miércoles, 18 de agosto de 2010

Fantasmas

DIA CERO. En mis sueños aún escucho el ruido de la ciudad que yo amaba. El viento contra los edificios y lonas, el claxon chingando al de adelante, los perros encadenados que ladraban al llegar a los parques. Cuando cierro los ojos, escucho a los jazzeros callejeros entonar sus melancólicas canciones en la estación del metro y las risas de los niños en los jardines.

Ahora, la ciudad ha callado, ha muerto. Hoy extraño el ruido.

Cuando todo esto comenzó lo único que anhelaba era un poco de silencio. En un instante, a los chillidos de las patrullas se unieron a la alharaca de las ambulancias y el estruendo de los helicópteros. Cuando las alarmas sísmicas se encendieron, su escándalo sólo fue callado por la pérdida de la electricidad general.

Por fin, la muerte llegó escoltada de lluvia y truenos que parecían interminables. Desconozco cuanto tiempo duró, ya que gran parte del tiempo estuve dormida gracias a esa enfermedad que mató a tantos. Cuando por fin desperté, todo había cambiado.

Ese día cero no sólo desperté yo. Despertó una ciudad herida desde sus entrañas. Una ciudad callada donde el silencio era roto esporádicamente por gemidos, gritos de dolor y muerte, voces de súplica y desesperación.

DIA SIETE: Y el sol salió. Los primeros rayos aceleraron la podredumbre de los cuerpos y comida. El hedor era insoportable para una sociedad acostumbrada a las bondades sanitarias del siglo XXI. Debido a las cañerías tapadas y la escasísima agua, moscas, ratas y perros sin dueño se apropiaron de las calles.

Llegué a Nueva York hace pocos meses. La elegí porque sin duda, es -o era- la capital de este mundo. La nueva Roma en este siglo globalizado, sobrecalentado y ahora enfermo. Vine desde México para aprender la mayor de las lecciones: que puedo ser yo, entera y sola. Que no necesito fantasmas hablándome al oído. Que gracias a esta droga, puedo integrarme a la sociedad. Allá se quedaron mis padres, quienes también confiaron en estas nuevas pastillas que evitan mis frecuentes alucinaciones.

Antes de que todo esto sucediera, la ciudad fue mi guía y consuelo. Nueva York me reconoció como una de sus hijas y sentía que me alimentaba con la misma electricidad que recorría sus venas. Ahora, sin ese brillo artificial con el que desafiaba a las estrellas, Nueva York languidece. Y así lo haré yo, de no encontrar pronto esas pastillas que evitan a mis fantasmas regresar.

DIA QUINCE. Los neoyorkinos han desalojado su isla. Abandonaron sus departamentos, su ropa de diseñador, sus mascotas y sus muertos. Sólo quedan algunos indigentes y locos. Aquellos que desde siempre han conocido las entrañas de esta ciudad, quienes ya vivían en una Nueva York sin Broadway ni museos. Esos, los rotos y malvivientes que nunca necesitaron de grandes comidas y camas limpias.

Sigo aquí porque mi dotación de pastillas se terminó y no me queda más que buscarlas irrumpiendo farmacias. No sé en cuánto tiempo regresarán las alucinaciones y vivo con la paranoia si no han vuelto ya.

Eso me pasó cuando Marduk, vestido a capa y espada, me ahuyentó de la Estación Central, donde intenté dormir. Lo enfrenté con una varita, como si fuera a encantarlo. El espadachín se rindió ante mi magia y me dejó pasar con una sonrisa que ensañaba todos sus dientes percudidos. Me llevó a donde tenía guardado su cofre de tesoros y con una seña sobre sus labios me hizo jurar silencio. Por supuesto, le di una moneda. Pagaba por una cordura real, aunque estrafalaria.

Aquella noche conseguí un lugar para dormir. Tengo un taburete de tela roída, unas cobijas polvorientas y algunos locos con quienes compartir mis días, como Queen Wednesday. Queen es negra y habla muy poco inglés. Le gusta vestirse de rosa y grita como urraca cuando se le pierde su corona de piedras falsas. Con ella salgo “de compras” casi a diario. Buscamos latas de comida en departamentos deshabitados y cuando nos hartamos de comer, cambiamos nuestro ajuar. Mi corona tiene que ser más pequeña, pero quedamos en que este bolígrafo de grandes plumas era para mí, para nadie más.

Aquel día que “compramos” tu-tus de ballet, vi por primera vez a los tigres y osos polares tomando el sol en Central Park. Le pregunté que si los veía y me contestó: Big Cat and Teddy Bear con un ademán de niña acurrucando su muñeco de peluche.

Estos locos son ahora mi familia, mi única comprobación de lo real.

DIA VEINTE. El frío aumenta, por lo que busco cobijas en los departamentos cercanos. Me he convertido en una experta allanando casas. Aún tengo comida, pero la raciono. Los espejos rotos del baño regresan mi rostro más delgado de lo que recuerdo.

Tomo mucho vino, a falta de agua limpia. Hablo con cualquiera que se me acerca y les invito de mi trago. Todos aceptan y la botella se vacía un poco más. Aún son reales, ¿cierto? De lo contrario tendría más licor. Alcoholizados y sucios hemos de ser un espectáculo decadente. Pero… ¿Quién esta buscando la belleza hoy? Nueva York apesta, ¿Por qué nosotros no?

DIA VEINTICUATRO. Hoy vi una ballena en el lago. Me subí al castillo de Belvedere y encontré a la manada completa. Hablan y les entiendo. Díganme por favor, díganme. Dónde vivo, qué es esto. Por qué les he perdido, si aún me falta el despertar de un mal sueño. Díganme que sigue a este atardecer turquesa, qué queda de esa enormidad de estrellas.

DIA VEINTISEÍS. Aún veo a las ballenas, dan varias vueltas en el lago. Como poseídos, como intentando escapar. Y brincan dejando un arco iris de segundos que muere ante un ruidoso ¡splash!

Me encontré a ese hombre de pelo blanco. Se acercó contándome historias de luces en el concreto, de máquinas que cargan gente y que corren más que un caballo. Me dijo que había llegado volando desde México, que tenía que encontrarme. ¡Volar!, eso es de pájaros. Asegura que pronto comenzaría el frío, que me debo bañar antes del que el lago se congele. ¿Al lago? ¿Con las ballenas? Nunca.

DIA TREINTA. Él ha llenado el castillo de latas, sella las ventanas con telas gruesas y saca fuego de otra lata. ¿Quién eres? a veces siento que te conozco. A tu lado me siento tranquila y protegida.

En esas interminables tardes me cuenta historias que nunca había escuchado, pero cuyo final adivino. Entonces reímos hasta que duele la panza y le digo:
-Tú eres el rey del castillo
-Lo sé, princesa. Desde chiquita eres mi princesa, ¿lo sabes? -Yo asiento mientras me acurruco a su regazo.




domingo, 18 de julio de 2010

Jaime Gamboa y su orquesta

¿Qué tan cerca está la música de la narrativa? Si leyeran a Jaime Gamboa, dirían lo mismo que yo: demasiado.

Jaime es de Costa Rica y su libro/CD “La Orquesta Imposible” es un deleite para los sentidos. Acompañado de vino tinto o de un roncito , la tarde está garantizada. El libro, de la editorial Ojalá (que buen nombre para una editorial) consta de siete cuentos divididos en, por supuesto, Lado A y Lado B: Una diva del tango muy lejos de su país; un anciano sin memoria al que confunden con Director de Orquesta; Pedro -Peter- Nolasco, enamorado del rock y de su mujer; un cabo redactor de comisaría que le da por escribir canciones y cartas de amor; un maestro de violín que carga con más de una tragedia; un romance imposible de un pianista en la Habana que incluye a Castro, Somosa y a Kennedy; un nicaragüense refugiado en Costa Rica, que encuentra a un acordeonista que dice haber pertenecido a Los Osados, un grupo de golpistas de Somoza.
Aunque la música es el hilo conductor entre todos los cuentos/canción del libro, lo que en verdad les une es que son historias de vida. Historias sinceras y transparentes de narración impecable. Historias coherentes, sin vueltas de tuerca dramáticas.
No sé quien fui. Me desperté hace seis años, en la cama que ahora ocupa la Meche. Cuando abrí los ojos no sentí nada, como si no tuviera cuerpo. Solo unos quince minutos después me comenzó a doler acá, detrás de la cabeza y empecé a oír unas trompetas y unos cornos. Entonces traté de moverme pero no pude. Logré girar un poco los ojos y vi a la Meche aquí sentada a la par de la cama, en esta misma silla, viéndome como si viera a un muerto en vida. La cara de la Meche en ese instante no se me olvida, porque lo primero que pensé fue: “Está muy vieja para ser un ángel”. Pero seguía oyendo aquella sección de metales que se parecía mucho a lo que yo pensaba que serían las trompetas del Apocalipsis. Lo segundo que pensé fue: “Esta muy bonita para ser un demonio”. No sé cuánto rato estuve mirándola así, con los ojos torcidos porque me dolía mover la cabeza, pero recuerdo que me dio tiempo de pensar un montón de cosas. Las recuerdo todas. Pensé que, si estaba en el cielo, me habían estafado: ¿Qué hacía esa señora en bata, temblando a la par de mi cama? Si estaba en el infierno, no parecía tan malo, aunque hacía mucho frío y la verdad, no me parecía haber sido tan malo para merecer el castigo eterno. Entonces traté de recordar algo malo que hubiera hecho y no pude. Ahí comencé a llorar. Lo recuerdo porque la Meche por primera vez, se acercó, arqueó las cejas y caminó despacio, dejando abrir una sonrisilla que ahora le conozco muy bien; dio gracias a Dios porque me había despertado y me secó una lágrima con la punta temblorosa de su bata.
ORFEO, extracto. La orquesta imposible.
Jaime Gamboa.
La pura vida, como dicen en aquella latitud. Tengo que confesar que le tengo mucha envidia a la forma de escribir de Jaime Gamboa. No sólo porque cada cuento tiene una estructura diferente, si no porque habla de sentimientos puros, blancos. Y la razón de mi envidia es, que precisamente eso es lo que me cuesta mucho trabajo al escribir ficción. “Profundidad” me dicen.

Tengo una idea bastante clara de qué escribir y cómo escribirlo para que el lector se ría o me miente la madre. He experimentado con el asco, el dolor y la violencia, pero siento que aún estoy verde en eso.

Una escribe lo que sabe, de lo que ha vivido. Al menos, en un inicio, cuando la experiencia es poca. Entonces ¿No soy más que una marimacha payasa y cochina?

No. Yo digo que soy algo más. Pero no estoy muy acostumbrada a sacarla. Y es que en éste H. Blog, éste mi cuaderno de ensayo, siempre le he huido al tema sentimental. No hay cosa que me cague más que un blog cursi y quejoso, lleno de corazoncitos, rosa y dedicado a la felicidad o tristeza que desencadena el ser amado. Esos blogs me mataron por dentro, snif.

Pero Jaime Gamboa me ha enseñado que no tiene nada de malo hablar de sentimientos blancos como el amor o amistad, siempre y cuando, tu narrativa tenga los elementos necesarios para sonar a Pearl Jam y no a Lady Gaga.

viernes, 2 de julio de 2010

Oro

La gordura desparramada de ese hombre sentado en la mesa del centro pasa desapercibida, a pesar del cuerpo de marrana embarazada que carga su columna. Y es que todo en aquel lugar es exagerado: sobre cada mesa cuelgan enormes candiles de largos cristales que son sostenidos al techo por gárgolas doradas. La bóveda está pintada con frescos amontonados, del que se distinguen ángeles, demonios y otras criaturas mitológicas. Las sillas son de terciopelo azul y sobre el mantel de seda blanca hay cristalería fina y cubiertos de oro.

Pareciera que al utilizar éste color exclusivo del sol -o de los dioses- el restaurante vendiera un pedazo de cielo a sus clientes. Hay oro en la tapicería de la pared, en las barras, en la marquesina, en el dosel, en las cortinas, en los marcos de los cuadros y espejos; en los picaportes, candelabros, llaves del agua, alfombras, muebles, orillas de la cristalería, floreros…

Empingüinados meseros rinden pleitesía con palabras francesas a los comensales, especialmente a la marrana embarazada que viste frac y corbata de moño. Su inmensidad gelatinosa se desborda de algo que simula ser un pantalón. Una enorme papada le cubre el cuello, llegando casi al pecho. Los guangos cachetes cuelgan tanto que jalan los párpados que descubren unos ojos negros. Su alrededor huele a cebolla y ajo; los litros de perfume vertidos no logran disimular el olor que emana de su cuerpo.

Las mesas de alrededor ya tienen clientes sentados: son un montón de pavorreales que se ensalzan entre ellos, y que al darse la espalda, gluglutean envidiosas palabras contra el recién saludado. Llevan trajes negros, vestidos enormes y todas las joyas que sus muñecas, cuello y orejas pueden cargar. Ni un cabello se mueve de esos peinados perfectos, nadie levanta la voz o expresa alguna emoción con el rostro. Ver a uno es verlos a todos. Cada uno con una versión un poco más joven, más colorida o más guapa que la anterior.

Como si el ser una marrana embarazada de 18 puerquitos no fuera suficiente, el individuo es un holgazán. Con oznidos aprueba -o no- la cantidad exorbitante de comida que el mesero propone: Foie gras, langostinos flameados, solmillo de cerdo, magret de pato, carpaccio, ensalada de cabra y piñones, ravioles de espinaca, combinado de mariscos, steak tartare, tortellini au roquefort, salmón di parma, bistró, papillote al pesto, fondant du chocolate, ensalada de frutas, fromage blanc, créme brulé, crépes, merlot, bordeaux, champagne, chardonnay, coteaux…

Tres meseros traen la primera ronda de comida, colocándola muy cerca de la orilla de la mesa. La marrana embarazada come sin manos y con urgencia. No le importa llenarse los cachetes de salsa, grasa y el pecho de vino; solo le importa alimentar a su hambrienta prole.

Para que la segunda ronda de comida sea digerible, la marrana embarazada solicita ayuda al pingüino para vomitar. Complaciente y con un oui oui mesie, el mesero coloca un guante sobre su alita y la introduce en la boca de la marrana, que abre completamente el hocico. De pronto, el pingüino siente miedo de ser devorado y duda, pero los ojos de la marrana le indican que siga. Toca tres, cuatro, cinco veces la campanilla hasta que por fin provoca el vómito liberador.

Una viscosa masa de carne a medio masticar, vino y verduras sale a chorros de la boca y en dirección a un cubo dorado. Lo hace con arcadas sin dolor, como si el vomitar fuera una función más de su cuerpo, igual que respirar.

Sin siquiera limpiarse, el gordo continúa comiendo. Mientras liberaba su estómago, hábiles meseros dejaron servida la siguiente ronda de alimentos. La escena comer-vomitar se repite, pero ahora el vómito se ha desbordado de la cubeta, de la que sale un fétido tufo a oropel.

Un distraído mesero choca contra la cubeta y resbala, vaciando su contenido sobre el piso de mármol. Además, bloquea el paso de una pareja de distraídos comensales que tropiezan y terminan en el piso y embarrados. El gordo no se inmuta y sigue vomitando sobre los tres infelices que están en el piso, y que sin éxito se intentan levantar.

Cuando la marrana embarazada retoma su cena, el mesero caído logra levantarse y se disculpa con la embadurnada pareja, quienes, a pesar de estar sucios y apestosos le hacen reverencia al gordo.

-Señor Presidente, con su permiso Señor Presidente, buen provecho Señor Presidente- y se alejan sin darle la espalda y agachados.

La pareja sale del restaurante hablando del clima, de la cena o de la bolsa de valores. Del incidente que los dejó embadurnados ni se comenta. Su chofer ya está en la entrada y con enfado sortean a un montón de pavos, gallinas y pollos emperifollados que esperan, ahora sí, entrar al lugar.

-Mira a esos estúpidos, creen que van a entrar- dice el hombre con desprecio.
-Jajá- ríe la mujer- Que ilusos, no entienden hay cosas que son de cuna, que ellos no pueden ni aspirar a tener.

Negra de Piedra

Aun era temprano para la cita con esa morra, Yvon. Estaba decidido: si esta noche no me las daba, no tendría otra oportunidad. Y es que dos cines y tres comidas eran mi cuota máxima. Pinches regias, se hacen mucho del rogar… aunque las nalgas de ésta valían el aplastarme dos horas en una butaca viendo una película romántica, de las que sólo les gustan a las viejas. Sólo dos horas más.

El sol de mayo pegaba con madre y tenía la sed aperrada en mi garganta. Por eso, mientras manejaba por Garza Sada, no lo pensé dos veces; entré al Chilis para perder el tiempo chingándome una cerveza y viendo repeticiones de partidos de futbol. El primer trago me regresó a la vida; servida directamente del grifo, la cerveza estaba bien muerta y su sabor amargo se quedó en mi lengua. Sentí al eructo salir desde mi garganta y abrí mi boca para dejarlo salir como uno de esos pedos que te revientan el culo. Siempre lo hago así, a pesar de las miradas castigadoras de las doñitas come-brownies. Me empiné lo demás en unos cuantos tragos, lo que aumentó mis deseos de mandar a la chingada a Yvoncita y quedarme con esta Rubia Superior.

Pero a veces manda más la verga que la garganta, por lo que pagué y salí del lugar. En el estacionamiento, el sol de las 5 de la tarde chingaba reflejándose en los vidrios de una camioneta. El sol no me molesta tanto como la cantidad de mamones que hay en esta ciudad. Mientras esperaba que el ballet trajera mi coche, escuché un estruendo que me hizo voltear a mi derecha; ¡trae un arma! gritó una vieja y se tiró al piso, aventando a un lado su bastón. Ya valió madres, pensé mientras me aventaba pecho tierra y me cubría la maceta con mis manos; como si mis pinches deditos fueran una gran protección contra los balazos. Mi corazón estaba acelerado y sentí un ardor en la parte baja del cuerpo. Del panzazo hasta la respiración se me fue. No sé cuánto tiempo duró la balacera, pero a mí me parecieron horas. Respiraba como perro correteado cuando los balazos terminaron. Muévete cabrón, capaz de que regresan me ordené pero mi pierna izquierda no respondió. Volteé a ver qué pasaba y una mancha de sangre salía del muslo y manchaba mis levis. De menos no me dio en los huevos, dije antes de desmayarme.

Aguante, va a estar bien repetía a gritos alguien que me jalaba hacia una camilla. Cuidado con mi pierna, susurré o pensé, ya ni sé, porque del dolor me volví a desmayar. De pronto, mi nariz recibió una fuerte dosis de olor a medicina y alcohol. Abrí los ojos y vi como ventanas, puertas, enfermeras, paredes verdes y accesorios de hospital pasaban rápidamente a mi lado. Comprendí que iba acostado en una camilla, que me habían dado un balazo y que no estaba soñando. El dolor en el muslo izquierdo era demasiado real. Las llantas de la camilla se detuvieron y pude ver las vendas que contenían la sangre de mi muslo. Además llevaba una bata maricona con las nalgas de fuera que estaba empapada de sudor. ¡Agua, agua! comencé a rogar. Mi voz apenas y salía; sentía mis sesos apachurrarse contra los ojos, como queriendo desorbitarlos.

Tiene calentura, me dijo alguien y puso algo en mi suero que me hizo volver a dormir.

El sol calienta mi espalda pero no siento ninguna incomodidad . Estoy tirada, sí, tirada de panza sobre la arena sintiendo como cada grano se clava en mi piel. Miro mis manos: negras, negrísimas y pequeñas. No necesité voltear a mi entrepierna para comprobarlo; soy una mujer, soy niña, soy una negra. Lo que no sé es que vivo con hambre y sed, entre la suciedad y la podredumbre. Eso me di cuenta como espectador, que entre alucine y alucine alcanzaba a oler la comida podrida, la caca almacenada, el agua encharcada. Sin preocuparme por las infecciones, me revuelco en el agua verdosa para refrescarme; me tiro de panza a la arena gruesa y ruedo hasta lograr que las diminutas piedras se peguen a todo mi cuerpo hasta parecer un monstruo de piedra. Una figura de la que sobresalen sólo los grandes ojos negros y el pelo sucio y enmarañado. Escucho a mi voz infantil decir palabras inentendibles y sonidos guturales que imitan a un tigre o quizá a un león. Un hombre blanco con el rostro cubierto de pelos ríe agarrándose del estómago cada vez que paso corriendo junto a él. Llama mi atención llamándome Negra de Piedra mientras me muestra un gran vaso de agua limpia. Froto mis palmas una contra la otra para quitarme la arena de las manos y con timidez tomo el vaso de agua. Limpio mis labios con mi mano y comienzo a beber; mi estómago se infla apenas trago. Eructo, devuelvo el vaso y corro gruñendo en sentido contrario, escuchando cada vez más lejos las carcajadas del viejo barbón.

Casi no la cuentas güey, reía Mauricio sentado junto a la cama. Tenía que ser Mauricio, el más estúpido de mis amigos, el que cuidara mi convalecencia. Podía soportarlo borracho, pero un balazo en mi muslo me había hecho perder el sentido del humor. Vete a la verga cabrón, le respondí enojado y queriendo soltarle un putazo. Con esto, sólo logré zafar la aguja que tenía clavada en la muñeca y que el suero, las sales o la chingadera que me estaban metiendo por las venas me quemara la piel. Mauricio accionó una alarma y una enfermera vino a reacomodarla, amarrando mi muñeca con una pulsera de plástico apretada.

Sí. Los grilletes están apretados. Unidos por una cadena, tengo un par en las manos y otro en las piernas. Estoy de pie en una fila de negras mucho más grandes que yo mientras el barbudo que me da agua habla al frente con otros hombres blancos. El viento es fuerte y las nubes grises casi negras están a punto de llover. El olor a sal y a pescado podrido entra por mi nariz. Unos hombres semidesnudos salen de las casas de madera cargando costales sobre sus hombros; también van en fila y también están encadenados. Me paro de puntitas y trato de ver hacia donde van, tal vez y hacia allá voy yo. El mar comienza a azotarse contra la arena con más frecuencia y fuerza, por lo que los blancos se acercan con prisa, dan una rápida revisión a los dientes. A los elegidos les colocan un grillete en el cuello. A mí me parece que lo del cuello es muy elegante y sonrío para que me elijan. Pero no, el blanco elige a la mujer de a un lado y ni siquiera me mira; entonces el barbón le dice algo y aquel levanta las manos, lo que hace que me gane mi ansiado collar.

Desperté tosiendo, aún sentía los grilletes en mi cuello. Ya estoy hasta la madre de dormir enfermera; tengo un chingo de alucinaciones culeras, le dije a la chica que llegó a auxiliarme con la tos mientras me llevaba las manos al cuello. El sudor y el ardor en la muñeca continuaban; del balazo ni me acordaba. Ella dijo algo de una infección, de sacar el bicho por el sudor, de mi muslo en recuperación y del hambre que me tengo que aguantar porque hasta que suena una campanada puedo levantarme de esta enorme caja de madera en la que estamos todas acostadas hombro con hombro, con las manos extendidas sobre la cabeza y los grilletes de todas encadenados entre sí. Siento al mar moverse en la madera de mi espalda y hay otra tabla arriba, a escasos cuerpos de distancia sobre nosotras. Puedo escucharlos. Escucho sus quejidos y huelo su sudor almizclado. Estamos como zanahorias en caja. Es momento de la limpieza: cierro los ojos y contengo la respiración. El agua que nos lanzan podría ser refrescante si no fuera porque a nuestro lado pasa la mierda que cagan nuestros cuerpos mal alimentados. Lo bueno es que del baño sigue la comida, esa papilla llena de grumos de harina me sabe deliciosa; es caldito de pollo mijito, me dice mi madre. Lloro al ver sus ojos preocupados; vino desde Guadalajara la pobre mujer. El calor de la sopa me reconforta, así como los trapos húmedos que me pone sobre la frente para contener la calentura que provoca la pinche infección. Uso las fuerzas que me quedan para levantar mis párpados, mi madre se da cuenta y me dice que descanse, que vuelva a dormir. Me toca los ojos con sus manos y me besa en la frente. Yo no quiero volver a esa caja hedionda que se mueve sobre el mar. Pero me seducen sus caricias y siento sobre mí todo el peso del cuerpo frío de la negra que antes estaba a mi lado. Su peso me asfixia y me cuesta mucho trabajo respirar. No puedo respirar mamá. Intento moverme, pero los grilletes hacen su trabajo y me mantienen en el mismo lugar. Grito pero nadie escucha. Grito y grita mi madre, ¡llamen al doctor! Estoy desesperada y siento el miedo en la panza, como aquella vez que perdí a mi madre en el súper. De pronto mi cuerpo se relaja; estoy tranquilo, estoy en paz, escucho el sonido constante en el monitor y siento mi cuerpo flácido sobre la madera.

miércoles, 9 de junio de 2010

Rosario Castellanos

1974. Rosario Castellanos murió algunos meses antes de mi nacimiento. Un accidente, me informa su biografía, le quitó la vida en Tel Aviv. En aquel entonces, desempeñaba un puesto diplomático en Israel. Su infancia y adolescencia la vivió en Comitán. La mención de Chiapas hace que lleguen a mi cabeza imágenes de Tzotziles y Tzetzales. Indígenas que conocí en un viaje que emprendí por el sur de México. Pienso en la selva, el contacto con los animales, el pensamiento indígena. Son elementos que trastocan y mueven. ¿Qué movieron en Rosario? La movieron en una trilogía de novela indigenista: “Balún Canán”, “Ciudad Real” y “Oficio de tinieblas”. Confrontaciones raciales que lastiman, que se intentan curar, pero siguen sangrando.

Rosario Castellanos se graduó de filosofía por la UNAM. Su juventud en la Ciudad de México la enfrentó a ser mujer y mexicana. Un México con un contexto político y social dominado por los hombres. Si bien, Rosario no tuvo que aislarse en un convento para poder escribir y pensar, no se quedo callada. Denunció en varios de sus ensayos y cuentos la discriminación y desigualdad que la mujer sufría. En “La mujer que sabe latín” y desde su trinchera como educadora, Rosario Castellanos invita a reflexionar sobre el papel de la mujer. “La mujer no es un varón mutilado”, reza una de sus líneas del libro.

Su antología poética es extensa y con altas dosis autobiográficas. En sus “Apuntes para una declaración de fe”, la autora critica la pérdida de amor e identidad. En cómo el hombre ha dado muerte a lo bello y se vendió ante el brillo de lo falso.
Porque si un día cansados de este morir a plazos
queremos suicidarnos abriéndonos las venas
como cualquier romano,
nos sorprende saber que no tenemos sangre
ni tinta enrojecida:
que nos circula un aire tan gratis como el agua.
Abanderó con pasión la causa femenina e indigenista, por lo que series de cuentos como “Album de Familia” o “Los convidados de agosto” reflejan su lucha en contra de la desigualdad. Rosario Castellanos también incursionó en el ensayo, e incluso, en el Teatro. Con ello buscaba que sus ideas llegaran a un público más amplio. “El Eterno Femenino” (teatro) y “El uso de la palabra” (ensayo) son dos muestras de ello.

1974. Cuarenta y nueve años son muy pocos para tener tanto que vivir, tanto que decir. Debido a que un accidente se llevó a esta grande de las letras, no puedo evitar pensar: ¿qué habría escrito del movimiento zapatista, de la caída del PRI? ¿Qué pensaría de ver su legado feminista materializado y, al mismo tiempo, pisoteado?

martes, 8 de junio de 2010

No leer

Leer es malo. Nada bueno viene después de tomar un libro de ficción, mucho menos si eres mujer. Como hombre, debes vigilar lo que tu vieja lee. Como maestro, es tu deber inculcar que la lectura sea sólo de libros técnicos ya que muy probablemente sean de tu autoría y te representarán un gran ingreso futuro. Como padre, es más fácil poner el escuincle al televisor y ahorrarte un adolescente cuestionador.

Irónicamente, utilizo este medio para advertir los peligros de tan abominable actividad.
  1. No ganas dinero leyendo ficción. ¿En qué ayuda eso a tu carrera profesional?
  2. Las mujeres que leen piensan cosas raras que las alejan de la reproducción humana.
  3. Los libros son amantes de ocasión y desmemoriados. Te acompañan un momento, se meten en tu pensamiento y cuando te estás enculando, se acaban. ¿Quién quiere sufrir?
  4. Puedes convertirte en un paria social. Tu madre comenzará a presentarte como Mi hijo, el que lee (a diferencia de tu hermano, el arquitecto) o te señalarán por en la calle junto al bulto que cargas en la espalda.
  5. Además de ser señalado, no podrás integrarte funcionalmente a la sociedad. ¿Cómo piensas convivir sin hablar del caso “Paulette”? ¿En realidad crees que alguien quiere escuchar tu teoría sobre “El joven aquel” de Garibay?
  6. Te volverás orgulloso e insoportable. Un día te descubrirás citando libros o autores y la gente te odiará.
  7. No hay moral en los libros. Lo mismo matan, engañan, roban, devoran, violan…
  8. En sus páginas encontrarás historias de lugares, gente y épocas que nunca podrás vivir, lo que te provocará gran frustración.
  9. Te vuelves cómplice del autor y resulta que, o estaba exagerando o esta muerto.
  10. Leer te mete ideas. Renuncias a tu trabajo y quieres dedicarte “a escribir”
Esta es una misión de no-promoción a la lectura no terminará con este decálogo.

martes, 18 de mayo de 2010

Lo que hace uno por comer

Cambié a mi hijo por tres tacos de canasta que vendía el Pato de Goma en la esquina que hacen el inicio del mar y el fin del mundo. El Pato de Goma lloró de la emoción: su hijo podrá tomar baños de tina y jugar con un humano. La madera del taco estaba exquisita; sabía a amanecer con nido de arañas. Jamás volveré a probar ambrosía tan deliciosa, pensé, y me arranqué la lengua para asegurarme de ello. Caminé con las manos hacia la entrada del subterráneo para aves donde solía pedir trabajo de perico. Ahora no, me dijo Jesús mientras se desclavaba de la cruz y agregó: sólo necesitamos enanos que revivan con la luna nueva. Sin trabajo, no me quedó más que poner un huevo y llevarlo a hervir al desierto que está a la vuelta de mi casa. En la entrada me encontré un anuncio de “Cerrado por calentamiento global”; y con enojo aventé el huevo contra la pared donde las elefantas tejían chambritas usando el arcoíris. Como mis tripas seguían maldiciendo, fui a comer a la casa de las letras donde elegí mi favorita: la O. Cada vez le hacen el centro más grande, le reclamé a Shakespeare, quien atendía la fonda. Ofendido, el escritor se suicidó clavándose dos jotas en el cuello. Hubiera sido más fácil colgarse con una ge, cantó un pez desde lo alto de una pared de nieve de frambuesa. Yo le di la razón con todo y mi cerebro.