábamos en una borrachera cuando conocí a Malik, un francés tan bonito que me hizo preguntar si no era yo medio lesbiana: ricitos rubios, ojos claros, nariz aguileña, pestañotas… ya saben, una niña sin tetas. Los ebrios del lugar eran en su mayoría eran latinos, por lo que la conversación sudaca / competitiva había alcanzado un punto álgido: colombianos y venezolanos estaban a punto de volverse a declarar la guerra por el control de la frontera.

Con el fin de no participar en divisiones políticas que atentaran contra los ideales de Bolívar y San Martín, busqué al güerito franchute. Comenzamos a platicar de temas internacionales de gran relevancia, como el impacto de la guerra franco-prusiana como disparador económico del sorgo alemán. Malik comenzó a hablar muy entusiasta, casi como un orador de las naciones unidas. En mi semiebriedad me di cuenta de su nulaebriedad. Le pregunté la causa de su abstinencia y mirándome directamente a los ojos me dijo: “Soy budista y no necesito el alcohol para divertirme”.

(tó-ma-la, pin-che bo-rra-cha)

Como sea, al budista no pareció importarle mi semiebriedad y continuamos platicando de el futuro de los bailes neohúngaros en tiempos del reggetón. Coqueteamos un rato más, intercambiamos teléfonos y todo lo que la ley exige para tener opción a sexo futuro.

No tardó muchos días en llamarme y salimos. Caminamos por el centro y casi al atardecer, nos fuimos a un parquezote, donde había un Jardín Zen. Cuando vi la blanca y fina arena, pensé que por más caliente que estuviera, el sexo ahí es altamente riesgoso. Sin embargo, estaba dispuesta a una manoseada tras los arbustitos.

Nos sentamos en unas piedras que magullaban con persistencia nuestras nalgas. Malik me dijo que me relajara y cerrara los ojos. Supuse que lo siguiente era un beso, pero el franchute me puso a meditar. Sacó una estampita de una señora budista que estaba haciendo cosas budistas y que, según él, emanaba gran cantidad de energía. Además me aventó un rollo enorme y soporífero de cómo meditando ha encontrado el mayor de los placeres. Placeres que ni el alcohol o el sexo dan.

Obviamente, volví a mi departamento con una sensación de haber sido estafada: en vez de sexo obtuve un intento de conversión. Por supuesto, no volví a salir con él. No le perdoné que me haya intentado alinear al budismo después de coquetearme tan abiertamente.

Desde entonces le huyo a los budistas y grafiteo los Jardines Zen.

jueves, 18 de marzo de 2010

No seas puerca mejicana

-No seas puerca mejicana -me dijo María muy cerca de mi oído y con los brazos cruzados sobre el pecho.
La razón: haberme ido a la escuela sin secar los platos. Se me había hecho fácil dejarlos sobre el escurridor a que se secaran solos. Por la noche y a mi regreso de clases, los guardaría en su lugar.
-¡Joder! Te dijimos claramente que en esta casa las reglas de limpieza se respetan -añadió Karles- María se la pasa todo el día limpiando como para que no cooperes.

Yo estaba frente al fregadero de la cocina, con los trastes que utilicé en la tarja, viendo hacia abajo y aguantándome las ganas de llorar. En mi garganta había una mezcla de impotencia, miedo y coraje. Me repugnaba su pulcritud y el olor a lavanda me comenzó a picar la nariz.

Había conocido a María y a Karles tres semanas antes, cuando buscaba piso en Madrid. Desde el momento que entré, el departamento parecía sacado de un comercial de productos de limpieza: pisos, vidrios y muebles rechinaban de limpio. Además, en cada habitación había desodorantes de ambiente, por lo que el departamento tenía un constante olor a lavanda que ahora me produce el vómito. Como plus, el condominio contaba con cancha de básquet y alberca. Pero lo que a mí me convenció fue la computadora con internet que estaba en el cuarto que les renté.

Así que decidí tomar la habitación y cumplirles sus estúpidas reglas de limpieza que incluían secar las paredes de la regadera cuando terminara de ducharme, siempre utilizar posavasos y no tocar con mis dedos los vidrios de la sala. Ellos me valían madre, yo tenía mi adorado internet.

Durante los primeros días, mi relación con esos roomies españoles fue bastante buena:
-Llámame María -me había pedido con una sonrisa que enseñaba sus dientes podridos. Y es que, según ella, su nombre en rumano era impronunciable en español. Era alta, rubia y con ojos grises. Así descrita sonaría una belleza rusa, pero en realidad era bastante fea y un tanto masculina. Movía sin gracia sus anchos hombros y de los largos brazos colgaban sus enormes manos de basquetbolista.
-¿Ves telenovelas?- Me dijo una mañana María con entusiasmo.
-No- le conteste ofendida.
-Ah… es que yo aprendí castellano en Rumanía viendo telenovelas mexicanas.
"Vaya, de algo sirve tanta cochinada de televisa", pensé.

Karles era vasco y pareja de María. Parecía un Gi & Joe gachupín: su quijada era ancha, como la de un rottweiler y sus pequeños ojos azules. Apenas hablaba y nunca sonreía. Su voz de pito se contraponía al porte de macho que todo el tiempo trataba de sostener.

Desde mis ojos mexicanos, su relación era muy fría. No había cenas, abrazos, sonrisas o apodos cursis que yo acostumbro tener con mis parejas. De vez en cuando Karles besaba la mejilla de María y ya. Sin embargo, compartían la pasión por el físico-culturismo y asistían religiosamente al gimnasio por la mañana habiendo desayunado su licuado de anabólicos. La obsesión por la limpieza era también compartida, aunque María era mucho más azotada. En su delantal cargaba con un trapito, para limpiar polvo o las huellas de los dedos.

A veces pensaba que una cantidad de productos de limpieza post-sexo tenían guardados en su mesa de noche. ¿Se echarían lavanda en sus partecitas? La respuesta me tenía sin cuidado, yo pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en mi habitación.

Una noche los escuché discutiendo agitadamente mientras intentaba dormir. Los gritos pasaban a pesar de mis audífonos y el llanto de ella estaba impregnado de gran dramatismo. "De tanta ver telenovelas", supuse. Mezclando español con rumano, le recriminaba algo de una infidelidad. Karles gritaba y golpeaba algo que sonaba a madera.

Las noticias decían que la violencia domestica era un grave problema en España. "Pinches gachupines exagerados, es lo que pasa cuando no tienen narcos" pensaba al verlo. Sin embargo, esa noche me sentí parte de la estadística y ya me veía atestiguando ante Antena 3 y en la comandancia de policía la golpiza que estos dos fanáticos de la limpieza se habían propinado.

Por fin se callaron y el acontecimiento no pasó a mayores. Sin embargo, comencé a tenerles miedo, ¿qué tal si un día me gritonean a mí? Dicen que los malos pensamientos invocan al chamuco y unas semanas después materializaron.

Esa tarde, cuando volví de la escuela Karles y María me estaban esperando en la cocina. El tenía el ceño fruncido y María estaba parada tras de él con las manos en la cintura. Ni siquiera dejé mi mochila en mi cuarto cuando escuché la voz de pito de Karles llamándome a la cocina.

-No secaste ni guardaste tus “cacharros”- Me dijo Karles sin siquiera saludar, señalando mis platos.
-No tuve tiempo, lo siento -asentí con la cola entre las patas- Mi tren estaba a punto de partir.
-Todos tenemos que lavar, secar y guardar los platos, de lo contrario esto se volverá un cagadero- me dijo María entregándome un trapo para secar.

Comencé a imaginarme los titulares de periódicos y telediarios: Mexicana golpeada por un vasco y una rumana. La embajada mexicana no responde. La seguridad social no la respalda por no tener sus papeles en regla. La embajada española en México detiene las visas de estudiante por tiempo indeterminado.

Los cacharros ya estaban secos, por lo que levanté mi brazo para abrir esa alacena destinada a su resguardo, cuando Karles me detuvo la mano y la bajó. Supongo que no lo hizo con fuerza, pero yo sentí como si me azotara el brazo.

-Vuélvelos a lavar y a secar- ordenó.
-Toda la tarde estuvieron empolvándose- y acercándose a mi oído exclamó - No seas puerca mejicana.

No me quedó más que obedecer como una sirvienta rumana.

jueves, 21 de enero de 2010

¿Cuál derecha?

Durante toda mi vida, la gente con la que me he rodeado sabe y reconoce que soy una mujer inteligente. En mi etapa escolar, siempre fui una estudiante modelo. De esas niñas que caen mal porque siempre buscan sacarse dieces y lo hacen con facilidad. Ya de adulta, me he destacado en mi trabajo, logrando incluso puestos gerenciales.

Pues bien, creo que es el momento de revelar un obscuro secreto. Hay un sector de mi cerebro que se encuentra dañado y que me impide saber cuál es la derecha y cuál la izquierda. Intentando ocultar mi retraso, me río y minimizo la situación, asegurándole al descubridor que soy ambidiestra. Por supuesto no lo soy.

Ningún método me ha resultado 100% efectivo. Como no soy religiosa, el intentar persignarme no sirve de mucho. Escribir a mano ya lo hago poco, puesto que utilizo la computadora. Tampoco uso reloj.

Muy poca gente se ha dado cuenta de mi tara mental, ya que me las he ingeniado para que sea menos notorio. Frases como “sigue por donde va el coche rojo” o “mejor agárrame las dos tetas” me han permitido salir triunfal al momento de tener que dar instrucciones. Sin embargo, ante la pregunta directa de “¿Derecha o izquierda?” me congelo, titubeo, pienso un momento cuál lado es, expreso mi respuesta y segundos después la pongo en duda. Lo peor que puede pasar es que después corrija, ¿Cierto? No en la última vez.

El gimnasio al que asisto con regularidad tiene valet parking. Aquel triste día salí recién bañada y cambiada, con mi ropa interior sucia guardada en una bolsa de Soriana. No muy lejos se veía mi coche estacionado junto a otro de la misma marca y color: Almera Plata. El escuincle del valet me preguntó cual coche era. “El de la derecha” contesté con prisa y sin precaución, puesto que iba tarde para una junta.

Por supuesto, era el de la izquierda y 10 minutos después de comenzar a conducir, me di cuenta que no era mi coche. Enojada, regresé al gimnasio y le reclamé al escuincle acomoda-coches quien asustado, me entregó mi auto. Me olvidé del asunto todo el día, hasta que en la noche recordé la ropa interior sucia: se había quedado en el otro Almera.

Aunque me llené de vergüenza, decidí olvidarme del asunto. Antes muerta que aceptar que me apendejé y confundí mi auto. Total, que los dueños del otro coche tiren la tanga y el bra de entrenamiento. Pero no resultó así de sencillo. Tres días después y a la salida del gimnasio un señor me esperaba recargado en mi coche. Con un tono calmo y amable me explicó que había hecho una pequeña investigación con la que se enteró de la “leve” confusión de coches y me pedía de favor que le explicara a su muy celosa esposa lo ocurrido, puesto que aquella no le creía.

"¿En realidad es alguien tan idiota para no saber cuál es su coche? Imposible" aseguraba la insegura señora.

Accedí a su petición. Al final, no debiera ser tan difícil de explicar. Culparía a la prisa, al acomoda-coches o a la luna. Eso sí, nunca aceptaría mi dislexia ubicacional. Cada quien en su auto, nos dirigimos a su casa. El hombre llamó a su mujer para saliera e hiciera la verificación visual de los coches. La celosa mujer nos miró con sospechosismo y después de analizar ambos coches se dio cuenta que efectivamente, podría haber habido una confusión por parte de alguno de los involucrados.

Una vez aclarado el asunto, me invitaron a pasar a la sala, en lo que su sirvienta me traía la ropa interior olvidada. La señora se encontraba mucho más tranquila y relajada, por lo que comenzamos a hablar con del clima, los baches en la calle o algún tema de esos sin sentido. Cuando recibí mis calzones pedí permiso para utilizar el baño.

“En el pasillo, al fondo a la derecha” me dijo la hacía unos minutos, infeliz mujer. “Demonios, ¿Cuál derecha?” pensé. Con pesadez, me dirigí al pasillo indicado y durante todo el camino me dediqué a reflexionar cuál era la derecha, hasta que no me cupo la menor duda.

Abrí la puerta y me encontré al señor de la casa con todo el pene de fuera y meando. Apurada, salí de ahí. En mal momento se me ocurrió saber cuál era la derecha.

Los consejos de mamá

“Mide tu tiempo hijita” rebotaba en mi cerebro mientras seguía platicando con Lina, una colombiana caliente, de melena alborotada y sonrisa automática que vivía conmigo. Solíamos platicar entre risas e interrupciones mutuas. Aquella mañana, tratábamos de armar el rompecabezas llamado: que-pasó-en-la-peda-de-anoche. Yo tenía un vuelo que tomar a Amsterdam a las 3 de la tarde y aún no tenía la maleta preparada.

Pero estaba confiada en mis tiempos y rutas. Los consejos subconscientes de una madre que se encuentra al otro lado del atlántico no me alteraban. Ya hacía tiempo en que mi “nueva” ciudad había dejado de ser “nueva”. Era ama y señora de mis dominios, de mi tiempo, de mi vida. Además, el acento, la ropa y corte de pelo gachupines me hacían mimetizarme en esa masa amorfa de gente que recorre en metro los subsuelos de Madrid. Túneles que yo conocía casi como si los hubiera cavado con mis uñas de silicona.

Cuando Lina me abrazó para despedirnos vi el reloj de la sala: sus manecillas marcaban las doce y media. Pensé que tal vez y tendría que correr una vez que llegara al aeropuerto. No le vi ningún problema. Como sea, mi maleta al hombro apenas y pesaba. Como experta viajera sabía la cantidad exacta de ropa que llevar.

El metro no estaba tan lleno. Aquel sábado de otoño los madrileños estaban relajados y sonrientes. Aunque el calor comenzaba a ceder, aún no era tiempo de que esas señoras de pelo corto y rubio sacaran sus abrigos largos de piel que las hacen ver como osos emperifollados. En cambio, unos jóvenes escandalosos con piercings si traían suéter y me pregunté si el no cargar con el mío a la cintura había sido un error.

Estaba feliz y confiada, ese viaje al Oktoberfest lo había deseado y planeado desde que comencé con mi vida alcohólica. Nada podía salir mal. Con canciones de pop español en mis oídos, me sujetaba fuertemente de la barra superior del vagón, ya que decidí no bajar mi maleta del hombro, al fin que ni pesaba.

Faltaban algunas estaciones para mi destino final cuando los operadores del metro nos bajaron del vagón e indicaron que había que continuar en un autobús, ya que parte de la estación se encontraba en construcción. Pensé en el tráfico a nivel del suelo en un puente de vacaciones, por lo que decidí tomar un tren de cercanías que me dejaba en el aeropuerto. Mi guía roji cerebral me indicaba que era la mejor opción.

Caminé hacia el transbordo y me di cuenta que lo estaban remodelando. No me parecía fácil comprender la utilidad de aquella construcción. Era una sala de exhibición que intentaba pasar por encima de las vías. Me sentí defraudada y ansiosa. ¿Por esa tontería me retrasan? Para qué construyen esas pendejadas, en una estación tan transitada, como ésta.

Cuando llegué al andén del tren, lo vi partiendo. Maldito Murphy y sus leyes... Impaciente, vi la tabla de tiempos: 15 minutos para el siguiente tren. Pasaron dos trenes del lado contrario y comencé a dudar de mi sabiduría sobre el sistema de transporte. ¿Y si había leído mal la tabla de tiempos? El agobio se sentía en mi garganta y el “mide tu tiempo, hijita” se repetía en mi cerebro cada que veía el reloj del andén. O sea, cada dos minutos. ¿Estaba bien ese reloj de mierda? Los segundos se alargaban y la maleta se hacía más pesada. Comencé a sentir gotitas de sudor en mi espalda a consecuencia de los nervios y del peso que cargaba. De pronto, un fuerte aire se coló a la estación y a mi blusa de tirantes, lo que me hizo estremecer. “Llévate un suéter, hijita” se repitió automáticamente en mi cabeza. Sólo faltaba que me enfermara.

Me enojé con mi madre y con sus consejos insertados en mi corteza cerebral. Comencé a reprocharme el no haber salido antes de la casa por estar hablando de pendejadas con Lina. Estaba a punto de auto-cachetearme cuando llegó el tren y me subí.

Los trenes de cercanías son de largo trayecto, por lo que el tiempo entre estaciones es mayor... ¡Pero no tan mayor! Por las distancias que había entre cada una, comencé a sentir que llegaba a Francia. El vagón iba prácticamente solo y tuve la oportunidad de ocupar dos lugares al momento de sentarme: uno para mí y otro para mi maleta, la cual se había fundido a mis hombros. El sudor continuaba y tenía muchas ganas de llorar. Estaba segura que iba a encontrar el check-in cerrado. Ya me veía rogando a las empleadas del mostrador, inventando algún abuelo muerto o una junta importante. Me insulté en mexicano, colombiano, inglés y gachupín. Ya ni la chingaba.

Por fin llegué a Barajas. El reloj marcaba 2:15, que era la hora de cierre del vuelo. Aún así, decidí correr. Capaz que el vuelo se retrasaba… suele suceder, podría tener suerte, ¿cierto? La maleta a mis hombros pesaba como si cargara piedras en vez de ropa, por lo algunos metros después comencé a sentir que mis pulmones se escapaban por la garganta. Decidí bajar mi ritmo y seguir a pasos largos pero constantes. Aún así, veía desdibujada a la gente que pasaba a mi lado. Eran sólo una enorme mancha por sortear.

A las 2:25 llegué al mostrador de KLM, quienes ya voceaban mi nombre completo. Me identifiqué, e hicimos el trámite para obtener el pase de abordar. Por fin, bajé esa horrible maleta de mis hombros y me indicaron que corriera a la sala de espera B. Supuse que me iban a regañar, pero ni una palabra. Para eso ya tengo a una madre mexicana pegada al subconsciente.

Cuando abordé y me senté en el lugar indicado en mi boleto, aún me sentía abrumada, histérica, llena de adrenalina. Mis sienes palpitaban y en mi blusa se notaba mi transpiración. Con los hombros adoloridos, me recargué en el pequeño asiento y prometí hacer más caso de los consejos de mamá. Lamentablemente, apenas aterrizaba el avión cuando desobedecí un “No hables con extraños, hijita”.

lunes, 11 de enero de 2010

Hot Cakes


Aquel domingo, Pedro quería verme para desayunar. Yo agonizaba, por lo que llamé para cancelar la cita con mi primo favorito. Apenas contestó su celular y sin siquiera saludarme, amenazó: -Ni te atrevas a plantarme otra vez porque te mato-. Qué bien me conoces primito, pensé. Y como las 9:30 es una hora muy de madrugada para morir, tomé un par de aspirinas para calmar la cruda y con lentes obscuros busqué un taxi en la avenida, indicándole la dirección de los famosos hotcakes.

Pedro ya estaba en la sala de espera cuando me vio llegar y con una sonrisa que Luis Miguel envidiaría, se burlo de mi facha: el pants rojo y la sudadera rosa combinaban ofensivamente y mi pelo recogido en una colita aún estaba revuelto. -Hola borracha, de menos hubieras invitado- me dijo al tiempo que sentía su rasposa barba en mi mejilla y escuchaba un beso al aire. Bajé un poco los lentes para verlo bien: Su pelo estaba limpio y engominado, olía a perfume caro, vestía Levi's y una playera que publicitaba a Abercrombie. Guapísimo, como hace 20 años Luis Miguel.

En la entrada estaba el Jefe de Camareros, un joven con una fingidísima mueca de servicio. Al observarlo un poco, noté su manía por acariciar los botones de su chaleco. Tenía una postura incómoda, cómo si le apretara o quemara la ropa. A nuestro lado, una familia de cochinitos chillaba por unos hot cakes. Eran el padre, la madre y el escuincle. Todos con cargaban una desparramada panza y la misma cara pedante. Aunque el padre era calvo, la madre estaba maquillada como payaso y el niño se comía los mocos. Los padres alegaban que en Estados Unidos no pasaba eso, que lo mejor sería reportarlo a la gerencia, que cómo era posible si ellos eran clientes fieles de la cadena. El cochinito mocoso comenzó a llorar por su ración matutina de harina y leche, lo que incrementó mi dolor de cabeza. El Jefe de Camareros estaba abrumado, el tic de los botones se incrementaba, y supongo que para liberarse de ellos, les asignó inmediatamente una mesa.

Cuando por fin nos asignaron una mesa, nos tocó a un lado de la Familia Cochinitos. El niño ya había sido silenciado con una dotación de Canelitas, sin embargo, aún no había comida que ocupara la boca de sus rechonchos padres, quienes seguían lanzando insultos para los trabajadores del restaurant.

A Pedro parecía no importarle y comentaba con entusiasmo el menú:
-Uy, ¡los de chocolate son bue-ní-si-mos! O mejor estos de manzana y canela. Igual unas crepas saladas, mmmm-
(oink oink como en McAllen, oink oink mejor Apple bee’s, oink oink eran en aquel mall?)
-Ajá- contestaba yo.
-A mi abuela le encantará este lugar, ¿No crees? Deberíamos de invitarla un día.
(oink oink sirven muy poco, oink oink de chocolate con nuez)
-Ajá- volvía a darle el avión.
-¿Me estás dando el avión, cabrona?
-Ajá- reí.

El soliloquio de mi primo fue interrumpido por los gritos del Papá Cochino, que tenía agarrado del brazo al jefe de meseros y le recriminaba. -¡Tenemos UNA HORA esperando! ¡UNA!- El flaquito puso cara como si lo tuvieran agarrado de los huevos y con voz quebrada respondió: -E-e-esta-mos-s- po-por sacar-r su or-den-n. Mamá Cochina se tocaba el escaso pelo rubio en señal de desesperación y cómo si le hablara a la virgen pronosticaba su muerte por inanición. El hijo ya se había terminado sus galletas y estaba a punto de llorar.

Pedro puso cara de asco y me susurró: -Qué nacos, por lo visto, el dinero no compra educación- Y como si el alboroto de la Familia Cochinitos hubiera terminado, me preguntó con tranquilidad:
-¿Ya sabes que pedir?-
-Unos huevos a la mexicana- contesté masajeando mis cejas.
-¡Cómo! ¿No vas a pedir HOT CAKES?- me reclamó en un tono excesivamente alto, lo que ocasionó que los comensales de las mesas cercanas me voltearan a ver. Incluso la Familia Cochinitos se dejó de oznar.
-Te dije que estaba cruda, ¿quieres que vomite?-.
-Está bien- y suspiró resignación -Tú ya no tienes remedio-

Nos acababan de tomar la orden cuando me disculpé con mi primo y me levanté al baño. Intenté tomar mi bolsa de la silla de junto, pero se había atorado. Jalé más fuerte y nada. Más fuerte y salió volando directo a la charola que traía la inmensa orden de hotcakes para la Familia Cochinitos, dejando a esos pedazos de harina sobrevaluada en el piso.

Pedro se dio cuenta de mi monumental estupidez, me tomó del brazo y me apuró -¡Vámonos! ¡Vámonos!-. En nuestra huída, escuché los desgarradores gritos de Mamá Cochina -noo hijitooo! nooo!- de reojo, vi cómo el niño se había lanzado al suelo y rumiaba los restos de comida. Papá Cochino se había levantado de su lugar, pidiendo a gritos al gerente. Petrificado a la puerta del lugar, el Jefe de Camareros nos miraba con angustia mientras corríamos al estacionamiento. Con enfado, mi primo le puso un billete en el ojal y se disculpó.

Ya en su coche, Pedro no me dirigía palabra. Tomé un poco de los restos de chocolate que habían quedado en mi bolsa y lo probé -Tenías razón, el chocolate está delicioso-. Los frenos de su Jetta chillaron, Pedro quitó los seguros del coche y apuntando con su dedo índice a la calle me ordenó:

-Bájate.