martes, 18 de mayo de 2010

Lo que hace uno por comer

Cambié a mi hijo por tres tacos de canasta que vendía el Pato de Goma en la esquina que hacen el inicio del mar y el fin del mundo. El Pato de Goma lloró de la emoción: su hijo podrá tomar baños de tina y jugar con un humano. La madera del taco estaba exquisita; sabía a amanecer con nido de arañas. Jamás volveré a probar ambrosía tan deliciosa, pensé, y me arranqué la lengua para asegurarme de ello. Caminé con las manos hacia la entrada del subterráneo para aves donde solía pedir trabajo de perico. Ahora no, me dijo Jesús mientras se desclavaba de la cruz y agregó: sólo necesitamos enanos que revivan con la luna nueva. Sin trabajo, no me quedó más que poner un huevo y llevarlo a hervir al desierto que está a la vuelta de mi casa. En la entrada me encontré un anuncio de “Cerrado por calentamiento global”; y con enojo aventé el huevo contra la pared donde las elefantas tejían chambritas usando el arcoíris. Como mis tripas seguían maldiciendo, fui a comer a la casa de las letras donde elegí mi favorita: la O. Cada vez le hacen el centro más grande, le reclamé a Shakespeare, quien atendía la fonda. Ofendido, el escritor se suicidó clavándose dos jotas en el cuello. Hubiera sido más fácil colgarse con una ge, cantó un pez desde lo alto de una pared de nieve de frambuesa. Yo le di la razón con todo y mi cerebro.

sábado, 15 de mayo de 2010

Theodore Sturgeon y su Cuerpodivino

Theodore Sturgeon es escritor de ciencia ficción. Cuerpodivino fue publicada tras su muerte, e incluso, en la ficha de Wikipedia en español, no aparece.

La novela está contada desde el punto de vista de ocho personas, las cuales narran en primera persona su encuentro con un ser místico llamado Cuerpodivino. Con forme pasan los capítulos, descubrimos quién es ese ser misterioso y cómo toca a través de la energía sexual que emana, a cada uno de los personajes.

La narrativa tiene un ritmo excepcional; yo lo terminé en un día. Es poético, es cachondo (pero no vulgar), es humano. La idea de elevar el sexo a un nivel sagrado y religioso conecta al lector que ha estado enamorado y caliente por la misma persona. Más que un orgasmo, es la conexión. Supongo que algún católico podría tachar de hereje al texto, sobre todo por las frecuentes referencias a Jesús, pero a mí me encantaron.

Vuelvo a los personajes, que son el hilo conductor de la novela. Todos están delineados física y emocionalmente de una manera muy rica, lo que demuestra la maestría del autor. Además todos soy muy diferentes: un pastor y su esposa, un violador, una loca-desadaptada, una metiche, una artista, un policía corrupto, un viejo agachón.

Mi preferida es la artista Britt Svanguld. Una hippie y excéntrica que se dedica a pintar y sostiene que el tacto es el sentido más valioso. Que en cierto modo, todos los sentidos tocan. A continuación un extracto:

El sentido del tacto es un cristal con muchas facetas. El aire estalla entre el martillo y el yunque y perturba el aire alrededor que a su vez vuelve a perturbar el aire, y esas perturbaciones avanzan hacia ti como pasos hasta que tocan la membrana del oído. Lo mismo ocurre con las ráfagas de sonido que atraviesan las plumas rígidas de un cuervo y las plumas suaves del ala de un búho, y cada una tiene un significado diferente. Ver también es tocar y ser visto es ser tocado, y esto también tiene sus muchos sentidos. No es lo mismo que te vea un niño cruel con una piedra en la mano que un ciervo o una ardilla. Si vives como vivo yo y sabes tocar y ser tocado por los ojos, sientes los ojos incluso cuando no los ves y puedes darte cuenta de qué tipo de tacto es.


viernes, 7 de mayo de 2010

Reloj

Para mí, comprar es una necesidad fisiológica. No sólo porque comprando me hago de artículos básicos como alimentos o ropa, si no porque el tener algo nuevo me hace feliz. Sobre todo cuando minutos antes a adquirir una mercancía, no sabía que la necesitaba. Estoy en constante creación de nuevas necesidades que, entre todas ellas, cubren la mayor: el tener.

“Puras Baratijas” aseguran aquellos socialistas que reniegan de mis compras. Aunque mi rostro no lo refleje, mi corazón ríe de sus comentarios. Y es que amparados bajo una supuesta austeridad, disfrazan su tacañería y su falta de ilusión. Yo no les creo eso de “no necesitar”. ¿Cómo no estar feliz si después de una extensa búsqueda y a cambio de pocos pesos nos encontramos algún tesoro?

Mi lugar favorito para ir de compras es Waldo’s. En este almacén de productos chinos tienen una gran variedad de las llamadas baratijas. Y es que aunque la calidad de los productos no sea la mejor, su precio si lo es. A diferencia de un gran almacén con nombre magnánimo, los productos en Waldo’s están amontonados y en desorden. Los estantes llegan apenas al metro y medio y, aunque tienen una base de productos, es posible encontrar algo nuevo y diferente con cada visita.

Además de satisfacer mi compritis aguda, en Waldo’s mi instinto recolector se despierta; encontrar alguna baratija, como una azucarera de vidrio entre vasos medio rotos, copas ralladas, platos de plástico, saleros sin pimenteros de juego, muñecos sucios de peluche, loncheras y envases de plástico sin tapa es como hallar un arbusto de fresas maduras en un campo de sorgo y elote.

Por eso es que prefiero ir a Waldo’s que a Wallmart, ya que con poco dinero compré de dos a tres artículos que en Wallmart me hubieran costado el triple. Pero no es sólo el ahorro, es gritarle al mundo que me compré un estuche para cargar plumas con una jirafa verde que muy probablemente se rompa en 3 semanas y qué. Porque es mi dinero y hago lo que quiera con él.

En mi última visita adquirí un reloj de pared. Lo encontré en un estante acompañado de otros fabricados también de plástico y supe que lo necesitaba. No sólo por la utilidad de tener quien me indique la hora del día, si no porque el reloj tiene mucha personalidad, a diferencia de su infantil vecino con carátula de Mickey Mouse. Éste tiene colores vivos y números en letra de molde. La orilla es negro brillante, por lo que le hace juego a mi computadora de escritorio.

Lo primero que hice al llegar a casa fue quitarle esa envoltura de celofán y robarle una pila al control remoto de la televisión para que funcionara. Puse un clavo junto a la puerta del estudio, ajusté la hora con la perilla y le coloqué un corazón que le diera vida y lo hiciera latir.

Tac-Tac-Tac-Tac lo escuché y sonreí. Con cada segundo, una aguja comenzó a recorrer los colores verde, amarillo y morado de la carátula. No era el clásico Tic-Tac Tic-Tac; sabía que éste reloj tenía personalidad y su sonido era la evidencia.

Me senté en el viejo reclinable donde suelo leer y eché mi cuerpo hacia atrás. Cerré los ojos para escuchar su latir. Tac-Tac-Tac-Tac. Mientras tuviera pilas, nunca más iba a estar sola. Reloj me acompañaría durante esas compras en ebay, en la lectura semanal del TVNotas y opacaría a Fernanda Familiar. Reloj sería mi guía, mi gurú, mi capataz.

Tac-Tac-Tac-Tac, me habló Reloj para indicarme que ya era hora de comer; que dejara a un lado esa revista y la vida de Belinda porque tenía que atender otros asuntos más importantes.

Tac-Tac-Tac-Tac, me habló Reloj por la tarde cuando la hora de sacar a mis perros a mear se acercaba. Si me tardaba de más, corría el riesgo de encontrar charcos amarillos en mi sala, me advirtió.

Tac-Tac-Tac-Tac me habló Reloj por la noche cuando chismeaba por las fotografías de mis amigos en facebook y me advirtió sobre los peligros de intimidad y cómo el internet se me está haciendo un vicio feo.

Me levanté de mi asiento y puse mi rostro frente al del Reloj. Mi comprita salió bastante mandona; casi como un militar que en base a gritos y madrazos quiere demostrar su superioridad. O como un esposo que interroga en que inviertes cada segundo de tu tiempo, o peor aún, como mi consciencia que me persigue y me reprende en cada actividad.

Le hablé claro y directo. Tú sólo estás aquí para indicarme la hora. La decisión de lo que hago o dejo de hacer es mía y nada más. Tac-Tac-Tac-Tac me contestó insolente. Decidí ignorarlo, cerré la puerta del estudio y me fui a descansar. Mi habitación está un pasillo después y mientras veía la novela no escuché a Reloj ordenándome qué hacer. Por fin entendió cual es su lugar en mi vida, pensé; aún así, decidí dormir con la puerta cerrada.

A media noche Reloj me despertó con sus Tac-Tac-Tac-Tac y comenzó a hostigarme. Tac. Un segundo menos. Tac. Ya se fue otro más. Tac. ¿Qué estás haciendo con tu vida?. Tac no puedes contra mí. Tac soy mejor que tu. Tac. Un segundo menos para morir.

Me levanté de la cama tirando las cobijas al piso. Me calcé en las pantuflas y pisé con fuerza el piso, para contrarrestar los gritos de Reloj. Antes de abrir la puerta del estudio me tranquilicé y respiré profundo; tal vez sólo era un sueño, tal vez Reloj se sentía solo. Con mi mano tomé la perilla y giré empujando hacia afuera. Los Tac-Tac-Tac-Tac de Reloj me pegaron de frente.

Entendí que el diálogo comenzó roto. Tomé a Reloj de la pared y le quité la pila. Tú te lo buscaste, le dije aún sabiendo que ya no me escuchaba. Bajé las escaleras y abrí la puerta del clóset que se encuentra debajo de ellas. Vi a Reloj por última vez y lo arrojé en ese espacio obscuro. Escuché como sus curvas chocaron un par de veces contra más plástico. Quizá lo hizo contra ese radio AM en forma de gato que captaba más interferencia que señales, contra el foco que no embona en ningún socket, contra el aceitero/vinagrero que terminó revolviendo ambos líquidos o contra la torre de CDs con las canaletas destruidas.


Buenos días corazón

Para Coátl
Que escribió los diálogos


No sé si la sueño porque la escribo o la escribo porque la sueño. Eso no es lo importante, me repito, Lo importante es terminar esta jodida novela. Tampoco es importante lo que aún duele cuando escribo recordando esa imagen de sus piernas apenas cubiertas por la falda a cuadros del uniforme, mientras recargaba la planta un pie en la pared de la Prepa Norte. Cuando con libros y bolso en brazos, Jimena dedicaba su alma a esperar y a esperar. En esos mediodías en los que los rayos del sol atacaban su cabellera negra haciéndola brillar con violencia y cómo esa larga crin era levantada por el viento que ocasiona el ir abrazada de un tipejo en moto.

Entonces no me quedaba más que tomar el minibús y recargar mi frente en la ventana para contener la rabia de saberla tan no-mía a pesar de los ¡Buenos días corazón! que a diario sus labios egoístas me dedicaban. No me quedaba más que derrumbarme durante esas tardes grises en las que la sabía en otros brazos, en otros ojos, en otra boca. No me quedaba más que esperar a otra mañana, cuando con un beso en la mejilla refrendaba nuestra amistad. Nuestra eterna y puta amistad.

Así pasaron 365 días y otros 365 más. Llegó la universidad, llegó Buenos Aires, llegaron otras mujeres a quienes no les importaba mucho el que fuéramos amigos o no, siempre y cuando estuviéramos en pelotas. Atrás se quedaron esas tardes en las que me ahogaba por un amor infantil por quien sólo quiso una amistad.

La misma amiga que hoy esperé tomando café en el restaurant de siempre. Jimena entró apurando los tacones y pude anticipar la felicidad que cargaba a pesar de tener sus manos ocupadas entre papeles, bolso y su laptop.

-Buenos días, soñé contigo- dije dejando la taza en el plato- ¿Cómo te fue ayer?

-¡Buenos días corazón!, pues me fue muy bien- me contestó besándome en la mejilla. Sonreía y sus ojos me pedían que siguiera con la entrevista mientras tomaba su lugar frente a mí.

-¿La pasaste bien?- pregunté para satisfacer su imperiosa necesidad de contarme. Ella volteó para pedirle a la mesera otra taza de café, y volví a ver esa crin volar. Colocó sus manos en las mejillas mientras recargaba sus codos sobre la mesa. “Enamorada” fue mi diagnostico y espere la confirmación con su respuesta.

-No es un patán- dijo ella con una sonrisa chueca y la mirada que tantas veces atravesó la mía.
-Es bueno saberlo- respondí. -Entonces, ¿ya estas enamorada?

-¡No para nada!- respondió mientras bajaba las manos para estrecharlas y desvió la mirada. Sonreí ante una mentira tan mala, hasta da vergüenza demostrarla. Todo estaba dicho y el diagnostico confirmado.

No es un patán, repetí en mi cabeza mientras daba otro trago al café. Tampoco lo habían sido Jorge, Eduardo, Leo, Christian, Edgar, Israel, Raúl, Renato, Octavio, Javier… y los demás que terminaron partiéndole la madre a Jimena y de pasada a mí, cuando tuve que recoger esos pedacitos en la idiota esperanza de ser notado.

Y recordé: Jimena lloraba en una habitación obscura de paredes altas y cortinas de terciopelo. Jimena desnuda recorría mi cuerpo con sus labios y dejaba un camino de lágrimas. Gotas de arrepentimiento por haber necesitado de tantos nombres para enterarse de lo absurdo que era el haber vivido en la negrura de un mundo sin mí, sin nosotros, sin estar atados por entero y sin remedio. También estaba yo; la actual prominencia de mi abdomen había desaparecido y en su lugar estaba ese raquítico adolescente con el corazón acelerado y las manos nerviosas que sentían todo.

-¿Más café?- Preguntó la mesera interrumpiendo el recuerdo del sueño de la misma forma grosera que mi alarma lo había hecho unas horas atrás.
-Si por favor- Respondí de inmediato y tratando de disimular.

-¿Y qué soñaste corazón?- Me preguntó Jimena después de mi silencio.

-Nada, el sueño viejo que íbamos a Buenos Aires y caminábamos por Avenida de Mayo. ¿Recuerdas?

-Sí, ¿otra vez?, debes de dejar de contarlo tanto, ¿qué tal si por contarlo ya no se hace?

-Tienes razón… será mejor escribirlo, pues, no dicen nada acerca de escribirlo. ¿Cierto?

-Cierto… ¡pero igual y tampoco se cumple!

-Puras supersticiones, cuando menos te lo esperes estaremos aterrizando en Ezeiza- No esperaremos nada, idiota. Me dijo aquél que habita en mi cabeza y que sabe que en unos meses estará recogiendo los pedazos de Jimena que deje este nuevo patán.

sábado, 24 de abril de 2010

El color de la vocación

Para Osvaldo,
quien hace sacrificios por la amistad


El irme de cantinazo con Rodrigo se ha vuelto una tradición mensual que espero con más emoción que la regla. Todo comenzó un día que le conté que me había ido sola al “Chava Invita” y que el dueño del legendario tugurio había intentado emborracharme con tequila para quien sabe qué fines poco honestos. Rodrigo me conoce desde hace muchas borracheras y sabe lo que la jalisquilla bebida me provoca, por lo que se ofreció a acompañarme en mis tours cantineros como noble escudero de lo que me queda de decencia.

El jueves pasado le tocó el turno al bar “El Luchador”. Nos decidimos por el lugar ya que de sus puertas de madera corroída colgaban tres avisos en cartulinas de color chinga-pupila:
  • JUEVES de Arrachera
  • 130 pesos la CUBETA de 6 cervezas
  • Se solicita mesera BUENA
La cantina está ubicada en el inicio de la zona de mala muerte de la ciudad, por lo que es común toparse borrachines meados en el piso que advierten los peligros del exceso del alcohol. Pasadas las puertas retráctiles, encontramos que sólo había dos mesas disponibles por escoger. Un ChicoTec de escasos 20 años tomaba cerveza recargando su puesto flácido sobre la mesa; tenía los ojos cristalizados y el rostro descompuesto. No había que ser brujo para deducir que intentaba calmar con alcohol un mal de amores. En la orilla pegada a la cocina, un viejo raboverde ojifeliz se almorzaba las piernas de la mesera. Un par de vendedoras de caricias platicaban con entusiasmo en una de las mesas de entrada.

Rodrigo me guió a una de las mesas cercanas a la barra, dándole la espalda a las señoras. Estas si son cantinas, me dijo mi acompañante mientras señalaba los cuadros que colgaban en la pared: fotografías deslavadas por el sol que enaltecían las hazañas heroicas del pancracio mexicano y chicas con poca ropa y muchas curvas. Ir a las cantinas fresas es como ir a Disneylandia, le dije dándole la razón. Supongo que por eso Rodrigo y yo somos amigos, preferimos la realidad a la fantasía, aunque ésta tenga baños apestosos.

En lo que llegaban las cervezas, me dediqué a leer en voz alta los letreros que colgaban de las bebidas de la cantina en las que se exalta el honor etílico y el florido léxico mexicano. Cuando nuestra mesera puso la cubeta metálica llena de Victorias sobre la mesa de plástico blanco, procedimos a brindar.

Consumimos las seis cervezas acompañadas de un picoso caldo de camarón, canciones de José José patrocinadas por el abandonado ChicoTec, arrachera con tortilla y salsa, el flashazo de los calzones de la VendeCaricias en medias de red, tostadas de médula y camarón, un borrachín que no recibió más que agua debido a que tenía antecedentes deudores y una muy agradable plática.

A pesar de que Rodrigo es gran conocedor de estos tugurios de mala muerte, es muy correcto y decente, por lo que evitaba ver las piernas de la mesera o las lonjas de las VendeCaricias. En la barra encendieron un anuncio chinga-pupila de “Corona”, por lo que el llamado estaba más que hecho y pedimos una cubeta más. Con la quinta cerveza los ojos de mi amigo se comenzaron a desviar a las piernotas de la mesera, por lo que traje a la conversación el letrero que habíamos visto en la entrada; discutíamos si la palabra BUENA del anuncio de empleo lo hacía en solicitud de la habilidad para atender mesas y borrachos o al físico de la portadora.

-¿Vas a dejar este trabajo amiga?- Le preguntó Rodrigo en un ataque de valentía a la mesera en minifalda.
-Si pues -contestó- Lo que pasa es que comienzo la escuela y necesitan un reemplazo.
-Ah que bien. ¿Tú crees que mi amiga aquí sentada sirva para eso de atender amablemente a los borrachos?

La mesera sonrió y yo escupí el trago de mi sexta cerveza reprendiendo la desfachatez de mi amigo quien reía a carcajadas nerviosas. Rodrigo empezó a alabar mi capacidad para caminar derecho y esas noches heroicas en las que hábilmente me he quitado a varios borrachos de encima. La mesera me ofreció su falda en préstamo y desde su mesa el par de VendeCaricias me animaban con sus aplausos.

Buscando convencerme, Rodrigo me pidió un tequila y desde su guarida, el cantinero aseguró que era cortesía de la casa. Tomé el caballito a dos tragos y accedí a cambiarme de ropa con la mesera, ante el aplauso eufórico de los borrachos del lugar.

Salí del baño en minifalda, con libreta en mano y sujetando mi pelo con una pluma Bic. La falda me quedaba un poco grande, ya que haciendo honor a la figura de nuestra mesera, sus nalgas eran más frondosas que las que mi madre me dio.

-¿Qué desea ordenar joven?- Le dije a mi amigo, quien ya tenía una grave risa alcohólica.
-Diles papito si quieres propina grande- me asesoró la experta que ahora usaba pants.
Entonces me dirigí al ChicoTec.
-¿Quieres otra papito?- Le dije al joven de corazón partido sonriéndole muy cerca de sus húmedos ojos. El chillonsito sonrió y asintió con la cabeza.
-¡Cantinero otra pacífico!- solicité con voz enfática.

Segura de poder controlar mis erráticos pasos, caminé hasta la barra donde me esperaba la cerveza y el cantinero, quien me señaló una charola donde la tenía que colocar. Con precisión matemática, centré la botella y con soltura la llevé en alto hasta mi primer cliente. Bajé la charola sobre la mesa y el adolorido ChicoTec me agradeció con una sonrisa.

Acto seguido, solicité una tostada a la cocina para Rodrigo, llevé la cuenta a las sonrientes VendeCaricias –recibiendo a cambio una gran propina- y esquivé con maestría la mano del borracho de la esquina que iba directo a mis nalgas. Ya comenzaba a caer la tarde por lo que las luces chinga-pupila del lugar se encendieron; ayudé al ChicoTec a elegir canciones de adolorido en la rockola, destapé cervezas y limpié el resto de comida y alcohol que tenían las mesas desocupadas.

Me sentía feliz de haber nacido con esa habilidad innata de meserar y de haber encontrado mi verdadera vocación. Mis clientes y colegas estaban de acuerdo, por lo que ovacionaron mi trabajo entre vivas y aplausos. Agradecí con una reverencia. Sin embargo, al agacharme y doblar las rodillas, la falda decidió resbalarse hasta mis pies, dejando en evidencia mi gusto por los colores chinga-pupila en la ropa interior.

martes, 20 de abril de 2010

El ángel escritor

-¡Joder!, tanto gilipolla cargando regalos que creen que la navidad es un espíritu, cuando en realidad es una puta estrategia mercadológica de Dios- decía Ángel en voz alta mientras caminaba. Su voz era triste pero enfática.

-¿Cómo?- le pregunté.

-Dios siempre elige el argumento de todas las historias de Noche Buena y Dios es un cursi- aseguró.

Ángel vestía una gabardina gris, camisa amarilla, sombrero de copa y shorts. Pensé que era un loco más de esos que hablan solos y caminan por la Gran Vía durante las fiestas decembrinas, sobre todo porque el aire frío no estaba como para andar usando shorts.

La gente me empujaba hacia adelante evitando así que escuchara lo que Ángel me intentaba decir. Caminé a contra corriente, siguiendo el sombrero que sobresalía entre el gentío. Entonces le propuse que me contara más, pero en un lugar menos congestionado. Con una sonrisa tímida pero sincera, me siguió hasta San Ginés. Ya con chocolate y churros servidos, Ángel me comenzó a contar.

En el cielo, existe una corte de ángeles que se dedican a escribir historias e iluminarlas en la gente. Al parecer, es una enorme corporación en la que existen editores, traductores, recopiladores, actualizadores, inspiradores y por supuesto, escritores. Todos ellos están divididos en ramas que dependen del tipo de religión y formato de los textos. Ángel me dijo que él estaba en la rama cristiana y para su mala suerte, en los cuentos de Navidad. Y es que éstos eran directamente supervisados por Dios; “y Dios es un cursi” volvió a decir.

Ángel comenzó a sonreír cuando recordó que en sus tiempos de novato, él escribía mitología escandinava.

-Todo se valía- me aseguró sonriendo mientras sopeaba su churro en la taza del espeso chocolate- Inventé bestias, elfos y gigantes, lenguajes. Revolví deidades, creé semidioses, decidí destinos. Pero ahora, con el auge monoteísta todo acabó-

Para mi sorpresa, Ángel se empinó toda la taza de chocolate de un par de tragos. Me preocupó que se pudiera causar un choque diabético, pero él lo hizo como si se tratara de cerveza y continuó:

-Cuando me cambiaron al área de cuentos de Navidad intenté innovar, proponer. Todas las historias hechas hasta el momento eran cursis y poco inteligentes. Enfocadas mayormente a los niños y a la mercadotecnia; los ridículos cuentos tratan al lector como retrasado, como si una historia bonita pudiera ocultar la maldad en el mundo- dijo con rencor mientras se tomaba la tasa completa de chocolate.

-Pero así son todas las historias que yo conozco, ¿entonces qué escribiste?- Le pregunté.

-¿Conoces Canción de Navidad? ¿El Cascanueces? ¿La niña de los fósforos? ¿El soldadito de plomo?- me preguntó alzando la voz. Yo asentí a cada pregunta. Ángel se detuvo un instante, como si escogiera las palabras por decir. Volvió a tomar chocolate de su taza, lo que me sorprendió; no me había dado cuenta que pidiera más. Sin embargo, no quise poner atención en eso y dejarlo continuar.

-En la historia original de Canción de Navidad, el niño chantajeaba sentimentalmente a Scrooge por ser discapacitado y lo torturaba por las noches. Al soldadito de plomo lo funden en balas con el que asesinan al niño que lo separó de su amada bailarina. La gran batalla en el Cascanueces fue provocada porque la niña drogó con opio- dijo arrastrando las “r” y las “a” –Yo escribí todas ellas, pero por órdenes de Dios, el editor cambió todas mis historias y las hizo una mierda cursi.

La interminable taza de chocolate seguía inyectándole energía para contarme historias: Santa Claus era un ladrón al que una vez sorprendieron entrando por la chimenea, los árboles empezaron como un negocio canadiense, etcétera. Su comportamiento era de un borracho altanero y malacopa, por lo que cuando comenzó a insultar a Dios y a escupir al cielo, pagué la cuenta y lo saqué de ahí. Como apenas y podía caminar, lo sostuve pasando su brazo por mi cuello.

Pedí un taxi y lo llevé a mi departamento. No tenía corazón para dejarlo tirado en la calle y Ángel seguía asegurando que venía del cielo y que era escritor. Mientras caminaba en zigzag por la sala, noté que tenía el rostro rojo y arrastraba aún más las palabras al hablar. Había leído sobre mentirosos compulsivos e hipocondriacos, por lo que supuse que mi ebrio acompañante tenía una combinación de esos dos problemas, ya que físicamente es imposible emborracharse con chocolate.

Fuera fingido o no, decidí que debía bajarle la borrachera a Ángel y lo metí a la ducha. Lo llevé al baño y cerré la puerta tras él y se recargó contra la pared. Abrí la llave caliente y mientras escuchaba como caía el agua en el piso, comencé a desnudarlo. Desabroché su camisa y tomándola junto con la gabardina, tiré de ambas prendas hacia abajo. Fue necesario que diera dos tirones más para dejar su torso desnudo. Ángel era alto, por lo que la actividad de desnudarlo requería un esfuerzo mayor. Suspiré al arrodillarme a la bragueta del short; desabroché el botón de la cintura, bajé el zipper y la prenda resbaló sin complicaciones, por lo que tomé el calzón de las caderas y lo bajé.

Cuando su pubis quedó al descubierto, lo que vi me conmocionó. En realidad, lo más impactante fue lo que no vi, ya que Ángel carecía de vellos, de pene y de testículos. No podía creerlo, por lo que comencé a tocarlo para confirmar lo que decían mis ojos. La piel era suave y tersa, sin duda mis dedos disfrutaban el recorrido. Estiré el dedo índice y me dispuse a recorrer la parte donde se juntan sus muslos. Apenas comenzaba mi exploración, cuando escuché una risa débil seguida de un aleteo que aventó un chiflón de aire. Volteé hacia arriba y vi como un par de alas de plumas blancas se expandían por su espalda.

Aún dudo que sea escritor.

lunes, 12 de abril de 2010

Tres pedazos de Norberto

Para los Muñoz
I.
Trabajar como Ingeniero Civil era ventajoso para Norberto. No sólo le proporcionaba la libertad de recorrer el norte del país manejando con un cigarro en mano, sino que también le daba la oportunidad de visitar y vigilar a todas sus viejas e hijos. Y es que a mediados del siglo pasado, el tener un harem bien administrado no era motivo de escándalo. Con tener a todos bien vestidos, alimentados y estudiados era suficiente.

El título de egresado del Politécnico que aún cuelga en la sala regresa a un hombre moreno, de orejas largas y pequeños e inquisidores ojos. Cuca admite que no era guapo y se sonroja un poco cuando le preguntan que le vio a Norberto. Esas cosas no se dicen contesta ella, pero es bastante obvio que Norberto eligió a Cuca como madre de su segunda familia por las amplias caderas, los enormes ojos negros y la boca carnosa. Esa prole se quedó en 5 hijos y durante mucho tiempo, estuvo fincada en Chihuahua.

Una noche de otoño una patrulla llegó a su casa. Cuando el ruido de la sirena que acompañaba a esas luces azul y rojo calló, un niño de grandes orejas y la mirada en el piso bajó del auto. Un policía le explicó a Norberto que su hijo había estado apedreando la estatua que honra la memoria de Pancho Villa.

El vándalo conocía la idolatría del padre por el héroe / bandido y lloraba por anticipado por los cinturonazos que estaba a punto de recibir. Hubiera preferido compartir una celda llena de miados y delincuentes que enfrentar con las nalgas el castigo del padre.

Ya dentro de la casa, madre e hijos aguardaban con espanto el castigo. Por delante entró el pequeño infractor y ahora su llanto estaba acompañado de gritos de arrepentimiento. El ceño fruncido y los ojos parpadeando de Norberto hacían esperar lo peor. “¡Ah que hueco tan exagerado!” Dijo Norberto burlándose del llorón y a coscorrones lo mandó a su habitación.

II.
Es verano en el Distrito Federal y la casa está llena de niños. Sus padres los abandonaron ahí sin una razón aparente, para que jueguen, nomás. El pelo entrecano que le queda está peinado hacia atrás y muestra una gran frente morena. Un bigote fino sobre la boca le sigue dando a Norberto ese aire de sofisticación que alguna vez le consiguió muchas viejas.

Norberto acomoda sus largas piernas en la mecedora, mientras toma un caballito de tequila. Una bandada de chiquillos salen corriendo de los cuartos de la casa al grito de “¡Huercos! ¡Vengan para acá!”. Se sientan en el piso, alrededor de la mecedora del abuelo para escucharlo contar historias de Pancho Villa y de los días en que vivió en Parral.

Las caritas atentas escuchan como si fuera la primera vez, la historia del día en el que Norberto fue a ver el coche que aún tenía el cuerpo tibio del centauro del norte, cuando corrió a verlo después del ruidajero que armaron los balazos que acabaron con su vida. “¡pum, pum, pum!” mataba el abuelo a sus nietos con las manos que simulan una pistola. Entre risas, los niños caen al piso sólo para levantarse de un brinco y corretearse alrededor de la mesa.

Desde la cocina, la regia voz de Cuca reprende al marido: “¡Norberto, no aloques a los niños!”. Pero ni los niños o el abuelo hacen caso y cruzan una mirada de complicidad. El abuelo se sirve más tequila y permite que los niños metan un dedo al caballito. Al probar la bebida de adultos, los niños vuelven a correr y dan vueltas en círculos hasta marearse y asegurar que están borrachos.
Por la tarde, los padres recuerdan que habían abandonado a sus hijos y vuelven a la guardería familiar. A regañadientes, los niños se despiden. Con los brazos pegados al cuerpo, doblan los codos ante el ¡Póngase fuerte! del Norberto, quien los toma de los codos y los levanta sus casi 1.80 metros para darles un beso en la frente.

III.
El frío invierno del bajío no se siente en aquella casa atiborrada de gente. Los hombres se emborrachan, los niños se esconden de sus madres y los adolescentes se besuquean en las esquinas. La fila para los tacos de guisos sea comenzado a alargar y casi llega a la esquina en donde está sentado Norberto, quien tararea algún corrido mientras mueve la cabeza y el pie.

Norberto no sabe porqué está ahí, de quien es la casa o porqué hay tanta gente. Una fina capa blanca se extiende sobre sus ojos y se extiende hasta su mente. Pero como todos están contentos, él también lo está. “¡Pst, huerco! ¿Pa’ qué es la fila?” Pregunta a un comensal y como respuesta recibe unos tacos. Come aunque dice que no quiere. Vuelve a preguntar y recibe una dotación más. Vuelve a decir que no, pero se los termina.

Un joven vestido de mezclilla se le acerca con un vaso rojo. Toma abuelo, le dice sonriendo. A lo lejos, la voz de Cuca se escucha amenazante “Beto, deja de estar emborrachando a tu abuelo” “Es coca-cola abuelita” contesta el nieto. Norberto da un trago generoso seguido de una sonrisa de satisfacción.

“Pst huerco” grita Norberto sacudiendo el vaso rojo desde su esquina. El nieto obedece, rellena el vaso con cerveza, lo acompaña con un cigarro y se sienta a su lado en silencio mientras ven a las mujeres que bailan cumbias. Norberto le pega con el codo y, alzando las cejas, señala el enorme trasero de una de las bailarinas.