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jueves, 24 de febrero de 2011

Besos a navajazos

I.
Las horas contigo. Sangran. Cortan mis entrañas. Has secado. Mis pupilas. Mis labios. Mi sexo. No respires. Comida podrida. Perro atropellado. Viciaste. El aire. ¡Apesta!. Aléjate. Tu voz. Pastosa. Se pega. A mis pies. Estorba. Mis pasos. El calendario. Sofoca. A Esta. Flor marchita. Abatida. Congelada. Muerdo. Tu nombre. Tus muertos. Fastidio. De pelos lacios. Eternos. Yemas venenosas. Ladrillos de palabras. Mi alma. Desamparada. Grita. Tengo hambre. De soledad. Evapórate.

II.
Es un vicio, una adicción, un sinsentido, eso que me mantiene a tu lado. ¿Destino? Já, dices que es el destino. El destino no existe, incrústalo entre tus orejas llenas de sebo. Lo único que existe, es esta realidad masoquista que niegas a ver porque te tapas los ojos con tus manos de cerdito. ¿Tampoco escuchas? Ya te dije que me secreteo con la muerte y le pido que ponga sus labios fríos muy cerca a mis latidos. Esos débiles latidos que necesitan el dolor para encender esta maquinaria. Hierve la sangre y me transforma. Una corderita lista para el sacrificio a la que puedes desollar viva.

III.
Y otra vez las miradas de lava, los besos a navajazos. Hasta la próxima.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Sofía lleva un cuento escrito en la espalda

Para Ricardo,
el autor intelectual de este cuento


El que se llamaran Ricardo y Sofía es irrelevante. Tampoco importan las horas que llevaban encerrados en una habitación pintada de atardecer. Lo que realmente importa, es que desde ese día, Sofía lleva un cuento escrito en la espalda.

Desnudo, Ricardo se detuvo a la entrada de la habitación rosa bengala y vio el tiempo detenido: la cama revuelta, los libros sobre el buró, la ropa tirada en el piso. Se sintió un poco ridículo por ir cargando una mesa de madera con dos tortas de conejo. Vestida con su piel de vainilla, Sofía llegó atrás de él. Le embarró las cervezas en las nalgas y el pito de Ricardo brincó.

La tripas que exigían y un “¿qué horas serán?” los había levantado de la cama. Pero ya estaban de vuelta y con una gran dotación de cervezas en la hielera, como para no salir nunca más. Sofía movió sus brazos con rapidez, arrinconando sábanas y almohadas en la cabecera de maple. Corrió a los pies de la cama y con ambas manos, la empujó contra la pared. La mentada de madre que gritó el muro apachurrado les hizo reír. ¡Shhhh! ¡Se enoja!, dijo Sofía, llevándose un dedo a la boca.

Ricardo puso la mesa sobre la cama y miró a la ventana. Las persianas se movían con el aire, entonando una canción de plástico. ¿Le cierro? preguntó Sofía, al ver los vellos ligeramente levantados sobre la piel sabor de anís. Si me hace usted favor, dijo Ricardo haciendo una reverencia con las manos. Sofía aventó la ventana y el aluminio calló la melodía.

¡A comer! gritó Sofía levantando ambas manos. Y dejándose caer, aterrizó en la cama boca abajo. La mesa bailó suspendida en el aire, junto a los platos y las latas de cerveza. Sofía se incorporó y tomó una torta de conejo. Ricardo sintió que ese olor lo tranquilizaba: era un olor a pan caliente con mantequilla que lo hacía recordar las tardes de su infancia en el comedor de su abuela. Sofía masacraba su torta con grandes mordidas; las migajas caían sobre sus pechos y panza. Ricardo la miró hasta que el crujido de pan lo sacó de su letargo. Si no empezaba a comer, probablemente se quedaría con el estómago vacío. Quedaron buenas, ¿verdad?, dijo Ricardo al sentir el conejo con aguacate en su lengua. La torta que tenía pegada Sofía a la boca se movió de arriba-abajo.

Barriendo la cama con la palma de su mano, Sofía tiró al suelo las migajas que habían caído de las tortas de conejo. Ricardo se recostó en la enorme almohada que había formado esa suave revoltura de sábanas y cobijas contra la cabecera. Lo mismo hizo Sofía, aunque su almohada estaba llena de huesos y en su interior había un corazón. Con su mano derecha, Ricardo le acariciaba el cuerpo; tenía los dedos lacios y los ojos cerrados. Ella se dejó hacer, abierta, feliz.

Sofía tomó un pesado libro del buró y comenzó a leer en voz alta. El libro amarillo comenzó a quejarse con gritos atragantados. Y es que los ojos roba-párrafos de Sofía le amputaban, una a una las palabras que leía. Asustadas, las letras descendieron por el tobogán de su voz, cayendo en la cama y en la piel de vainilla. Revueltas, algunas letras comenzaron a llorar. Se buscaban para formar sílabas, con la esperanza de hacer una palabra coherente; misión casi imposible porque las vocales débiles flotaron más tiempo en la respiración y cayeron hasta el piso. Las letras más egoístas, como la Be, la Eme o la Ene, reían a carcajadas al ver la desesperanza sobre la cama.

La mano izquierda de Ricardo despertó y quiso ponerse a escribir. Enojado, el codo aventó los dedos al aire, exigiéndole tranquilidad con violencia. Pero los dedos eran necios y el codo perdió la batalla cuando la mano se desprendió y fue a dar al piso. Con cuidado, los dedos recogieron las letras que lloraban entre las migajas de pan. De un brinco subió a la cama e hizo un montoncito de letras a un lado del cuerpo de Sofía, que descansaba boca abajo.

Con movimientos de araña, la mano izquierda comenzó a acomodar las letras sobre la espalda de vainilla. Tranquilas y expectantes, las letras susurraban cada sílaba y daban pequeños brincos, orgullosas de formar parte de una palabra. Celosas al ver la fiesta que se vivía en la espalda, las pocas Doble-u y Kas comenzaron a clavarse en la cintura de Sofía, intentando subir. Ella no pudo evitar las cosquillas, las tomó en su puño y las aventó al piso. Las letras que ya estaban acomodadas se horrorizaron, no querían terminar igual. Tampoco querían volver a ese papel blanco y ser aplastadas entre las pastas duras y amarillas. Por eso se tatuaron a la espalda de Sofía quien, desde entonces, carga con este cuento.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Fantasmas

DIA CERO. En mis sueños aún escucho el ruido de la ciudad que yo amaba. El viento contra los edificios y lonas, el claxon chingando al de adelante, los perros encadenados que ladraban al llegar a los parques. Cuando cierro los ojos, escucho a los jazzeros callejeros entonar sus melancólicas canciones en la estación del metro y las risas de los niños en los jardines.

Ahora, la ciudad ha callado, ha muerto. Hoy extraño el ruido.

Cuando todo esto comenzó lo único que anhelaba era un poco de silencio. En un instante, a los chillidos de las patrullas se unieron a la alharaca de las ambulancias y el estruendo de los helicópteros. Cuando las alarmas sísmicas se encendieron, su escándalo sólo fue callado por la pérdida de la electricidad general.

Por fin, la muerte llegó escoltada de lluvia y truenos que parecían interminables. Desconozco cuanto tiempo duró, ya que gran parte del tiempo estuve dormida gracias a esa enfermedad que mató a tantos. Cuando por fin desperté, todo había cambiado.

Ese día cero no sólo desperté yo. Despertó una ciudad herida desde sus entrañas. Una ciudad callada donde el silencio era roto esporádicamente por gemidos, gritos de dolor y muerte, voces de súplica y desesperación.

DIA SIETE: Y el sol salió. Los primeros rayos aceleraron la podredumbre de los cuerpos y comida. El hedor era insoportable para una sociedad acostumbrada a las bondades sanitarias del siglo XXI. Debido a las cañerías tapadas y la escasísima agua, moscas, ratas y perros sin dueño se apropiaron de las calles.

Llegué a Nueva York hace pocos meses. La elegí porque sin duda, es -o era- la capital de este mundo. La nueva Roma en este siglo globalizado, sobrecalentado y ahora enfermo. Vine desde México para aprender la mayor de las lecciones: que puedo ser yo, entera y sola. Que no necesito fantasmas hablándome al oído. Que gracias a esta droga, puedo integrarme a la sociedad. Allá se quedaron mis padres, quienes también confiaron en estas nuevas pastillas que evitan mis frecuentes alucinaciones.

Antes de que todo esto sucediera, la ciudad fue mi guía y consuelo. Nueva York me reconoció como una de sus hijas y sentía que me alimentaba con la misma electricidad que recorría sus venas. Ahora, sin ese brillo artificial con el que desafiaba a las estrellas, Nueva York languidece. Y así lo haré yo, de no encontrar pronto esas pastillas que evitan a mis fantasmas regresar.

DIA QUINCE. Los neoyorkinos han desalojado su isla. Abandonaron sus departamentos, su ropa de diseñador, sus mascotas y sus muertos. Sólo quedan algunos indigentes y locos. Aquellos que desde siempre han conocido las entrañas de esta ciudad, quienes ya vivían en una Nueva York sin Broadway ni museos. Esos, los rotos y malvivientes que nunca necesitaron de grandes comidas y camas limpias.

Sigo aquí porque mi dotación de pastillas se terminó y no me queda más que buscarlas irrumpiendo farmacias. No sé en cuánto tiempo regresarán las alucinaciones y vivo con la paranoia si no han vuelto ya.

Eso me pasó cuando Marduk, vestido a capa y espada, me ahuyentó de la Estación Central, donde intenté dormir. Lo enfrenté con una varita, como si fuera a encantarlo. El espadachín se rindió ante mi magia y me dejó pasar con una sonrisa que ensañaba todos sus dientes percudidos. Me llevó a donde tenía guardado su cofre de tesoros y con una seña sobre sus labios me hizo jurar silencio. Por supuesto, le di una moneda. Pagaba por una cordura real, aunque estrafalaria.

Aquella noche conseguí un lugar para dormir. Tengo un taburete de tela roída, unas cobijas polvorientas y algunos locos con quienes compartir mis días, como Queen Wednesday. Queen es negra y habla muy poco inglés. Le gusta vestirse de rosa y grita como urraca cuando se le pierde su corona de piedras falsas. Con ella salgo “de compras” casi a diario. Buscamos latas de comida en departamentos deshabitados y cuando nos hartamos de comer, cambiamos nuestro ajuar. Mi corona tiene que ser más pequeña, pero quedamos en que este bolígrafo de grandes plumas era para mí, para nadie más.

Aquel día que “compramos” tu-tus de ballet, vi por primera vez a los tigres y osos polares tomando el sol en Central Park. Le pregunté que si los veía y me contestó: Big Cat and Teddy Bear con un ademán de niña acurrucando su muñeco de peluche.

Estos locos son ahora mi familia, mi única comprobación de lo real.

DIA VEINTE. El frío aumenta, por lo que busco cobijas en los departamentos cercanos. Me he convertido en una experta allanando casas. Aún tengo comida, pero la raciono. Los espejos rotos del baño regresan mi rostro más delgado de lo que recuerdo.

Tomo mucho vino, a falta de agua limpia. Hablo con cualquiera que se me acerca y les invito de mi trago. Todos aceptan y la botella se vacía un poco más. Aún son reales, ¿cierto? De lo contrario tendría más licor. Alcoholizados y sucios hemos de ser un espectáculo decadente. Pero… ¿Quién esta buscando la belleza hoy? Nueva York apesta, ¿Por qué nosotros no?

DIA VEINTICUATRO. Hoy vi una ballena en el lago. Me subí al castillo de Belvedere y encontré a la manada completa. Hablan y les entiendo. Díganme por favor, díganme. Dónde vivo, qué es esto. Por qué les he perdido, si aún me falta el despertar de un mal sueño. Díganme que sigue a este atardecer turquesa, qué queda de esa enormidad de estrellas.

DIA VEINTISEÍS. Aún veo a las ballenas, dan varias vueltas en el lago. Como poseídos, como intentando escapar. Y brincan dejando un arco iris de segundos que muere ante un ruidoso ¡splash!

Me encontré a ese hombre de pelo blanco. Se acercó contándome historias de luces en el concreto, de máquinas que cargan gente y que corren más que un caballo. Me dijo que había llegado volando desde México, que tenía que encontrarme. ¡Volar!, eso es de pájaros. Asegura que pronto comenzaría el frío, que me debo bañar antes del que el lago se congele. ¿Al lago? ¿Con las ballenas? Nunca.

DIA TREINTA. Él ha llenado el castillo de latas, sella las ventanas con telas gruesas y saca fuego de otra lata. ¿Quién eres? a veces siento que te conozco. A tu lado me siento tranquila y protegida.

En esas interminables tardes me cuenta historias que nunca había escuchado, pero cuyo final adivino. Entonces reímos hasta que duele la panza y le digo:
-Tú eres el rey del castillo
-Lo sé, princesa. Desde chiquita eres mi princesa, ¿lo sabes? -Yo asiento mientras me acurruco a su regazo.




viernes, 2 de julio de 2010

Negra de Piedra

Aun era temprano para la cita con esa morra, Yvon. Estaba decidido: si esta noche no me las daba, no tendría otra oportunidad. Y es que dos cines y tres comidas eran mi cuota máxima. Pinches regias, se hacen mucho del rogar… aunque las nalgas de ésta valían el aplastarme dos horas en una butaca viendo una película romántica, de las que sólo les gustan a las viejas. Sólo dos horas más.

El sol de mayo pegaba con madre y tenía la sed aperrada en mi garganta. Por eso, mientras manejaba por Garza Sada, no lo pensé dos veces; entré al Chilis para perder el tiempo chingándome una cerveza y viendo repeticiones de partidos de futbol. El primer trago me regresó a la vida; servida directamente del grifo, la cerveza estaba bien muerta y su sabor amargo se quedó en mi lengua. Sentí al eructo salir desde mi garganta y abrí mi boca para dejarlo salir como uno de esos pedos que te revientan el culo. Siempre lo hago así, a pesar de las miradas castigadoras de las doñitas come-brownies. Me empiné lo demás en unos cuantos tragos, lo que aumentó mis deseos de mandar a la chingada a Yvoncita y quedarme con esta Rubia Superior.

Pero a veces manda más la verga que la garganta, por lo que pagué y salí del lugar. En el estacionamiento, el sol de las 5 de la tarde chingaba reflejándose en los vidrios de una camioneta. El sol no me molesta tanto como la cantidad de mamones que hay en esta ciudad. Mientras esperaba que el ballet trajera mi coche, escuché un estruendo que me hizo voltear a mi derecha; ¡trae un arma! gritó una vieja y se tiró al piso, aventando a un lado su bastón. Ya valió madres, pensé mientras me aventaba pecho tierra y me cubría la maceta con mis manos; como si mis pinches deditos fueran una gran protección contra los balazos. Mi corazón estaba acelerado y sentí un ardor en la parte baja del cuerpo. Del panzazo hasta la respiración se me fue. No sé cuánto tiempo duró la balacera, pero a mí me parecieron horas. Respiraba como perro correteado cuando los balazos terminaron. Muévete cabrón, capaz de que regresan me ordené pero mi pierna izquierda no respondió. Volteé a ver qué pasaba y una mancha de sangre salía del muslo y manchaba mis levis. De menos no me dio en los huevos, dije antes de desmayarme.

Aguante, va a estar bien repetía a gritos alguien que me jalaba hacia una camilla. Cuidado con mi pierna, susurré o pensé, ya ni sé, porque del dolor me volví a desmayar. De pronto, mi nariz recibió una fuerte dosis de olor a medicina y alcohol. Abrí los ojos y vi como ventanas, puertas, enfermeras, paredes verdes y accesorios de hospital pasaban rápidamente a mi lado. Comprendí que iba acostado en una camilla, que me habían dado un balazo y que no estaba soñando. El dolor en el muslo izquierdo era demasiado real. Las llantas de la camilla se detuvieron y pude ver las vendas que contenían la sangre de mi muslo. Además llevaba una bata maricona con las nalgas de fuera que estaba empapada de sudor. ¡Agua, agua! comencé a rogar. Mi voz apenas y salía; sentía mis sesos apachurrarse contra los ojos, como queriendo desorbitarlos.

Tiene calentura, me dijo alguien y puso algo en mi suero que me hizo volver a dormir.

El sol calienta mi espalda pero no siento ninguna incomodidad . Estoy tirada, sí, tirada de panza sobre la arena sintiendo como cada grano se clava en mi piel. Miro mis manos: negras, negrísimas y pequeñas. No necesité voltear a mi entrepierna para comprobarlo; soy una mujer, soy niña, soy una negra. Lo que no sé es que vivo con hambre y sed, entre la suciedad y la podredumbre. Eso me di cuenta como espectador, que entre alucine y alucine alcanzaba a oler la comida podrida, la caca almacenada, el agua encharcada. Sin preocuparme por las infecciones, me revuelco en el agua verdosa para refrescarme; me tiro de panza a la arena gruesa y ruedo hasta lograr que las diminutas piedras se peguen a todo mi cuerpo hasta parecer un monstruo de piedra. Una figura de la que sobresalen sólo los grandes ojos negros y el pelo sucio y enmarañado. Escucho a mi voz infantil decir palabras inentendibles y sonidos guturales que imitan a un tigre o quizá a un león. Un hombre blanco con el rostro cubierto de pelos ríe agarrándose del estómago cada vez que paso corriendo junto a él. Llama mi atención llamándome Negra de Piedra mientras me muestra un gran vaso de agua limpia. Froto mis palmas una contra la otra para quitarme la arena de las manos y con timidez tomo el vaso de agua. Limpio mis labios con mi mano y comienzo a beber; mi estómago se infla apenas trago. Eructo, devuelvo el vaso y corro gruñendo en sentido contrario, escuchando cada vez más lejos las carcajadas del viejo barbón.

Casi no la cuentas güey, reía Mauricio sentado junto a la cama. Tenía que ser Mauricio, el más estúpido de mis amigos, el que cuidara mi convalecencia. Podía soportarlo borracho, pero un balazo en mi muslo me había hecho perder el sentido del humor. Vete a la verga cabrón, le respondí enojado y queriendo soltarle un putazo. Con esto, sólo logré zafar la aguja que tenía clavada en la muñeca y que el suero, las sales o la chingadera que me estaban metiendo por las venas me quemara la piel. Mauricio accionó una alarma y una enfermera vino a reacomodarla, amarrando mi muñeca con una pulsera de plástico apretada.

Sí. Los grilletes están apretados. Unidos por una cadena, tengo un par en las manos y otro en las piernas. Estoy de pie en una fila de negras mucho más grandes que yo mientras el barbudo que me da agua habla al frente con otros hombres blancos. El viento es fuerte y las nubes grises casi negras están a punto de llover. El olor a sal y a pescado podrido entra por mi nariz. Unos hombres semidesnudos salen de las casas de madera cargando costales sobre sus hombros; también van en fila y también están encadenados. Me paro de puntitas y trato de ver hacia donde van, tal vez y hacia allá voy yo. El mar comienza a azotarse contra la arena con más frecuencia y fuerza, por lo que los blancos se acercan con prisa, dan una rápida revisión a los dientes. A los elegidos les colocan un grillete en el cuello. A mí me parece que lo del cuello es muy elegante y sonrío para que me elijan. Pero no, el blanco elige a la mujer de a un lado y ni siquiera me mira; entonces el barbón le dice algo y aquel levanta las manos, lo que hace que me gane mi ansiado collar.

Desperté tosiendo, aún sentía los grilletes en mi cuello. Ya estoy hasta la madre de dormir enfermera; tengo un chingo de alucinaciones culeras, le dije a la chica que llegó a auxiliarme con la tos mientras me llevaba las manos al cuello. El sudor y el ardor en la muñeca continuaban; del balazo ni me acordaba. Ella dijo algo de una infección, de sacar el bicho por el sudor, de mi muslo en recuperación y del hambre que me tengo que aguantar porque hasta que suena una campanada puedo levantarme de esta enorme caja de madera en la que estamos todas acostadas hombro con hombro, con las manos extendidas sobre la cabeza y los grilletes de todas encadenados entre sí. Siento al mar moverse en la madera de mi espalda y hay otra tabla arriba, a escasos cuerpos de distancia sobre nosotras. Puedo escucharlos. Escucho sus quejidos y huelo su sudor almizclado. Estamos como zanahorias en caja. Es momento de la limpieza: cierro los ojos y contengo la respiración. El agua que nos lanzan podría ser refrescante si no fuera porque a nuestro lado pasa la mierda que cagan nuestros cuerpos mal alimentados. Lo bueno es que del baño sigue la comida, esa papilla llena de grumos de harina me sabe deliciosa; es caldito de pollo mijito, me dice mi madre. Lloro al ver sus ojos preocupados; vino desde Guadalajara la pobre mujer. El calor de la sopa me reconforta, así como los trapos húmedos que me pone sobre la frente para contener la calentura que provoca la pinche infección. Uso las fuerzas que me quedan para levantar mis párpados, mi madre se da cuenta y me dice que descanse, que vuelva a dormir. Me toca los ojos con sus manos y me besa en la frente. Yo no quiero volver a esa caja hedionda que se mueve sobre el mar. Pero me seducen sus caricias y siento sobre mí todo el peso del cuerpo frío de la negra que antes estaba a mi lado. Su peso me asfixia y me cuesta mucho trabajo respirar. No puedo respirar mamá. Intento moverme, pero los grilletes hacen su trabajo y me mantienen en el mismo lugar. Grito pero nadie escucha. Grito y grita mi madre, ¡llamen al doctor! Estoy desesperada y siento el miedo en la panza, como aquella vez que perdí a mi madre en el súper. De pronto mi cuerpo se relaja; estoy tranquilo, estoy en paz, escucho el sonido constante en el monitor y siento mi cuerpo flácido sobre la madera.

martes, 18 de mayo de 2010

Lo que hace uno por comer

Cambié a mi hijo por tres tacos de canasta que vendía el Pato de Goma en la esquina que hacen el inicio del mar y el fin del mundo. El Pato de Goma lloró de la emoción: su hijo podrá tomar baños de tina y jugar con un humano. La madera del taco estaba exquisita; sabía a amanecer con nido de arañas. Jamás volveré a probar ambrosía tan deliciosa, pensé, y me arranqué la lengua para asegurarme de ello. Caminé con las manos hacia la entrada del subterráneo para aves donde solía pedir trabajo de perico. Ahora no, me dijo Jesús mientras se desclavaba de la cruz y agregó: sólo necesitamos enanos que revivan con la luna nueva. Sin trabajo, no me quedó más que poner un huevo y llevarlo a hervir al desierto que está a la vuelta de mi casa. En la entrada me encontré un anuncio de “Cerrado por calentamiento global”; y con enojo aventé el huevo contra la pared donde las elefantas tejían chambritas usando el arcoíris. Como mis tripas seguían maldiciendo, fui a comer a la casa de las letras donde elegí mi favorita: la O. Cada vez le hacen el centro más grande, le reclamé a Shakespeare, quien atendía la fonda. Ofendido, el escritor se suicidó clavándose dos jotas en el cuello. Hubiera sido más fácil colgarse con una ge, cantó un pez desde lo alto de una pared de nieve de frambuesa. Yo le di la razón con todo y mi cerebro.