miércoles, 7 de abril de 2010

Torta de Tamal

-¿Torta de tamal otra vez?- Reclaman el par de niños tapados hasta las orejas. Los furiosos ojitos negros reprenden sin éxito al padre, quien contiene la risa que le provoca el adivinar las caritas de enojo que se encuentran por debajo de cada bufanda. -¡Se la comen, dije!- Les ordena con fuerza, mientras recuerda que a él tampoco le gustaban las tortas de tamal.

Fue en el amanecer de otro invierno cuando Miguel llegó al paradero del metro La Raza, tras sortear una multitud de coches mientamadres que en Insurgentes Norte casi acaban con su esquelética humanidad. La gente se multiplicaba, lo que le dio la impresión de que todos los habitantes de la ciudad se dirigían al mismo lugar que él.

Había llovido la noche anterior por lo que el frío intensificaba la nostalgia por su adorado y jarocho calor. Estaba a punto de entrar al metro cuando un olor a atole de guayaba llegó hasta su nariz. Pensó que no era mala idea saciar su estómago y calentar su cuerpo, así que se acercó al puesto de tamales.

La tamalera no parecía tener frío; con los brazos descubiertos y gritos en la boca, atendía a 3, 4 y hasta 5 chilangos hambrientos a la vez. “¡Rojo pa´ la güerita! ¿En torta seño? ¡Dos de dulce y un champurrado pa´l joven! Ya te atiendo reinita…” Miguel se acercó abrumado ante tanta presteza al despachar.

¿De qué quiere joven?- preguntó la tamalera. Pero Miguel no escuchaba; tampoco oía el claxon de los automóviles, los apurados pasos de aquellos que iban tarde o los gritos de otros puestos. No sentía frío, ni olía la fritanga. Todos sus sentidos sólo se dedicaron a ver.

Parada junto a una de las ollas rebosante de tamales, estaba ella: alta, maciza y con unos enormes ojos negros. Una gorra color violeta contenía parte del pelo largo y dejaba el resto a merced del viento matutino. Los blancos dientes mordían la torta con bocados grandes y atragantados. Bebía champurrado y su boca exhalaba al tragar, dejando su respiración dibujada en el aire transparente. Pidió una torta más. Alicia comía con ganas, pero sin prisa ni modales. No pensaba en carbohidratos o en Miguel, quien hipnotizado, sólo asintió a la pregunta de la tamalera, con lo que recibió una torta de tamal. Con timidez, Miguel, mordió la torta. La mezcla de masa con pan se apelmazó en su boca provocándole una nueva y extraña sensación. Haciendo un esfuerzo por tragar y para ayudar a su garganta, bebió un trago de atole de guayaba sin darse cuenta que estaba hirviendo. La lengua quemada lo sacó de su estupor visual, escupió el mazacote que había formado en su boca y comenzó a maldecir. Una enérgica carcajada salió de la boca de Alicia abriendo las nubes que ocultaban al sol y cortando el viento que aporreaba los puestos del paradero. Miguel recuperó poco a poco su lengua, su vista, su olfato y su entereza. Acomodándose la gorra, ella le ofreció una servilleta y una sonrisa.

Varias tortas de tamal después, también le ofreció una ciudad vigilada por montañas, donde parece que no cabe una vida más, pero quiensabecómo se acomodan. Un lugar que retó sus miedos, que lo hizo crecer y enamorarse. Una enormidad de luces que envidian las estrellas y que ambos miran desde ese departamento muy cerca del Periférico.



Publicado en la revista Donde-Ir, marzo 2010

martes, 30 de marzo de 2010

Los budistas son los peores

Hace algunos años, cuando era más joven y menos sabia, vivía en Madrid. “La calor" -como dicen en aquellas latitudes- aún se negaba a mostrarse por completo, no así mi calentura. Habían pasado 4 meses desde mi cambio de continente y la misma cantidad tiempo sin que nadie me hiciera un "favorcito" (aunque fuera malo) y como que ya tenía cosquillas.

Estábamos en una borrachera cuando conocí a Malik, un francés tan bonito que me hizo preguntar si no era yo medio lesbiana: ricitos rubios, ojos claros, nariz aguileña, pestañotas… ya saben, una niña sin tetas. Los ebrios del lugar eran en su mayoría eran latinos, por lo que la conversación sudaca / competitiva había alcanzado un punto álgido: colombianos y venezolanos estaban a punto de volverse a declarar la guerra por el control de la frontera.

Con el fin de no participar en divisiones políticas que atentaran contra los ideales de Bolívar y San Martín, busqué al güerito franchute. Comenzamos a platicar de temas internacionales de gran relevancia, como el impacto de la guerra franco-prusiana como disparador económico del sorgo alemán. Malik comenzó a hablar muy entusiasta, casi como un orador de las naciones unidas. En mi semiebriedad me di cuenta de su nulaebriedad. Le pregunté la causa de su abstinencia y mirándome directamente a los ojos me dijo: “Soy budista y no necesito el alcohol para divertirme”.

(tó-ma-la, pin-che bo-rra-cha)

Como sea, al budista no pareció importarle mi semiebriedad y continuamos platicando de el futuro de los bailes neohúngaros en tiempos del reggetón. Coqueteamos un rato más, intercambiamos teléfonos y todo lo que la ley exige para tener opción a sexo futuro.

No tardó muchos días en llamarme y salimos. Caminamos por el centro y casi al atardecer, nos fuimos a un parquezote, donde había un Jardín Zen. Cuando vi la blanca y fina arena, pensé que por más caliente que estuviera, el sexo ahí es altamente riesgoso. Sin embargo, estaba dispuesta a una manoseada tras los arbustitos.

Nos sentamos en unas piedras que magullaban con persistencia nuestras nalgas. Malik me dijo que me relajara y cerrara los ojos. Supuse que lo siguiente era un beso, pero el franchute me puso a meditar. Sacó una estampita de una señora budista que estaba haciendo cosas budistas y que, según él, emanaba gran cantidad de energía. Además me aventó un rollo enorme y soporífero de cómo meditando ha encontrado el mayor de los placeres. Placeres que ni el alcohol o el sexo dan.

Obviamente, volví a mi departamento con una sensación de haber sido estafada: en vez de sexo obtuve un intento de conversión. Por supuesto, no volví a salir con él. No le perdoné que me haya intentado alinear al budismo después de coquetearme tan abiertamente.

Desde entonces le huyo a los budistas y grafiteo los Jardines Zen.

jueves, 18 de marzo de 2010

No seas puerca mejicana

-No seas puerca mejicana -me dijo María muy cerca de mi oído y con los brazos cruzados sobre el pecho.
La razón: haberme ido a la escuela sin secar los platos. Se me había hecho fácil dejarlos sobre el escurridor a que se secaran solos. Por la noche y a mi regreso de clases, los guardaría en su lugar.
-¡Joder! Te dijimos claramente que en esta casa las reglas de limpieza se respetan -añadió Karles- María se la pasa todo el día limpiando como para que no cooperes.

Yo estaba frente al fregadero de la cocina, con los trastes que utilicé en la tarja, viendo hacia abajo y aguantándome las ganas de llorar. En mi garganta había una mezcla de impotencia, miedo y coraje. Me repugnaba su pulcritud y el olor a lavanda me comenzó a picar la nariz.

Había conocido a María y a Karles tres semanas antes, cuando buscaba piso en Madrid. Desde el momento que entré, el departamento parecía sacado de un comercial de productos de limpieza: pisos, vidrios y muebles rechinaban de limpio. Además, en cada habitación había desodorantes de ambiente, por lo que el departamento tenía un constante olor a lavanda que ahora me produce el vómito. Como plus, el condominio contaba con cancha de básquet y alberca. Pero lo que a mí me convenció fue la computadora con internet que estaba en el cuarto que les renté.

Así que decidí tomar la habitación y cumplirles sus estúpidas reglas de limpieza que incluían secar las paredes de la regadera cuando terminara de ducharme, siempre utilizar posavasos y no tocar con mis dedos los vidrios de la sala. Ellos me valían madre, yo tenía mi adorado internet.

Durante los primeros días, mi relación con esos roomies españoles fue bastante buena:
-Llámame María -me había pedido con una sonrisa que enseñaba sus dientes podridos. Y es que, según ella, su nombre en rumano era impronunciable en español. Era alta, rubia y con ojos grises. Así descrita sonaría una belleza rusa, pero en realidad era bastante fea y un tanto masculina. Movía sin gracia sus anchos hombros y de los largos brazos colgaban sus enormes manos de basquetbolista.
-¿Ves telenovelas?- Me dijo una mañana María con entusiasmo.
-No- le conteste ofendida.
-Ah… es que yo aprendí castellano en Rumanía viendo telenovelas mexicanas.
"Vaya, de algo sirve tanta cochinada de televisa", pensé.

Karles era vasco y pareja de María. Parecía un Gi & Joe gachupín: su quijada era ancha, como la de un rottweiler y sus pequeños ojos azules. Apenas hablaba y nunca sonreía. Su voz de pito se contraponía al porte de macho que todo el tiempo trataba de sostener.

Desde mis ojos mexicanos, su relación era muy fría. No había cenas, abrazos, sonrisas o apodos cursis que yo acostumbro tener con mis parejas. De vez en cuando Karles besaba la mejilla de María y ya. Sin embargo, compartían la pasión por el físico-culturismo y asistían religiosamente al gimnasio por la mañana habiendo desayunado su licuado de anabólicos. La obsesión por la limpieza era también compartida, aunque María era mucho más azotada. En su delantal cargaba con un trapito, para limpiar polvo o las huellas de los dedos.

A veces pensaba que una cantidad de productos de limpieza post-sexo tenían guardados en su mesa de noche. ¿Se echarían lavanda en sus partecitas? La respuesta me tenía sin cuidado, yo pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en mi habitación.

Una noche los escuché discutiendo agitadamente mientras intentaba dormir. Los gritos pasaban a pesar de mis audífonos y el llanto de ella estaba impregnado de gran dramatismo. "De tanta ver telenovelas", supuse. Mezclando español con rumano, le recriminaba algo de una infidelidad. Karles gritaba y golpeaba algo que sonaba a madera.

Las noticias decían que la violencia domestica era un grave problema en España. "Pinches gachupines exagerados, es lo que pasa cuando no tienen narcos" pensaba al verlo. Sin embargo, esa noche me sentí parte de la estadística y ya me veía atestiguando ante Antena 3 y en la comandancia de policía la golpiza que estos dos fanáticos de la limpieza se habían propinado.

Por fin se callaron y el acontecimiento no pasó a mayores. Sin embargo, comencé a tenerles miedo, ¿qué tal si un día me gritonean a mí? Dicen que los malos pensamientos invocan al chamuco y unas semanas después materializaron.

Esa tarde, cuando volví de la escuela Karles y María me estaban esperando en la cocina. El tenía el ceño fruncido y María estaba parada tras de él con las manos en la cintura. Ni siquiera dejé mi mochila en mi cuarto cuando escuché la voz de pito de Karles llamándome a la cocina.

-No secaste ni guardaste tus “cacharros”- Me dijo Karles sin siquiera saludar, señalando mis platos.
-No tuve tiempo, lo siento -asentí con la cola entre las patas- Mi tren estaba a punto de partir.
-Todos tenemos que lavar, secar y guardar los platos, de lo contrario esto se volverá un cagadero- me dijo María entregándome un trapo para secar.

Comencé a imaginarme los titulares de periódicos y telediarios: Mexicana golpeada por un vasco y una rumana. La embajada mexicana no responde. La seguridad social no la respalda por no tener sus papeles en regla. La embajada española en México detiene las visas de estudiante por tiempo indeterminado.

Los cacharros ya estaban secos, por lo que levanté mi brazo para abrir esa alacena destinada a su resguardo, cuando Karles me detuvo la mano y la bajó. Supongo que no lo hizo con fuerza, pero yo sentí como si me azotara el brazo.

-Vuélvelos a lavar y a secar- ordenó.
-Toda la tarde estuvieron empolvándose- y acercándose a mi oído exclamó - No seas puerca mejicana.

No me quedó más que obedecer como una sirvienta rumana.

¿Quién es el que anda ahí?

Así como en invierno escuché a los queretanos quejarse del inaudito diluvio que desbordó el río, en este verano las voces escupen la misma cantaleta que asegura lo inusitado de este calor. Los más viejos aseguran que el fin del mundo está cerca mientras se refrescan con agua bendita. Tienen razón en santiguarse; en un asilo ya han comenzado a morirse algunos rucos, deshidratados como chapulines en comal.

Yo estoy tirada en el sofá de mi sala y procuro no moverme más que para lo indispensable. Chorros de sudor recorren mi cuerpo y pienso en tomar otro baño. Pero la pesadez se une a mi hueva y me dedico a cambiar de canales del televisor. Con esto, sólo muevo un dedo.

Me detengo en las noticias de Querétaro. Frente al palacio de gobierno está una señora que respira con dificultad y que habla sobre la prevención de los golpes de calor. La doñita aconseja tomar mucha agua (¿en serio?), salir a la calle con ropa clara y la cabeza cubierta con una sombrilla o cachucha (¡nunca se me había ocurrido!), no hacer deporte a medio día (¡uy! ¡Justo cuando iba a dejar mis 10 años de inactividad física!) y estar al pendiente de las diarreas (aunque no especifican si mentales o de caca). La cara roja de la “reportera” mira fijamente a la cámara y con ojos secos hace énfasis en las palabras CALOR y EX-TRE-MO. ¿A qué idiota de TVAzteca se le ocurre poner a otra idiota a hacer precisamente lo contrario de lo que aconseja?

Decido dejar de escuchar pendejadas. Recargando mis manos en el sofá, aviento mi cuerpo hacia adelante, obligando a mis piernas a levantarme de ese sillón. Apago esa caja tonta y tomo un libro del mueble. El Bar del Infierno de Dolina pesa como si fuera el Quijote de Cervantes.

Abro la ventana que da a la calle y me asomo al balcón, sin importarme mucho que alguien me vea en calzones. ¿Quién en su sano juicio sale al infierno en domingo? Cierro la ventana, no quiero que el aire caliente invada mi pequeña sala.

Dejo que mi cuerpo se azote nuevamente contra el sillón mientras descanso mi cabeza en el posa brazos. Mis ojos recorren la alfombra y encuentro a un insecto que avanza con gran dificultad. Al principio pensé que el grillo tenía tanta hueva y calor como yo, pero en realidad le falta una pata.

El animalito estaba en mi camino a la televisión, por lo que la probabilidad de que yo haya sido su verdugo es alta. Me da un poco de pena el grillo: sin caminar, está destinado a ser rostizado como los rucos del noticiario. Debería matarlo... ¿para qué prolongar su sufrimiento?
Pero eso significa volver a levantarme de mi sillón y ya estoy acomodada en la flojera. Mala suerte grillito cantor.

Gazpacho, mi perro duerme sobre el piso. Tiene la lengua de fuera y su pecho se mueve con cada jadeo que sale de su hocico. Sus ojos se entrecierran y la baba ensucia mi ya puerco piso. “Eso te pasa por ser negrito Gazpacho” le dije con empatía. Pobre, sufre más que yo en esta parrilla que tengo por departamento.

Aún estaba pensando si tendría la energía necesaria para sostener el libro con mis manos, cuando el perro demostró tener más fuerza de voluntad que yo. Incorporándose con lentitud, como si moviera sólo un músculo a la vez y acercó su nariz al grillito cantor.

El perro ladea la cabeza y olfatea alrededor del grillo. Me pregunto si huele a la muerte. La baba ya chorrea sobre el asustado grillo cuando Gazpacho lo pisa sin demasiada fuerza, como si intentara animarlo en vez de matarlo. Comencé a silbar la canción de Crí-Crí para darle solemnidad a la escena. En un instante, el grillo se retuerce y da algo así como un brinco, lo que provoca una reacción similar en Gazpacho, pero hacia atrás.

Cuando el perro se da cuenta que no corre peligro, vuelve a acercarse al grillo y lo empuja con la nariz. El grillito cantor seguía vivo e intentaba brincar con desesperación. Me parece que perdió otra extremidad en la batalla, porque ahora sus movimientos son más erráticos.

-Gazpacho, deja de estar jugando con el grillito cantor y de una vez por todas mátalo- le ordeno.
Los ojitos de mi perro me ven al escuchar su nombre. Mueve ligeramente la cola y alza las orejas cuando voltea a ver al grillo. En un ágil movimiento, Gazpacho agacha su cabeza al y da un pequeño salto; toma al grillito cantor con el hocico, triturándolo con sus dientes. Acto seguido, escupe el cadáver. Lo pisa un par de veces más y cuando se asegura que está bien muerto, vuelve a su lugar en el piso a retozar.

-Gazpacho, tráeme unas cervezas del refri- le ordeno una vez más.
Esta vez, el perro no obedeció.

viernes, 12 de febrero de 2010

Esa no soy yo

Derrotada sobre mi cama, escucho el agua caliente caer sobre el acrílico en el fondo de la bañera. Una espesa capa de vapor se extiende y abarca todo. Cuando entro al baño, esa neblina intenta escapar de la habitación. Cierro la puerta, aún estoy vestida. Son cuatro días ya con la misma ropa; uno más y ese conjunto de pants y sudadera se fundirá con mi piel.

Abro la cortina: el agua que contiene la tina apenas va por la mitad. Decido esperar, el melódico choque de agua contra agua me reconforta. Comienzo a desnudarme con pereza. Saco el pants con todo y calzones ¿En qué momento me puse doble calcetín? No logro recordar ni me importa mucho hacerlo. Camiseta y sudadera salen por la cabeza, embarrando mi olor en la nariz.

Sé que huele a mí, pero no lo reconozco. Le falta sus feromonas, le falta su sudor.

Aunque estoy desnuda, no siento frío. La piel se humedece y el vapor me abraza, respiro el agua y siento el calor invadiendo mi cuerpo. Limpio del espejo de esas gotitas condensadas y miro mi reflejo. No me encuentro, esa no soy yo. Mis ojos no tienen vida, mi nariz está chueca y mi boca es demasiado delgada. Esa no soy yo.

Abro el agua fría del lavabo, la recojo con ambos manos y la vacío en mi rostro. La temperatura me despierta, pero no me hace reaccionar. Vuelvo a inspeccionar mi reflejo tratando de encontrarme, pero hasta el color de mi piel cambió.

Despacio y con suavidad toco mi rostro, bajo por el cuello y me detengo en los pezones de mi pecho. La punta de mis dedos acarician y después presionan. Nada. Mis yemas no reconocen la piel. Apenas y siento, apenas y vivo.

El agua casi desbordándose me despierta del letargo exploratorio. Cierro la llave y olvido a la del espejo, mientras me sumerjo en la bañera. El agua está caliente y mi cuerpo duda por un instante, pero me obligo a entrar de golpe, hundiéndome por completo.

Sumergida, escucho mis movimientos y siento mi cabello flotar. El agua que me rodea logra calmar el vacío de mi pecho, me reconforta y me da paz. Sostengo la respiración lo más posible; no quiero salir de ese útero materno, no quiero sentir la realidad.

Pero mis pulmones no obedecen mis deseos y me obligan a salir. Bocanadas de aire húmedo se traban en mi garganta y comienzo a toser. Procuro relajarme, no quiero causarme un ataque de ansiedad.

Recargo mi cuello en la orilla de la bañera, pero no cierro los ojos porque sé que en el instante que lo haga, esa imagen que sigue en mi cabeza aparecerá. Me incorporo para alcanzar el estropajo y el jabón. Con torpeza levanto mi pierna derecha y el chapoteo que provoca al resbalar de la orilla me hace sonreír. Vuelvo a subirla, ahora con más decisión.

Tallo el tatuaje que está en mi pantorrilla, ése sí que no se va a ir. Continúo tallando mi cuerpo con fuerza. Más que limpiar, quito. Remuevo sus manos, su semen, sus besos. Suprimo mis deseos, mis ansias, mis ganas de no ser yo. Lo arranco de mi sangre, de mis vísceras, de eso a lo que él llama alma y yo le digo ser.

El agua comienza a enfriarse y el aire ya no es húmedo; sé que en poco tiempo el frío me comenzará a invadir. Retiro el tapón de la tina y siento cómo el agua recorre mi cuerpo, lo acaricia con ternura y se lleva por la cañería aquello que no quiero más en mí.

Salgo de la bañera y vuelvo al espejo. Del pelo escurren ríos por mi cuello y pecho. Siento su recorrer por mi cintura y mis nalgas. Mi vista sigue su cauce, no quiero mirar algo más. Pero es imposible no enfrentarlos. Encaro a esos ojos cafés que se sorprenden al ver el agua que surge de ellos. ¿Cuándo comencé a llorar?

Mis pupilas se clavan en las del reflejo y descubro un ápice de mí. Por fin, empiezo a reconocerme, a liberarme de él.

sábado, 23 de enero de 2010

Zapatitos

Y tomaron esa pastilla que les compartió su gordo y risueño amigo.
"Lúcido y despabilado toda la noche", el de rojo les había asegurado.




Pero el LSD trajo del subconsciente, su temor más arraigado.
Y en un ataque de pánico, con el elefante les pisotearon.




Y junto a los zapatitos amanecieron,
niños y juguetes masacrados.

jueves, 21 de enero de 2010

¿Cuál derecha?

Durante toda mi vida, la gente con la que me he rodeado sabe y reconoce que soy una mujer inteligente. En mi etapa escolar, siempre fui una estudiante modelo. De esas niñas que caen mal porque siempre buscan sacarse dieces y lo hacen con facilidad. Ya de adulta, me he destacado en mi trabajo, logrando incluso puestos gerenciales.

Pues bien, creo que es el momento de revelar un obscuro secreto. Hay un sector de mi cerebro que se encuentra dañado y que me impide saber cuál es la derecha y cuál la izquierda. Intentando ocultar mi retraso, me río y minimizo la situación, asegurándole al descubridor que soy ambidiestra. Por supuesto no lo soy.

Ningún método me ha resultado 100% efectivo. Como no soy religiosa, el intentar persignarme no sirve de mucho. Escribir a mano ya lo hago poco, puesto que utilizo la computadora. Tampoco uso reloj.

Muy poca gente se ha dado cuenta de mi tara mental, ya que me las he ingeniado para que sea menos notorio. Frases como “sigue por donde va el coche rojo” o “mejor agárrame las dos tetas” me han permitido salir triunfal al momento de tener que dar instrucciones. Sin embargo, ante la pregunta directa de “¿Derecha o izquierda?” me congelo, titubeo, pienso un momento cuál lado es, expreso mi respuesta y segundos después la pongo en duda. Lo peor que puede pasar es que después corrija, ¿Cierto? No en la última vez.

El gimnasio al que asisto con regularidad tiene valet parking. Aquel triste día salí recién bañada y cambiada, con mi ropa interior sucia guardada en una bolsa de Soriana. No muy lejos se veía mi coche estacionado junto a otro de la misma marca y color: Almera Plata. El escuincle del valet me preguntó cual coche era. “El de la derecha” contesté con prisa y sin precaución, puesto que iba tarde para una junta.

Por supuesto, era el de la izquierda y 10 minutos después de comenzar a conducir, me di cuenta que no era mi coche. Enojada, regresé al gimnasio y le reclamé al escuincle acomoda-coches quien asustado, me entregó mi auto. Me olvidé del asunto todo el día, hasta que en la noche recordé la ropa interior sucia: se había quedado en el otro Almera.

Aunque me llené de vergüenza, decidí olvidarme del asunto. Antes muerta que aceptar que me apendejé y confundí mi auto. Total, que los dueños del otro coche tiren la tanga y el bra de entrenamiento. Pero no resultó así de sencillo. Tres días después y a la salida del gimnasio un señor me esperaba recargado en mi coche. Con un tono calmo y amable me explicó que había hecho una pequeña investigación con la que se enteró de la “leve” confusión de coches y me pedía de favor que le explicara a su muy celosa esposa lo ocurrido, puesto que aquella no le creía.

"¿En realidad es alguien tan idiota para no saber cuál es su coche? Imposible" aseguraba la insegura señora.

Accedí a su petición. Al final, no debiera ser tan difícil de explicar. Culparía a la prisa, al acomoda-coches o a la luna. Eso sí, nunca aceptaría mi dislexia ubicacional. Cada quien en su auto, nos dirigimos a su casa. El hombre llamó a su mujer para saliera e hiciera la verificación visual de los coches. La celosa mujer nos miró con sospechosismo y después de analizar ambos coches se dio cuenta que efectivamente, podría haber habido una confusión por parte de alguno de los involucrados.

Una vez aclarado el asunto, me invitaron a pasar a la sala, en lo que su sirvienta me traía la ropa interior olvidada. La señora se encontraba mucho más tranquila y relajada, por lo que comenzamos a hablar con del clima, los baches en la calle o algún tema de esos sin sentido. Cuando recibí mis calzones pedí permiso para utilizar el baño.

“En el pasillo, al fondo a la derecha” me dijo la hacía unos minutos, infeliz mujer. “Demonios, ¿Cuál derecha?” pensé. Con pesadez, me dirigí al pasillo indicado y durante todo el camino me dediqué a reflexionar cuál era la derecha, hasta que no me cupo la menor duda.

Abrí la puerta y me encontré al señor de la casa con todo el pene de fuera y meando. Apurada, salí de ahí. En mal momento se me ocurrió saber cuál era la derecha.